En 1982 llegué con mis amigos a Plaza Satélite para ver ‘Pink Floyd The Wall’ y encontramos un caos: portazo, cristales rotos y la policía desalojándonos. Hoy recuerdo aquella aventura mientras veo el documental de Oasis y pienso que los viejitos no olvidaremos la emoción de transgredir a la autoridad viendo una película de rock.

Zafarrancho en la premier de ‘Pink Floyd The Wall’ (y lagrimita en la de Oasis)


Liam aún no llegaba a los ensayos y mientras Noel cantaba las canciones (sus canciones) mi mente comenzó a divagar. No es que me estuviera aburriendo, porque Oasis: Don’t Look Back In Anger (2026) está muy bien hecha, suena bien y es excelentemente bien narrada, pero así nos pasa a los viejitos: la nostalgia nos ataca como Godzilla a Tokio y no hay quién la pare.

Así que escuchaba la música de Oasis. Qué buenas rolas ha compuesto este master, aunque debo ser honesto: solo me sé los hits (¿quién no?), así que fan fan no me considero. (Esto nomás lo escribo por aquel hater que me reclamó que siempre escribo de los grupos que me gustan. ¿Pues qué quería? ¿A poco ese hater pone música en su estereo para odiarla? Capaz que sí. Bueno, allá él). 

Mi mente vagó a la prehistoria, al año 1982. En la Muestra Internacional de Cine incluyeron Pink Floyd The Wall, la película dirigida por Alan Parker a partir de esa obra maestra escrita casi en su totalidad por el amargado de Roger Waters y tocada por sus compañeros David Gilmour, Richard Wright y Nick Mason. Ah, y también toca el amargado de Roger Waters (perdón, no me puedo resistir). Qué discazo, eso que ni qué. 

¡Portazo! ¡Portazo!, se comenzó a escuchar en la fila que nunca fue fila. La masa se fue contra la taquilla y se rompió el cristal. Algunos arrebataron los boletos y varios salieron dando vivas con fajos de boletos en las manos. Mis amigos y yo estábamos cerca, pero no fuimos afortunados.

Yo era un estudioso del rock y sabía, como todos mis amigos, que a Pink lo interpretaba Bob Geldof, el cantante de los The Boomtown Rats, quien compuso esa maravillosa canción “I Don’t Like Mondays”. Tal vez no supiera mucho de matemáticas, biología o química, pero en la materia “rock de todos los tiempos” nadie me ganaba. Puro 10. Lástima que esa materia no existía en mi prepa, ni existirá en ninguna otra. ¿O sí?

Llegué con mis amigos en el vocho de Lobato (así se apellidaba y obvio ese era su apodo), Darío, otros más que no recuerdo y yo amontonados unos encima de otros, a Plaza Satélite. Al estacionamiento que daba a los cines Gemelos 2000 y 2001, en donde se proyectaría la película.

Qué ingenuos fuimos mis amigos y yo pensando que habíamos llegado temprano para alcanzar boletos. Nos volamos varias clases; estudiábamos en el Indoamericano, que estaba en el Toreo de Cuatro Caminos y era una escuela, en ese entonces, “de corridos”. Todos venían reprobados de todas las escuelas de la zona Satélite. Menos yo. No entiendo por qué entré en esa escuela, pero qué bueno, porque todos eran unos eruditos del rock y ahí aprendí mucho. Por eso ahora soy lo que soy. 

Bueno, el caso es que aquello estaba abarrotado por jóvenes de nuestra misma edad, y un poco más grandes. No parecía la entrada de un cine, más bien parecía que todos nos preparábamos para asistir a un concierto de rock.

Mi mente vagaba, mientras en la pantalla veía a Liam que ya cantaba en los ensayos y recordaban con imágenes la historia tan exitosa del grupo antes de la pelea que los mantuvo separados quince años. Pero mi mente se resistía y quería seguir recordando: nos formamos en la fila que no era fila, éramos una masa de gente que quería entrar en una sala que obviamente no podría albergar a todos los que estábamos afuera. Había esperanzas porque vi que algunos sí compraban su boleto, un pedacito de papel que aseguraba su ingreso, pero llegaba más gente ¡y más y más! Toda Ciudad Satélite y zonas aledañas queríamos ver Pink Floyd The Wall y cómo no.

En México no había conciertos como ahora, ni uno solo. Hacía unos años había venido Queen a Puebla, y si había tocadas eran en los garajes de las casas de Arboledas o Viveros o incluso en una Iglesia Católica en construcción en obra gris, por donde empezaba Lomas Verdes. ¡Imagínense! El padrecito organizaba ahí las tocadas. Qué alma de Dios (o del Chamuco, dirán otros).

¡Portazo! ¡Portazo!, se comenzó a escuchar en la fila que nunca fue fila. La masa se fue contra la taquilla y se rompió el cristal. Algunos arrebataron los boletos y varios salieron dando vivas con fajos de boletos en las manos. Mis amigos y yo estábamos cerca, pero no fuimos afortunados. Intentamos el portazo, yo empujé lo más que pude para entrar, pero llegó la policía y empezó a desalojar el lugar.

Yo era un estudioso del rock y sabía, como todos mis amigos, que a Pink lo interpretaba Bob Geldof. Tal vez no supiera mucho de matemáticas, biología o química, pero en la materia “rock de todos los tiempos” nadie me ganaba. Puro 10. Lástima que esa materia no existía en mi prepa, ni existirá en ninguna otra. ¿O sí?

Joselo, me dije, ya ponte a ver la película de Oasis, deja de recordar, de añorar tu juventud, tus aventuras roqueras. Pon atención que ya están de gira mundial, tocando por aquí y por allá y suena increíble, aunque los músicos no se mueven ni medio milímetro en el escenario. Y sí, me puse a verla. La verdad es que lloré. Claro, está hecha para eso, para apelar a tus sentimientos. Es fuerte pensar en el perdón, en que los hijos de Liam y Noel no se conocían y se hicieron amigos en esa gira. Por supuesto nadie habló de los millones de dólares que se llevaron a los bolsillos. 

Salí feliz del cine, pero me acordé (otra vez la burra al trigo) de cuando fui a ver una película de AC/DC en los cines de arte Goddard y Cuevas (que estaban en Satélite, obviamente). Todo el cine olía a mota y todos traían caguamas escondidas en sus mochilas. Ahora hay muchos conciertos en vivo. Qué bueno, pero los viejitos no olvidaremos la emoción de creer que transgredíamos a la autoridad, fumando marihuana y emborrachándonos, viendo una película de la música peligrosa y antisistema llamada rock’n’roll.


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