Pocas veces me acerco a la literatura de no ficción, pero ¿cómo resistirme a un libro llamado Redada en una fiesta hippie (Debate, 2026)? Es difícil no caer ante el hechizo de un título tan sugestivo. ¡Por suerte caí en sus garras! Leí la contraportada y me quedé enganchado. Cuenta la historia de una fiesta, obviamente, celebrada la madrugada del 12 de febrero de 1971 en las Lomas, una zona muy popof (para usar el lenguaje de esa época) del entonces Distrito Federal.
Los organizadores, uno de los dueños de la casa y sus amigos, invitaron a todo el mundo. Fueron a una obra de teatro que en ese entonces ensayaba Alejandro Jodorowsky, a Televicentro (como antes se llamaba Televisa) y a la Zona Rosa. Pasaban la voz y hablaban por teléfono. Un grupo de rock, Estrella de la Mañana, se sumó al reventón; al parecer tocaban muy bien (no hay registro para corroborarlo). Entre los asistentes había también artistas plásticos, jipitecas y gente que le cayó así nomás. A los lectores más jóvenes de esta columna, nombres como Isela Vega, José Alonso, Jorge Luke u Olga Breeskin quizá no les digan mucho, pero son parte de nuestra historia y cultura pop que no deberíamos olvidar: es un retrato de esa época, 1971, de los sitios en donde la gente hacía cosas interesantes.

Redada en una fiesta hippie está muy bien documentado. Rafael Cabrera, el autor, es un excelente periodista, pero sobre todo un gran narrador. Es un libro muy divertido de leer, pero no solo eso, pues tiene muchos niveles de lectura. Te pondrás a pensar: ¿por qué un gobierno reprime el modo de ser y pasarla bien de sus ciudadanos? Sus doscientas catorce páginas están llenas de anécdotas, curiosidades y datos duros que pueden interesar a distintos tipos de personas. Es una lectura muy recomendable. En él descubrí cosas que no sabía, porque (esa es, al menos, mi excusa) no se encuentran tan fácilmente.
Por ejemplo, yo no tenía idea de que hubo un intento de montar la ópera rock Tommy de The Who, con músicos y actores mexicanos. Se “estrenó” en el Festival Rock y Ruedas, mejor conocido como el Festival de Avándaro, nuestro Woodstock mexicano. Pero no tuvo una temporada en ningún teatro, como era la intención de quienes se aventaron a semejante empresa. ¡Cómo me gustaría viajar en el tiempo para ver eso! En esa puesta en escena el encargado de vestuario era un personaje muy interesante apodado “La Estrella” por lo que causaba en la gente. Veintitrés años, delgado, de facciones finas, bonito, melena negra, pinta de rockstar, artista plástico, apasionado por el rock, bisexual, combinaba ropa de hombre y mujer, una especie de David Bowie mexicano que andaba así por la calle. ¡En 1971! Su nombre: Arturo Vega Quiñones.
La fiesta iba muy bien hasta que cayeron los Judas y la Tira. La “Redada” del título. Entre los nombres de los policías involucrados está uno de nuestros personajes más siniestros de la galería macabra de la política mexicana: el Negro Durazo. Se llevaron a Lecumberri a más de cien asistentes de la fiesta. Les tomaron fotos y la prensa amarillista se dio gusto burlándose de ellos, llamándolos degenerados, maricones, drogadictos y demás. Según los policías había habido una orgía en la fiesta, cosa que nunca sucedió.
En Lecumberri a Arturo Vega lo tratan pésimo. “Ahí está la vestida”, le dicen a los periodistas para que le tomen fotos. Ya no traen el pelo largo. “Sí, tal vez le acaban de cortar su melena de estrella de rock —cuenta Rafael Cabrera—, pero lo que la policía mexicana no sabe ni se imagina es que acaban de liberar a un punk”. México le queda chico a Arturo Vega, continúa. “Aquí, aunque quiera, no puede ser él mismo. La gente, la policía, hasta los periódicos lo juzgan. Quiere dedicarse a su obra plástica, a pintar y también explorar el camino del cine. A ser libre. Con esa idea, llega a una ciudad a su medida: Nueva York”.
En 1973 conoce a un músico apodado Dee Dee, que tiene una banda que se está volviendo famosa. ¿Qué cómo se llaman? The Ramones. Arturo se vuelve un quinto Ramone, ayuda a la banda con las luces y el diseño del escenario. Tocan en un lugar mugroso ahí de Nueva York, que se llama CBGB.
Los organizadores, uno de los dueños de la casa y sus amigos, invitaron a todo el mundo. Fueron a la obra de teatro que ensayaba Alejandro Jodorowsky en Televicentro (como antes se llamaba Televisa) y a la Zona Rosa. Pasaban la voz y hablaban por teléfono. Un grupo de rock, Estrella de la Mañana, se sumó al reventón; al parecer tocaban muy bien (no hay registro para corroborarlo).
Un día Arturo les propone diseñar un logotipo. El grupo punk no está muy seguro, pero acepta. El logo, al igual que la banda, se hicieron cada vez más famosos. Ahora podemos ver por la calle o los pasillos de cualquier plaza comercial a gente con esa camiseta. Y a los puristas les gustaría decirles de mala manera: “A ver, mencióname tres canciones de esa banda?”. Bueno, a Arturo Vega le llega un diez por ciento de la venta de esa camiseta, con lo que puede vivir en Nueva York sin pasar hambre, dedicarse por completo a su arte e incluso abrir una galería en donde muestra su trabajo y el de otros artistas.
¿Qué habría pasado si Arturo Vega, quien falleció en 2013 a los sesenta y cinco años, no hubiera ido a esa fiesta? ¿O si no hubiese sucedido la redada? Rafael Cabrera lo dice de una manera hermosa en su libro: “Como si fuera el ligero aleteo de una mariposa que desata tempestades, la redada en la fiesta hippie lo llevó a diseñar el más grande logo del rock”.
Seguramente muchos se estarán preguntando “¿y qué pasó con Jodorowsky en la fiesta? ¿Por qué solo lo mencionas de pasada en tu columna?”. Pues compren Redada en una fiesta hippie y léanlo. Que cada quien haga su tarea.
