A finales de los ochenta la promesa de libertad del punk empezó a ser cuestionada desde dentro; si cualquiera podía hacer música, ¿por qué los escenarios seguían dominados por hombres? ¿La rebelión había dejado fuera a las mujeres? En Olympia, Washington, Tobi Vail, Kathi Wilcox, Kathleen Hanna y Billy Karren respondieron formando Bikini Kill.

Bikini Kill


El punk nació con un lema: Do It Yourself. No hacían falta conservatorios, grandes estudios de grabación ni el respaldo de una disquera. Bastaba con tomar un instrumento, subir a un escenario y expresarse.

A finales de los años ochenta, esa promesa de libertad empezó a ser cuestionada desde dentro. Si cualquiera podía hacer música, ¿por qué los escenarios seguían dominados por hombres? ¿La rebelión del punk había dejado fuera a las mujeres?

En Olympia, Washington, Tobi Vail llevaba tiempo haciéndose esa pregunta. Baterista, escritora y editora del fanzine Jigsaw, veía en el punk una herramienta para construir algo distinto. Por eso, reunió a Kathi Wilcox, para que tocara el bajo; a Kathleen Hanna, conocida entonces por sus lecturas de poesía y spoken word; y al único hombre del grupo, el guitarrista Billy Karren.

Bikini Kill nació casi al mismo tiempo que otro proyecto del mismo nombre: un fanzine elaborado por Kathleen, Tobi y Kathi. Entre dibujos, collages, poemas y reseñas de conciertos, sus páginas hablaban de abuso, violencia machista, deseo, amistad y música con una franqueza poco habitual incluso dentro de la prensa independiente.

En 1991 apareció la primera grabación de Bikini Kill, Revolution Girl Style Now!. Publicada en casete y distribuida de manera artesanal, reunía canciones donde ya estaban presentes los elementos que definirían a la banda: la voz entre el grito y el spoken word de Hanna, la batería furiosa de Tobi, el ritmo marcado con el Fender Precisión Bass de Kathi y la guitarra distorsionada de Billy conectada a su pedal Univox Super-Fuzz.

Riot Grrrl: porque nosotras, las chicas…

En julio de 1991, el término riot grrrl apareció por primera vez en un pequeño fanzine homónimo elaborado por Kathleen, Molly Neuman, Allison Wolfe y Jen Smith. Las tres erres no eran un error tipográfico. Evocaban un gruñido. Una forma de expresar rabia.

Poco después, aquella palabra comenzó a circular en Olympia y en algunas ciudades del Reino Unido. No existía una organización central ni una portavoz única. Lo que había eran bandas, publicaciones fotocopiadas, cartas enviadas por correo y reuniones donde decenas de mujeres compartían experiencias que hasta entonces habían vivido como asuntos privados. La música era el punto de encuentro para hablar de trastornos alimentarios, aborto, racismo, salud mental y de la dificultad de ocupar espacios.

Olympia ofrecía el terreno ideal para que esas ideas encontraran eco. De ahí que no fuera gratuito el surgimiento de ciertos sellos discográficos independientes. El músico de lo-fi Calvin Johnson impulsó K Records con una premisa cercana al espíritu del punk: cualquiera podía grabar un disco sin pedir permiso a una gran compañía. Poco después apareció Kill Rock Stars fundado por Slim Moon y Tinuviel Sampson.

El 20 de agosto de 1991, hubo un parteaguas con la Convención Internacional del Pop Underground, organizada por K Records en Olympia, que inauguró sus actividades con Love Rock Revolution Girl Style Now, una noche integrada exclusivamente por bandas formadas por mujeres o lideradas por ellas. Sobre el escenario estuvieron Bikini Kill, Bratmobile, 7 Year Bitch, Tiger Trap y más de una decena de proyectos.

No es un spoiler decir que aquella noche no se resolvieron las desigualdades al interior del punk, pero sí se alteró durante unas horas una lógica que parecía inamovible incomodando a más de una persona, algo que quedó evidenciado en las cartas amenazantes que recibieron las músicas.

Mientras el movimiento comenzaba a tomar forma, Bikini Kill seguía escribiendo canciones. En 1992 publicó el EP Bikini Kill, editado por Kill Rock Stars y producido por Ian MacKaye, integrante de Minor Threat y Fugazi. Eran apenas seis canciones, pero eran las suficientes para mostrar que la banda empezaba a encontrar un lenguaje propio.

Ese mismo año apareció el segundo número del fanzine Bikini Kill. Entre sus páginas circuló un texto que pronto rebasó los límites de la publicación: el Riot Grrrl Manifesto: 

“Porque queremos discos que nos hablen/ Porque queremos crear nuestros propios medios/ Porque estamos cansadas de que ‘chica’ siga significando débil, tonta o mala/ Porque no queremos parecernos a los estándares de nadie/ Porque el punk sólo tiene sentido si también transforma la vida de quienes lo hacen”.

El manifiesto circuló igual que los casetes y los fanzines: de mano en mano. Su difusión sorprendió incluso a quienes lo habían escrito. En pocos meses, el nombre riot grrrl comenzó a aparecer en todos lados. El crecimiento también atrajo la atención de los medios. La cobertura multiplicó su visibilidad, pero redujo buena parte de sus planteamientos a una imagen de adolescentes enfadadas, ropa rasgada y peinados extravagantes. Las discusiones sobre violencia sexual, desigualdad o autonomía quedaron relegadas por una lectura más cercana a la moda que a la política.

