Hay muchas capas para ver un Mundial: quien conoce a cada jugador, quien entiende las estrategias, quien recuerda un gol y quien observa los cuerpos. Hasta que vi a mi esposa, Lumi, mirar a Jude Bellingham, entendí que seguramente ella y yo habíamos visto Mundiales muy distintos.

Los glúteos de Bellingham


El pasado domingo vi la final del Mundial con mi esposa, Lumi, los dos solitos. Mis hijas se fueron, cada una con sus amigas y amigos, a verla a distintos lugares. La verdad es que yo no le iba a nadie. Solo quería ver un buen partido de futbol, buenas jugadas, buenos goles. Después de que eliminaron a la Selección Mexicana, mi emoción bajó y no hubo un equipo, o país, al que quisiera apoyar. Pero seguí viendo partidos y, bueno, la final no me la podía perder.

Claro, también quería ver qué harían los gringos con el medio tiempo. En efecto, hicieron lo que me imaginaba: tratar de convertir el soccer en futbol americano con un show tipo Super Bowl. Y ahora sí, Shakira sí era Shakira. Al terminar el partido, cada quien checó su celular. Yo tenía varios mensajes de amigos y también nos metimos a Instagram a ver memes, lo más divertido del Mundial, creo yo.

De repente escuché unas buenas carcajadas de Lumi. Me asomé a ver qué veía: una chava daba una clase de anatomía. Describía, de manera muy científica, los músculos que integran los glúteos del cuerpo humano. Las imágenes y los videos mostraban a Jude Bellingham mientras jugaba, pateaba el balón o hacía calentamientos. Por supuesto, todo de espaldas o de ladito, para que sus nalgas aparecieran en todo su esplendor. Lumi seguía riéndose, pero no quitaba la vista de la pantalla.

Claro, quizás escribo todo esto para no pensar que también hay público que le ve las nalgas al cantante de la banda o los bíceps al baterista. Cosas en las que yo no me fijo y que, desgraciadamente, ni nalgas ni grandes bíceps tengo en mi anatomía.

—Fíjate —le dije—, cuando yo era chico me sorprendió mucho saber que a las mujeres les gustaban las nalgas de los hombres.

—Uy, sí, un montón —dijo Lumi. Noté sus ojos brillantes, todavía fijos en la pantalla.

No dije nada. ¿Qué iba a decir? Mejor no seguir con el tema, porque estoy muy lejos, a kilómetros, de tener las “nalgas paradas”. Bueno, ni siquiera nalgas tengo, ya que estamos en esto de las confesiones.

Regresé mejor a mis recuerdos. En serio que me sorprendió mucho descubrir que a las mujeres les gustaba esa parte del cuerpo de un hombre. Yo pensaba en los bíceps, los hombros anchos, el abdomen de lavadero, no sé, pero ¿las nalgas?

El Mundial estaba por terminar. Y hasta ese momento me di cuenta de que seguramente yo había visto “un Mundial” muy diferente al que había visto mi esposa.

Ya antes había pensado que había muchas capas, por llamarlo de alguna manera, para ver el Mundial. Yo veía los partidos sin saber quiénes eran los jugadores. Digamos que era la visión más superficial del juego, pues cuando escuchaba al narrador decir que tal futbolista jugaba con el Liverpool, que otro estaba en el Barça y que el de más allá pertenecía al París Saint-Germain, pensaba que otras personas veían un Mundial muy distinto al mío.

Esa era una capa un poco más profunda. Luego estaban quienes conocían la estrategia que cada equipo usaba para tratar de ganar e incluso sabían que esa misma estrategia ya la habían utilizado otros equipos, en otros años y otros mundiales. ¡Incluso con los goles! Podían decir quién había hecho un tiro parecido y mencionar el año. ¡Gente que sí sabe de futbol, carajo!

Y hay otra capa de la que casi nadie habla: la de quien se la pasa observando los cuerpos de los jugadores.

Quería ver qué harían los gringos con el medio tiempo. En efecto, hicieron lo que me imaginaba: tratar de convertir el soccer en futbol americano con un show tipo Super Bowl. Y ahora sí, Shakira sí era Shakira.

Quizá ocurre lo mismo cuando yo, u otro músico, asiste a un concierto de rock o de otros estilos. Las cosas que yo veo y escucho son muy distintas a las que percibe alguien que no se dedica a la música. Yo veo el equipo de sonido, la marca de las guitarras y los instrumentos que traen. Si soy muy fan, sé en qué disco viene la canción que tocan y qué músicos invitados participaron en esa sesión. Veo las manos del guitarrista y digo: “¡Ah! ¡Es ese acorde y yo pensaba que era otro!”. Me fijo en las improvisaciones o en los elementos que faltan o se suman a la interpretación en vivo.

Claro, quizás escribo todo esto para no pensar que también hay público que le ve las nalgas al cantante de la banda o los bíceps al baterista. Cosas en las que yo no me fijo y que, desgraciadamente, ni nalgas ni grandes bíceps tengo en mi anatomía.

Estuve en relaciones en las que fui muy celoso, pero con Lumi no. Así que me puse a ver a Bellingham y la verdad es que sí está bien bueno. Nadie lo puede negar. Acá en mi casa resulta más atractivo: a mis hijas les gusta y les cae bien. Le pregunté a mis hermanas y me dijeron que ellas prefieren ¡a los directores técnicos!, porque los jugadores se les hacen muy chiquitos de edad; a ellas les gustan más maduritos. Un amigo me dijo que James, el de Colombia.

Pero lo más importante: ¿y tú, a quién le estuviste viendo las nalgas en el Mundial?


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