Me sorprendió descubrir que Rosalía, a quien durante un tiempo percibí como una artista ruda e inalcanzable, podía sentirse tan cercana al verla en vivo; tiene un magnetismo y una voz que explican por qué es una de las artistas más importantes de nuestro tiempo, aunque en gustos se rompen madres, digo, géneros.

Mi amiga Rosalía


El lunes de la semana pasada, mi familia y yo fuimos a ver a Rosalía al Palacio de los Deportes. Yo no había comprado boletos, de esos que se vendieron en dos segundos hace meses o casi un año, pero de repente se hizo el milagro. Sony Music me hizo llegar unos de regalo. ¡Uff! No me pasa mucho, aunque hay quienes piensan que me regalan todos los boletos del mundo o que puedo conseguirlos a menor precio. Esta vez ocurrió distinto y lo agradezco.

¿Por qué? Porque fue uno de los mejores shows que he visto en mi vida. Y no por las luces o el escenario, ni la pirotecnia o demás parafernalia que otros espectáculos traen. No, no. Aquí lo más importante fue Rosalía. Tiene un magnetismo y una voz que explican por qué es una de las artistas más importantes de nuestro tiempo y no exagero. Aunque en gustos se rompen madres, digo, géneros.

Escuché sus dos primeros discos y se me hicieron muy interesantes, pero no me atraparon. Fue hasta el Motomami (2022), que acababa de salir dos o tres días antes, que mi hija, la más chica, propuso ponerlo en el auto en un viaje en carretera. Me atrapó tanto que quise ponerlo de nuevo en cuanto se terminó. Hasta ese entonces ningún artista de reguetón o “urbano” o cualquiera de esos estilos me había llamado la atención y ya lo había intentado escuchando a varios de ellos. Soy muy abierto a cualquier tipo de música, pero si no me atrapa, no hay mucho qué hacer.

¿Cómo es posible sentir cercanía con alguien que está a muchísima distancia? No son las pantallas, esas pueden ser enormes, pero si la persona que aparece en ellas no tiene magnetismo, no se siente cerca.

Claro, escuché comentarios de que el Motomami ya no era tan innovador como los anteriores, que su intención era llegar a un público más amplio. ¡Ja! Y me lo decían como si eso fuera muy sencillo de hacer. Digo, porque muchos lo intentan y no a muchos les sale. El Motomami tenía (tiene) el balance perfecto entre rareza y comercialidad, entre experimentación y música digerible. No cualquiera lo logra y no se trata de dinero nada más, de contratar a muchos productores con Grandes Nombres.

No pude ver a Rosalía en vivo con ese disco, aunque vi muchos videos. Amigos me hablaron maravillas del show, de la personalidad y el talento de La Rosalía; pero la verdad es que a mí en esa época me daba miedo. ¿Miedo? Sí, como si fuera una joven muy ruda, aguerrida, alguien con quien no me gustaría conversar o conocer. ¡Ay sí tú! ¡Como si tuviera la más mínima oportunidad!

Cuando salió el Lux (2025), lo escuché dos o tres veces, pero no me atrapó. Lo respeté, eso sí: suena impecable, la voz de Rosalía creció del disco anterior a este, las composiciones se pusieron más complicadas y las letras en no sé cuántos idiomas me hicieron pensar en un disco más atrevido. Rosalía pudo haberse ido por el camino fácil, pero decidió lo contrario. Aun así, tanto la crítica como el público lo alabaron. Yo, la verdad, no lo volví a poner ni una sola vez.

Lux sonaba mucho en mi casa, pero tantos cantos eclesiásticos me abrumaban. Para qué mentirles, no me había gustado. Aunque todo cambió cuando la vi en vivo.

¿Cómo es posible sentir cercanía con alguien que está a muchísima distancia? No son las pantallas, esas pueden ser enormes, pero si la persona que aparece en ellas no tiene magnetismo, no se siente cerca.

Rosalía salió al escenario y conectó con todo el público en el preciso instante en que se puso a cantar. Lo más sorprendente es que, cuando comenzó a hablar, a saludarnos, era como si fuera mi amiga. Eso sentí: tan normal, tan familiar, como si la conociera de toda la vida. Ya no era esa persona ruda que percibí en el pasado. ¿Había cambiado yo o fue ella? No lo sé. 

Conocemos a los artistas que son divas, que se sienten inalcanzables y seguramente lo son. Rosalía parecía estar ahí a mi lado conversando y seguramente es tan inalcanzable como los otros, pero prefiero quedarme con la fantasía de que es un ser de carne y hueso. Al fin y al cabo todos lo somos. ¿O no?

Lo platiqué con mi querido amigo el Txino y le expliqué lo que sentí con Rosalía. Me dijo: “¿Así como lo que pasa con Snoop Dogg?”. ¡Exacto!, le contesté. Uno cree que se puede sentar a fumar un churro de mota con Snoop, aunque sea una completa pachequez (siguiendo con el tema). Pero sí, eso transmite el rapero. ¿No les pasa a ustedes lo mismo?

En estos días he puesto el Lux en mi estéreo varias veces y ahora sí lo puedo escuchar de principio a fin. Es que todo cambió, ¿se dan cuenta?

Ya no es un disco cualquiera; ahora es el álbum de mi amiga, mi gran amiga, La Rosalía.


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