Cuando uno conoce un poco de la historia y la infancia de Lázaro Cristóbal Comala comprende porque compone esas canciones: no es que sean solamente tristes e, incluso peor, depresivas, sino que son, aunque suene exagerado, desgarradoras.

No es cierto que ya nadie va a Durango


A finales de abril fui un reo, recluido en una cárcel del norte de la República Mexicana. Fui un vaquero del lejano oeste, y un borracho perdido en una cantina, donde un músico ambulante amenazó con matarme. También fui un pastor evangélico. La Biblia que cargaba se amoldaba a mi mano, como si siempre hubiese estado allí, presta para ser abierta en la página correcta y ser leída a las almas descarriadas y pecadoras.

No, no consumí hongos ese fin de semana. No fue un viaje psicodélico, ni tampoco crucé portales interdimensionales, ni viajé en una máquina del tiempo. Tampoco estoy loco, lo juro. Bueno, un poquito sí. Tal vez se apoderó de mi la locura al aceptar actuar de todos estos personajes antes descritos. Loco, pues yo no soy actor, ni pienso serlo (aunque “primero cae un hablador que un cojo”, decía mi santa madre que está en el cielo).

Si bien Jaime López canta en una canción que ya nadie va a Durango, yo sí fui. Me invitó Carlos Sosa a participar en el documental que le está haciendo a Lázaro Cristóbal Comala, cantautor duranguense, influenciado por Johnny Cash, Dylan, Leonard Cohen y Roy Orbison (de estos dos últimos porta sus retratos, tatuados en su mano y antebrazo derecho). En el estilo que hace gala también se encuentra la influencia de Roberto Carlos. Carlos Sosa es un conocido productor de películas de ficción, documentales y series, pero este es el primer trabajo que dirige y, por lo que viví y experimenté, lo hizo muy bien: ¡me puso a actuar!

Pero, a ver, seamos claros: ¿por qué me ponen a actuar en un documental, si la idea es que los documentales retraten la realidad y no existan actores? Es que Lázaro Cristóbal Comala no podía tener un documental común, pues su vida es todo, menos lo que conocemos por “normal”.

Muchas veces, como músico, el ambiente ayuda o es crucial para poder hacerlo, pero al poco tiempo de empezar, Lazaro lo daba todo, como siempre, y yo me descubrí con el corazón apretado. Lloré, celebré las grandes frases que tienen muchas de sus canciones; sobre todo esa, que me encanta y me conmueve: “Que estas perras ganas de matarme hoy, se vuelvan mañana una canción”.

Daniel Chaparro Azdar fue concebido en una cárcel; durante una visita conyugal que su madre le hizo a su padre, quien estaba preso por haber robado dinero de la iglesia, de la cual era Pastor. Daniel creció leyendo la Biblia. Aprendió guitarra para tocar en la iglesia y así alabar a Dios. Pero en un momento de crisis y depresión se encerró en su cuarto unos meses y salió de allí con una identidad nueva: Lázaro Cristóbal Comala. Se puso a tocar en bares y cantinas su nuevo repertorio de canciones y se alejó del culto en el templo.

Cuando uno conoce un poco de la historia y la infancia de Lázaro Cristobal comprende porque compone esas canciones. No es que las composiciones sean solamente tristes e, incluso peor, depresivas, sino que son, aunque suene exagerado, desgarradoras. Esto se nota en los discos que ha sacado hasta ahora, que son varios, pero asistir a uno de sus conciertos en vivo, es como ser testigo de algo que no te es permitido ver, algo privado. Un dolor que está explota en el escenario y presenciarlo causa dolor, como ver llorar a un amigo cercano y querer consolarlo sin saber cómo.

Lo más impresionante es que conectas con ese dolor. Aunque no es tuyo, comprendes al artista. Te quedas a verlo y formas parte de esa experiencia, que de alguna forma, te cura del dolor que sientes. Yo no tengo otra forma de describir lo que me pasa al ver cantar a Lázaro Cristobal. Sólo puedo decir que es arte puro.

Lo más raro de mi visita es que Lázaro Cristobal grabó un disco en vivo, ¡pero a las 10 de la mañana del sábado!, con un grupo de músicos que se hacen llamar Los Relámpagos. ¿Por qué a esa hora? Fue el único horario en que le prestaban la Cantina Club Verde, la cual suele frecuentar. Pensé que iba a ser difícil para él conectar con ese dolor con que interpreta sus canciones. Muchas veces, como músico, el ambiente ayuda o es crucial para poder hacerlo, pero al poco tiempo de empezar, Lazaro lo daba todo, como siempre, y yo me descubrí con el corazón apretado. Lloré, celebré las grandes frases que tienen muchas de sus canciones; sobre todo esa, que me encanta y me conmueve: “Que estas perras ganas de matarme hoy, se vuelvan mañana una canción”.

Ya había visitado Durango alguna vez. Café Tacvba actuó ahí hace nueve años aproximadamente. Me lo corroboraron varias veces los fans que me reconocían, que me pedían una foto y preguntaban qué hacía yo ahí, en Durango. Yo les contestaba así como le contestó Lázaro Cristobal a Jaime Lopez con una canción, “No es cierto que ya nadie va a Durango”. Yo fui a Durango a actuar de Pastor evangélico, de vaquero y de reo, todo por amor a las canciones de este músico duranguense y a su persona. ¡Larga vida a Lázaro Cristóbal Comala!

Avatar de Joselo Rangel