Hace veinte años, Maxi Prietto descubrió los boleros en una cantina de México y desde entonces los llevó consigo. Años después, lo escuché tocar en vivo: guitarra, efectos, voz distorsionada y sampleos de tango. Esa noche entendí que un bolero también puede sonar como rock, atravesar el tiempo y hacerte llorar para siempre.

Maxi Prietto y los boleros


Maxi Prietto me contaba que, hace muchos años, los boleros le parecían canciones cursis. Lo que decían las letras, que eran de amor, no lo movían mucho. Hasta que en una cantina de México (en realidad él dijo bar) escuchó un trío que cobraba por cada canción que le pedían. El lugar había bajado las cortinas, pero su entonces esposa y él se quedaron allí (supongo que le cayeron bien al dueño) a puerta cerrada.

El trío seguía cantando, pero los boleros ya no sonaban como él los había escuchado antes; sobre todo por cómo cantaban los parroquianos que estaban en la cantina: con mucho sentimiento, con mucho dolor o amor (imagino yo). Las letras, las melodías, cobraban un sentido diferente al que Maxi les había dado antes.

Se aficionó a los boleros y al regresar a la Argentina allá no entendían por qué. Claro, ahora los boleros son cosa común entre rockeros, indies y músicos pop. Suenan por todos lados, pero eso que me contaba sucedió hace veinte años.

Me gustó escuchar los boleros en vivo de Maxi con tantos efectos de guitarra, la voz distorsionada y un sampleo (después nos explicó) que era su abuela cantando un tango. Sonaba hermoso.

¡Veinte años! Un día de hace veinte años, Julieta Venegas le recomendó a Rulo, programador de Reactor 105.7 FM, que tenía que escuchar a un grupo argentino llamado Prietto Viaja al Cosmos con Mariano. Rulo los buscó en MySpace y programó “Avenida Corrientes”, que se volvió un hit en el entonces Distrito Federal.

“Noche de sábado en Capital/ fui a bautizar lo que no quiero ser/ pero era absurdo, es que uno es uno y ya”.

Ufff. Cómo me gustaba esa canción, esa voz tan extraña que causaba polémica. Te gustaba o la odiabas, pero para nadie pasaba desapercibida. “En Buenos Aires no tocábamos para más de cien personas, pero nos decían que en México nuestra canción sonaba mucho en la radio”, me decía Maxi.

Así que los invitaron a abrirle un concierto a Cansei de Ser Sexy. Prietto juntó dinero de sus ahorros para venir, pero en el último momento su compañero de grupo dijo que no quería. “Tienes que venir, acá te conseguimos músicos”, le dijeron. Así que vino a tocar y a tomar vino, la bebida más cara en México y la más barata en Argentina, en una cantina arrabalera de Isabel La Católica en el centro de la Ciudad de México, donde descubrió su gusto por los boleros.

Maxi me cuenta todo esto comiéndose un taco. No sé si es de una de esas especialidades de Iván Ibarra en La Panga del Impostor: pulpo con tuétano, pues me pareció escuchar a su manager, Nacho Perotti —quien también maneja al grupo Los Espíritus—, que Maxi Prietto no come carne, pero no sé si escuché bien.

Juan Vázquez Gama, mi amigo y socio en varios proyectos literarios y musicales, fue quien organizó la comida de ese domingo. Una noche antes, el sábado, después de que Juan y yo habláramos frente a un público de aproximadamente cien personas acerca de mis libros y yo cantara algunas canciones, nos dirigimos al Escarabajo Scratch, donde Prietto tocaba esa noche.

Nos pasaron a la parte de arriba del bar y para mí fue lo mejor porque pude ver cómo tocaba su guitarra, manejaba el sampler, grababa en él algunos riffs sobre los que luego hacía solos. Vi la pedalera llena de efectos, y aunque estaba oscuro, pude reconocer algunos. ¿Copión? No, no, ¡cómo creen! Información que sirve. Prietto es un guitarrista muy dotado, toca increíble.

Su show estuvo lleno de boleros. Cantó una canción de Charly García, “Cuchillos”. También “Las cortinas” de Los Espíritus y cerró con “Avenida Corrientes”, que canté de principio a fin. Mi amigo Juan se desgañitaba pidiendo “Jugo”, pero Prietto nos dijo después que esa canción era difícil de tocar sin los demás músicos de Los Espíritus: son muchos elementos que faltan.

Claro, ahora los boleros son cosa común entre rockeros, indies y músicos pop; suenan por todos lados, pero eso que me contaba Prietto sucedió hace veinte años.

Yo llevaba mi libro Final feliz (Seix Barral, 2026) así que se lo dediqué y regalé. Él me firmó su vinilo de boleros y me lo obsequió. “Tenemos tarea —me dijo—, tú escucharme y yo leerte”. Ojalá todas las tareas fueran así.

Me gustó escuchar los boleros en vivo con tantos efectos de guitarra, la voz distorsionada y un sampleo (después nos explicó) que era su abuela cantando un tango. Sonaba hermoso.

No sé en qué cantina Prietto se aficionó a los boleros, pero lo agradezco. Le salen muy bien con esa voz que siente y transmite los sentimientos más hondos del alma. Tanto que me hace llorar.

¡Gracias Maxi Prietto, por tu música!


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