El domingo pasado fui a ver a Orchestral Manoeuvres in the Dark (OMD). Fue un lleno total: sold out. No sé si pasa en todos los países, pero tengo la impresión de que en México queremos mucho a esta banda, que, como bien dijo su cantante, Andy McCluskey, no es una banda de los ochenta: nació en los setenta, en 1978. Andy lo dijo una canción antes del final del concierto.
OMD es una de las grandes bandas pioneras de la música electrónica, conocida entonces como techno-pop, un término que hoy quizá no le diga nada a la gente joven o que podría confundirla. ¿Techno? Eso no es techno. ¿Pop? Bueno, sí, pop sí. El término techno-pop tenía un significado distinto para los que ya llevamos más tiempo viviendo en este mundo.
Pero bueno, aunque no son una banda de los ochenta, se desarrollaron en esa década cosechando hit tras hit. Los podríamos catalogar y poner a un lado de esos duetos integrados por un nerd a cargo de los teclados, las computadoras y las cajas de ritmos, y un frontman o una frontwoman al frente de la voz (quien también podría ser considerado un nerd, pero un poco menos tímido): Yazoo, Pet Shop Boys, Eurythmics, Soft Cell y algunos otros menos conocidos.
¿Llegará el momento en que al público deje de importarle quién hace la música? Yo no me veo ahí, así que la pregunta correcta sería: ¿Habrá una generación, dentro de diez o veinte años, a la que no le importe quién compone la música que baila y canta? ¿Que sea una IA o una persona?
Cuando les preguntaba a algunas personas si irían a ver a OMD, ponían cara de no conocer a la banda. Será por las siglas, pensaba yo, pero al decirles el nombre completo tampoco les sonaba. Entonces les ponía tres, cuatro, incluso cinco canciones: las conocían todas. Las cantaban. ¡Qué raro! Una banda con tantos hits cuyo nombre tanta gente desconoce. Ellos se lo pierden. Disfruto mucho a OMD, seguramente al igual que muchos de los que estábamos en el concierto. Claro, la mayoría del público éramos puros veteranos, por no decir rucos. Bueno, “canosos”, para que suene un poco más bonito.
¿Saben dónde se nota que hay público de más edad? En que no hay tantos celulares levantados para grabar todas las canciones.
Canté y bailé casi todo el concierto, pero hubo algunas canciones que no me sabía nadita, así que mi mente divagaba. Mi pensamiento más fuerte era este: qué bien se siente que la música (los sintetizadores) no suene perfecta, que la batería, aunque electrónica, conserve el pulso de un humano tocándola. Además de los dos integrantes originales de toda la vida, McCluskey y Paul Humphreys, había otros dos músicos en el escenario: un baterista y un tecladista que también tocaba el saxofón.
Sí, música electrónica, pero muy humana. Eso era la música electrónica a principios de los ochenta. También había artistas que deseaban parecer robots. No, que querían serlo. Gary Numan era uno de ellos. Lo que importaba era la deshumanización. La cúspide de esta tendencia fue Kraftwerk. De hecho, en cierta época los que tocaban en el escenario eran unos androides de ellos mismos. Todos aplaudimos y vitoreamos (aún lo hacemos) esa genialidad, pero ahora a muchos nos disgusta, nos pone mal, enfermos, que una inteligencia artificial haga música. OK, OK, no es lo mismo, de acuerdo, pero podríamos llamar a la música creada por una IA la verdadera música electrónica.
Ahora sí, ni modo, imposible negarlo: música hecha por robots.
Pero la música electrónica ha pasado por muchas fases. Recuerdo que, en los dosmiles, surgieron bandas electrónicas que parecían jugar con los sintetizadores y para las que el error y la improvisación formaban parte de la estética. Pienso en LCD Soundsystem y Hot Chip, que daban la impresión de no vestirse especialmente para tocar, sino simplemente subían al escenario como fuera, con pants, shorts o cualquier otra prenda, sin un concepto definido ni un uniforme o algo parecido. La idea era que cualquiera pudiera subirse a hacer música para divertirse, y funcionaba muy bien.
El error es una de las expresiones más humanas que existen. Y en estos tiempos de debate sobre la IA, se agradece que algo suene mal, un poco desfasado. Al menos a mí me pasa ahora. ¿A ustedes no? Errare humanum est.
OMD es una de las grandes bandas pioneras de la música electrónica, conocida entonces como techno-pop, un término que hoy quizá no le diga nada a la gente joven o que podría confundirla. ¿Techno? Eso no es techno. ¿Pop? Bueno, sí, pop sí.
Aunque no me malinterpreten: los Orchestral Manoeuvres in the Dark tocaron perfecto esa noche. McCluskey, el vocalista, te contagiaba con su buena energía; no paró de bailar un segundo, cayó perfecto y cantó muy bien. Humphreys también cantó algunas canciones. Varias de ellas son éxitos muy conocidos. ¿Qué les puedo decir? Soy fan. El concierto me dejó muy satisfecho.
Pero sí me quedé pensando: ¿Llegará el momento en que al público deje de importarle quién hace la música? Yo no me veo ahí, así que la pregunta correcta sería: ¿Habrá una generación, dentro de diez o veinte años, a la que no le importe quién compone la música que baila y canta? ¿Que sea una IA o una persona?
No sé. Tal vez ya está sucediendo y yo ni enterado…
Por lo pronto, mi concepto de música electrónica está muy bien representado por Orchestral Manoeuvres in the Dark: humanos, muy humanos, haciendo música con sintetizadores.
