El lunes pasado me fui a dormir a casa de mis hermanas, o sea, a la casa de mis papás, donde crecimos. Ya que murieron mis padres, mis hermanas viven ahí, juntas. Llegué en la noche y chismeamos un rato, pero yo moría de sueño y me fui a dormir.
Me desperté a las cinco de la mañana. Me dio gusto haber dormido tanto de corrido, pues a veces me despierto a las 3:30 o 4:00 am. De todos modos, todavía era muy temprano, así que quería seguir durmiendo. Resignado, me levanté, fui al baño y luego a la cocina por un vaso de agua (en realidad fue medio, nada más, para no volver a despertar al baño). La mayoría de mis contemporáneos sufrimos de insomnio o de esos despertares a horas demasiado madrugadoras. Ni modo. “What a drag it is getting old”, cantan los Rolling Stones en una canción que compusieron cuando eran jóvenes.
El caso es que estaba tomando mi vaso de agua cuando vi que, a mi lado izquierdo, cerca de mis pies, pasaba un gato en dirección a la puerta de la cocina, que da a un patio, a un jardín. Mis hermanas no tienen gato, tienen un perro, Sapicho, que significa pequeño, chiquito o niño en purépecha, que heredaron después de la muerte de mi mamá (ella le puso así, porque era de Michoacán). Pero yo vi un gato, o la sombra de un gato; mejor dicho, para qué negarlo más: el fantasma de un gato.
Damas y caballeros, queridos lectores: sé que mi columna debería ser de música, pero no podía guardarme esta historia sin contársela. Sé que Halloween ya pasó, pero es como los árboles de Navidad, que permanecen adornados hasta finales de febrero e incluso marzo.
En medio de la cocina hay una mesa pequeña en donde a veces desayunamos y, aunque vi al gato desaparecer por la puerta, de todos modos me asomé debajo. Será el Sapicho, era mi esperanza. Obviamente, no había nada. Tal vez estaba demasiado dormido, dirán ustedes, pero los de mi generación sabemos que cuando te despiertas a esas horas raras, incluso estás más alerta que cuando es de día. ¿A poco no? Estaba tan asombrado que casi lo digo en voz alta: ¡Acabo de ver el fantasma de un gato!
Nunca me había pasado algo sobrenatural. Pensé que, si me pasaba algún día, me moriría de miedo. Pero no. Regresé a la cama y no sé cómo le hice, pero volví a dormir.
Cuando estábamos desayunando no sabía si contárselo a mis hermanas, por si se espantaban. Yo no vivo ahí, ellas sí, pero decidí hacerlo y me dijeron: ¡Uy! Han pasado cosas raras… Se caen vasos de manera inexplicable, se escuchan ruidos y algunas amigas les dicen que allí, en casa de mis papás, hay fantasmas. Cuando más tarde llegó mi hermano Quique (teníamos una junta por un asunto familiar y era necesario vernos en vivo, en “presencial”) le conté rápido lo del gato fantasma.
—¡Pues es la gata que atropellaron! Esa que mi mamá quería mucho, ¿no se acuerdan? Se “apareció” después de que ella murió —nos dijo y recordó la historia.
Era una gata que siempre iba al jardín que da a la cocina. Mi mamá le daba agua y comida. La quería mucho, pero era una gata callejera: nunca entró a la casa, nunca quiso. Una mañana la encontraron atropellada en la calle y mi mamá se puso muy triste. Aunque la gata iba y venía cuando quería, mi mamá decía que era muy agradecida: parecía darle las gracias con sus maullidos. Cuando mi hermana llegó por la tarde y entró a la casa —desde ahí se ve la puerta de la cocina—, vio a la gata correr, como escapando hacia el patio. Como se suponía que la gata no entraba a la casa, gritó: ¡Mamá! ¡La gata se metió, la acabo de ver correr! Entonces mi mamá le dijo: no puede ser, la gata murió en la mañana. La encontraron atropellada en la calle.
Damas y caballeros, queridos lectores: sé que mi columna debería ser de música, pero no podía guardarme esta historia sin contársela. Sé que Halloween ya pasó, pero es como los árboles de Navidad, que permanecen adornados hasta finales de febrero e incluso marzo. Qué historia. Ni yo me la creo. Se las conté a mis hijas y me dijeron: “Pues es Día de Muertos, papá. Vino de visita”. ¿Quizá es la gata la que hace los ruidos y tira los vasos? ¿Quién sabe?
Para que exista una referencia musical en mi columna, léanla con la tonada que canta Phoebe Bridgers en “Halloween”, una de sus canciones que más me gustan: “Baby, it’s Halloween / And we can be anything / Oh, come on, man / We can be anything”.
