—Oye, papá, ¿te gustó el nuevo disco de los Strokes? ¡Tiene demasiado autotune!
Casi se me salen las lágrimas. No, no de tristeza, sino porque ¿cuándo en mis sueños más estrambóticos iba yo a imaginar tener esta conversación con mi hija de diecisiete años? Y que mencione el autotune como algo normal, como si fuera la batería o el bajo.
—Tanto que me gusta su voz. ¿Por qué le tiene que poner ese efecto? Además, ¡en todas las canciones! Si fuera en una o dos, tal vez estaría bien. ¿Pero en todas?
¡Qué felicidad para mí! Estas son las discusiones importantes, que recuerdo haber tenido con amigos a altas horas de la madrugada, con una chela en la mano, frente al estéreo a todo volumen, peleándonos por si el nuevo disco de tal o cual grupo o artista estaba bueno o no. Pero mi vida ha cambiado. Por suerte, no soy quien insiste a mis hijas que escuchen la música que a mí me gusta. Qué horror sería ser un papá así.
Reality Awaits terminó mientras comíamos. Dura cuarenta minutos aproximadamente. Las canciones que más resaltaron fueron las que habíamos escuchado como sencillos previos. Uno se pregunta si es porque son las mejores o porque ya las habíamos escuchado antes.
Le dije que no lo había escuchado, así que lo pusimos mientras comíamos. Y sí, tiene razón mi hija. Bueno, si ya lo escucharon, no hay mucho que decir; y si no, en las redes sociales ya se habrán enterado por la cantidad de memes haciendo chistes (unos buenos, otros no tanto) de la fascinación de Julian Casablancas por esta herramienta tecnológica que lleva varias décadas en el mundo de la música: el autotune.
Mientras el disco sonaba en la bocina de la sala de vuestra casa (o sea, mi casa, pero así se dice) comencé a recordar LA HISTORIA DEL AUTOTUNE (léase con voz de locutor de documentales de los ochenta): al principio era un plug-in que ayudaba a los cantantes a no desafinar, a corregir errores sin tener que repetir toma tras toma hasta que el cantante diera la nota correcta. Lo usaban los productores musicales e ingenieros de audio, sobre todo los de pop. Lo malo (o lo bueno, depende de qué lugar del espectro musical te encuentres) es que se notaba luego luego la voz metálica y robótica del “pulgin” haciendo de las suyas. Había dos bandos: quienes recibieron con los brazos abiertos esa nueva herramienta tecnológica y quienes la rechazaban de manera categórica. ¡Un cantante debe cantar bien! Esto es el fin de la música, decían.
Pero entonces llegó esa canción de Cher, que se convirtió en un hitazo y devolvió a la señora a las listas de popularidad. Todos nos aprendimos “Believe”, quisiéramos o no. Lumi y yo comenzamos a cantarla mientras comíamos (mi hija aún no la había escuchado).
Como la canción de Cher utiliza el autotune como un recurso novedoso, que nadie había escuchado antes, pegó como tubo. Empezamos a escuchar canciones que ya no lo escondían, sino que lo resaltaban, sobre todo en el pop, en espera de repetir el éxito de “Believe”. Y comenzaron también los experimentos.
Recuerdo que La Gusana Ciega lo usó en una canción y me sorprendió mucho. Era “arriesgado” para un grupo de rock. Aunque, bueno, Plastilina Mosh usaba muchos efectos en la voz de Jonás, entre ellos el autotune. Y claro, muchísimos artistas más en todo el mundo.
Luego pasó de moda. Ya no se escuchaba tanto, pero nunca se dejó de usar en los estudios de grabación. El plug-in mejoró, obviamente, hasta el punto de no se notaba su uso. Aun cuando el cantante lo hacía bien, algunos productores demasiado perfeccionistas preferían una afinación perfecta a dejar la voz natural. Hay de todo en la Viña del Señor (así se dice…).
Pero luego vino Kanye West con 808s & Heartbreak, un disco completo con su voz procesada por el efecto en todas las canciones. Y luego (o antes o mientras) llegan los raperos y reguetoneros a usarlo de nuevo. Creo que ya todos podemos considerarlo un instrumento más, como si habláramos de una guitarra o un teclado de cierta marca que tiene un sonido muy característico, como el Hammond o el Moog.
Los cantantes pueden hacer lo que quieran con su voz: es su instrumento. Y si yo decido ponerle ciertos efectos a mi guitarra eléctrica ¿por qué no habrían ellos de hacer lo mismo con su voz? Que te guste o no, eso es otra cosa.
Estas son las discusiones importantes, que recuerdo haber tenido con amigos a altas horas de la madrugada, con una chela en la mano, frente al estéreo a todo volumen, peleándonos por si el nuevo disco de tal o cual grupo o artista estaba bueno o no. Pero mi vida ha cambiado.
Reality Awaits terminó mientras comíamos. Dura cuarenta minutos aproximadamente. Las canciones que más resaltaron fueron las que habíamos escuchado como sencillos previos. Uno se pregunta si es porque son las mejores o porque ya las habíamos escuchado antes. Mi hija hizo una pregunta.
—No me gusta el disco, pero ¿si lo escucho muchas veces puede llegar a gustarme?
Buena pregunta, que tal vez todos nos hemos hecho cuando aparece el nuevo disco de tu banda favorita y no te gusta tanto como el anterior. Y resulta que The Strokes es una de las bandas favoritas de mi hija.
—Bueno —le dije—, los vas a ver tocar en el Corona Capital, ¿no? Quizá toquen varias de estas canciones. Tal vez sería bueno que lo escucharas un poco más.
—Sí, ¿verdad? —me contestó.
Y así sigue la vida para quienes nos gusta esta música llamada rock.

