Me gustaría volver a sentir lo que sentí cuando nuestro manager nos dijo: hoy en la noche va a venir David Byrne a verlos tocar. Era 1995. Y sí, allí estaba en medio de la multitud de ese lugar de Nueva York llamado SOB´S (Sounds of Brazil). ¿Que por qué tocábamos ahí si nosotros somos mexicanos? ¡Sabe Dios! Para algunos gringos, abajo del Río Bravo todo es lo mismo.
David Byrne se fue justo cuando terminamos de tocar. No lo saludamos, pero le dijo a nuestro entonces manager, Juan de Dios Balbi, que pronto tendríamos noticias suyas. Las noticias fueron que nos invitaba a colaborar con él en una canción para el disco Silencio = Muerte: Red Hot + Latin. Ya había salido el Red Hot + Blue, el Red Hot + Río y ahora se estaba produciendo éste, cuyas ganancias se destinarían para la investigación de una cura contra el SIDA.
La canción que trabajamos juntos a distancia fue “Yolanda Nigüas” y después, ya en presencial (como diríamos hoy), grabó en un estudio de Los Ángeles unas voces, por no decir aullidos, en “No controles”, tan desconcertantes como magníficos.
Me gustaría volver a sentir en todo mi cuerpo la emoción, la adrenalina que recorrió mi sangre al verlo entrar en el estudio: flaco, altísimo, con un estuche de guitarra del que surgió una Gretsch Chet Atkins color naranja y, a su lado, unos pedales Vintage MXR.
Estábamos grabando los overdubs (percusiones, doblajes, adornos) de varias canciones de nuestro tercer disco Avalancha de éxitos cuando David entró a grabar su parte para “Yolanda Nigüas” y “No controles”. Yo no lo podía creer. Talking Heads era, y sigue siendo, uno de mis grupos favoritos. Teníamos ahí a una leyenda, que además estaba colaborando con nosotros. Un sueño hecho realidad.
Gustavo Santolalla fue el productor de este disco y de todos los de Café Tacvba. Su esposa, Alejandra Palacios, que es fotógrafa, registró el momento. ¡Qué bendición! Porque en esa época no había celulares como los de ahora, ni nadie cargaba su cámara fotográfica para todos lados, solo los fotógrafos. Benditos sean. Por eso tenemos fotos que atestiguan que estuvimos juntos, que no fue un sueño, que todo sucedió de verdad. ¡Gracias Alejandra!
David nos dijo que estaba grabando un disco solista nuevo. “¿Quieren escuchar algunos tracks?”. Todos dijimos que sí, por supuesto. Puso un ADAT y nos sentamos a escucharlo con la luz casi apagada en el control room del estudio. Fueron tres canciones. Muy buenas. Todos íbamos a felicitarlo, pero David no estaba por ningún lado. ¡Se había ido de repente mientras sonaban las canciones! No se despidió. ¿Desapareció o fue teletransportado? Beam Me Up, Scotty.
Otro día, años después, nos invitó a cenar a un restaurante mexicano en el entonces llamado Distrito Federal. No recuerdo qué hacía acá. A la mesa fueron llegando escamoles, chapulines, gusanos de maguey, quesadillas de flor de calabaza, de huitlacoche. Y antes de que Meme le explicara (y advirtiera) qué era cada platillo, David ya había probado casi todo, chupándose los dedos. Jamás había visto a un extranjero comer con tanto interés platillos que incluso muchos mexicanos consideran exóticos.
Me gustaría volver a sentir en todo mi cuerpo la emoción, la adrenalina que recorrió mi sangre al verlo entrar en el estudio: flaco, altísimo, con un estuche de guitarra del que surgió una Gretsch Chet Atkins color naranja y, a su lado, unos pedales Vintage MXR.
Para nuestro segundo Unplugged lo invitamos a cantar “El Outsider” ¡Out of This World, mejor dicho! Tengo la teoría de que el verdadero alienígena no era David Bowie, como todos creíamos. En los videos que hay de Bowie, en las entrevistas, se ve como todo un caballero, incluso cuando está maquillado y vestido con el traje más estrafalario posible, se ve como un ser humano, se comporta como uno de nosotros.
Pero David Byrne no. Él sí es un alienígena que vino a visitarnos y entregarnos todo su arte, su forma de pensar oblicua; sus libros sobre andar en bicicleta en las ciudades (adelantadísimo), sobre los árboles de pensamiento, mapas mentales, sobre la música y cómo funciona. Sus composiciones, tanto con Talking Heads como de solista, no se parecen a nada de lo que habíamos escuchado antes. Ahora nos parecen normales, pero sé que es porque ya las escuchamos muchas veces. Qué persona tan extraña, pero tan entrañable.
Después del concierto del sábado en el Metropolitan se fue a bailar al Barba Azul. ¡Qué aguante! Y eso que tiene setenta y cuatro años terrestres.
Disfrutémoslo antes de que se vaya a su planeta. Porque lo sabemos: algún día todos nos iremos.
Gracias por estar aquí. Todos mis respetos, Señor David Byrne.
