Siempre dudo de las adaptaciones cinematográficas de novelas, cuentos y cómics que me gustan. Soy capaz de llegar a no ver la película o serie para evitar la rabia que me provocan los cambios, omisiones o reinterpretaciones hechas a la historia que amé leer. O peor aún: que la película sea tan buena y que en mi mente las dos se confundan, se mezclen, y no recuerde cómo imaginaba a los personajes, al universo entero que hice crecer en mi cabeza, suplantados por la visión de un director y todo su equipo de producción.
Pero también debo confesar que descubrí a varios de mis autores preferidos gracias a una adaptación cinematográfica y la película me gustó tanto —la historia, el desarrollo, los personajes— que salgo corriendo a comprar la novela original para leerla. Ya sé, ya sé, ¿quién me entiende? Yo no. Pero tal vez les pasa lo mismo que a mí, así que ahí vamos juntos en esto que llamamos vida.
Me pasó con Nick Hornby. Andábamos los Tacvbos de gira por Estados Unidos y durante un día libre en Santa Bárbara, mi hermano Quique y yo nos metimos al cine a ver High Fidelity, que se estrenaba esa semana.
Lo que me alegra es que a Nick Hornby le van a caer unas muy buenas y merecidas regalías por esa nueva adaptación que imagino que harán. Se las merece. Además, ya estoy leyendo Fiebre en las gradas y no sé por qué antes no me llamaba la atención.
Mi hermano, por supuesto, ya sabía algo de la película (Quique sabe muchas cosas de muchos temas, por eso tiene el apodo de Quiquipedia). El caso es que me enamoré del filme. Tenía los ingredientes perfectos: el protagonista, dueño de una tienda de discos, es un obseso de hacer listas tipo “Los cinco mejores discos para llevarte a una isla desierta”, pero acá hace la lista de sus rupturas amorosas. Y las cuenta de una manera muy divertida, pero también triste. Salí del cine para ver de nuevo el cartel, porque mi hermano me dijo (obvio que lo sabía) que la peli estaba basada en un libro de un autor inglés. Copié el nombre del escritor y al otro día ya lo estaba leyendo.

Ya leí casi todo lo que ha escrito Nick Hornby, varias de cuyas novelas han sido adaptadas al cine: Un gran chico, con Hugh Grant, y Julieta, desnuda, con Ethan Hawke. Durante mucho tiempo lo mencioné en entrevistas como uno de mis autores preferidos, pues mezcla de manera magnífica elementos que me encantan: siempre hay música (rock, sobre todo), historias de amor (sí, soy un romántico cursi) y, aunque en las películas no se nota tanto, un retrato profundo de la sociedad y del momento histórico, sin caer en la pedantería. Es un autor que puede leerse en varias capas. Parece un autor de comedia, que no es poca cosa: hacer reír de manera inteligente a tus lectores es un logro que no cualquiera consigue.
Ahora leo un ensayo suyo, Dickens y Prince (Anagrama, 2026). ¿Y qué tienen que ver estos dos autores (además de ser genios)? Pues por eso lo compré. La tesis del ensayo busca encontrar similitudes entre ambos y el ejercicio resulta un poco forzado, pero ¡qué importa! Es un libro muy ameno de leer. Sobre todo si, como yo, no sabían muchas cosas de la vida de Dickens y Prince, a quienes en realidad admiro mucho.
Pero mientras leo el libro siento toda la vibra que el Mundial de Futbol despierta, aunque no quieras. Y me acordé de una novela de Hornby que trata de eso: futbol. De hecho, para muchos críticos, es el mejor libro sobre el futbol que se ha escrito. ¿Recuerdan que hace unos párrafos dije que he leído casi todos los libros de este autor? Pues Fiebre en las gradas es uno de los que me faltaban. Trata sobre un hincha, un fanático obsesivo hasta sus últimas consecuencias, de un equipo en específico: Arsenal, equipo inglés (claro muchos ya lo sabían, no había necesidad de aclararlo).
El caso es que hay algo muy interesante de este libro en cuestión: fue adaptado al cine dos veces. En Inglaterra, la historia gira alrededor del futbol y el Arsenal, igual que en la novela, pero ¿adivinen qué hicieron los gringos con su adaptación? En vez de futbol, ¡trata sobre béisbol! La versión hollywoodense, una comedia romántica protagonizada por Drew Barrymore y Jimmy Fallon, sucede en la ciudad de Boston, Massachusetts, y el equipo elegido son los Red Sox. La vi ayer y me divirtió. Es dominguera, pero me quedé pensando que muy pronto, o sea, pasado mañana, seguro que harán el remake y ahora sí va a ser de futbol. ¿Por qué? Porque después de este Mundial habrá una “futbolización” en Estados Unidos como no la hemos visto nunca.
Pero también debo confesar que descubrí a varios de mis autores preferidos gracias a una adaptación cinematográfica y la película me gustó tanto —la historia, el desarrollo, los personajes— que salgo corriendo a comprar la novela original para leerla. Ya sé, ya sé, ¿quién me entiende? Yo no.
El soccer, como ellos lo llaman, se convertirá en el nuevo rey de los deportes. ¿Creen que estoy loco? No lo creo, el futbol les está dejando muchísimos dólares a muchísima gente y todavía les puede dar más. Ya ven lo que va a pasar en el medio tiempo de la final el próximo domingo: que va a cantar Justin Bieber, que Madonna, que Coldplay y etcétera.
Lo que me alegra es que a Nick Hornby le van a caer unas muy buenas y merecidas regalías por esa nueva adaptación que imagino que harán. Se las merece. Además, ya estoy leyendo Fiebre en las gradas y no sé por qué antes no me llamaba la atención. ¡Ahhh, claro! Es que antes no me gustaba el futbol. ¿Ya ven? Esta moda no perdona a nadie. Ni a mí.