Bikini Kill y otras participantes del movimiento riot grrrl decidieron dejar de hablar con la prensa comercial. Aplicaron un media blackout con el fin de dejar de alimentar una cobertura que transformaba cada entrevista en una caricatura o en una provocación. Las integrantes preferían invertir ese tiempo en organizar reuniones, editar otro fanzine o tocar.

Cuando ella habla, escucho la revolución

Mientras tanto, Bikini Kill seguía grabando. En 1993 apareció Pussy Whipped, su primer álbum de estudio. Canciones como “Alien She” convertía la sensación de extrañeza en una forma de identidad, pero fue otra canción la que terminó trascendiendo el disco y hasta el movimiento: “Rebel Girl”, la cual habla de admiración, y la posibilidad de reconocerse en otra mujer cuando Hannah canta “When she talks, I hear the revolution”.

Joan Jett comprendió rápidamente el alcance de aquella canción. Produjo una nueva versión del sencillo y sumó guitarras y coros. El encuentro tenía algo más que un valor musical. Una de las figuras que había abierto camino para las mujeres dentro del rock en los años setenta con The Runaways respaldaba públicamente a una generación que volvía a disputar ese espacio.

En 1996 Bikini Kill publicó Reject All American, su tercer y último álbum de estudio. Para entonces, la banda llevaba varios años conviviendo con una atención que nunca había buscado. Bikini Kill ya no era vista solamente como una banda. Se había convertido en un punto de referencia. Sin embargo, después de casi siete años de ensayos, giras, entrevistas y conciertos en 1997 Bikini Kill anunció su separación.

Cada integrante siguió un camino propio. Kathi Wilcox, Billy Karren, Tobi Vail y Molly Neuman formaron The Frumpies, mientras Vail continuó escribiendo y participando en distintos proyectos vinculados con la cultura independiente. Wilcox colaboró posteriormente con Casual Dots y otras agrupaciones de la escena.

Kathleen Hanna grabó Julie Ruin, un proyecto casero construido con cajas de ritmos, sintetizadores y samplers. Aquellas grabaciones dieron origen poco después a Le Tigre, banda con la que exploró nuevos lenguajes sonoros.


Tobi Vail, Kathleen Hanna y Kathi Wilcox.

Mientras eso sucedía con las integrantes, la periodista Sara Marcus publicó en 2010 Girls to the Front: The True Story of the Riot Grrrl Revolution. A partir de entrevistas, archivos personales y publicaciones independientes reconstruyó la historia del movimiento sin reducirla a una celebración. Recuperó sus hallazgos, pero también sus desacuerdos, tensiones y contradicciones.

Tres años más tarde apareció The Punk Singer, documental dirigido por Sini Anderson que, aunque se centra en la trayectoria de Kathleen Hanna, termina retratando una escena mucho más amplia a través de entrevistas con figuras como Joan Jett, Kim Gordon, Carrie Brownstein y Corin Tucker ayudan a reconstruir el contexto en el que surgió Bikini Kill.

Mientras tanto, La Fales Library de la Universidad de Nueva York reunió cientos de fanzines, volantes, cartas, casetes y documentos producidos por el movimiento riot grrrl. Materiales que durante los años noventa habían circulado doblados dentro de mochilas y repartidos en conciertos comenzaron a formar parte de un archivo consultado por investigadores, estudiantes e historiadores.

La historia de Kathleen también tomó otro rumbo. A mediados de los dosmiles comenzó a experimentar dolores musculares, fatiga persistente y problemas de concentración. Durante años consultó a distintos especialistas sin obtener una explicación clara hasta que en 2010 recibió el diagnóstico de enfermedad de Lyme, una infección bacteriana transmitida por la picadura de ciertas garrapatas que, cuando no se detecta oportunamente, puede provocar complicaciones neurológicas, articulares y cognitivas.

Ya con tratamiento, en noviembre de 2017 la banda apareció de manera inesperada en The Kitchen, un espacio dedicado al arte contemporáneo en Nueva York. Interpretó una sola canción “For Tammy Rae” sin anuncios sobre un regreso; no obstante, aquella breve presentación alimentó los rumores. La confirmación llegó en enero de 2019.

La inminente revolución del grrrl rock

Manifiesto Riot Grrrl – Bikini Kill Zine #2, 1991

Bikini Kill anunció su primera gira desde la separación de 1997. Los boletos para las primeras fechas se agotaron rápidamente y el itinerario tuvo que ampliarse. En los conciertos coincidían personas que habían visto a la banda en los años noventa con otras que apenas la conocían a través de libros, documentales, plataformas de música, videojuegos como Rock Band, por escuchar a The Linda Lindas o incluso por algún video viral de redes sociales.

El contexto era distinto al de sus primeros años, aunque varios de los temas presentes en sus canciones seguían ocupando el debate público: los derechos reproductivos, la violencia contra las mujeres, la discriminación hacia la comunidad LGBTQ+ y la discusión sobre la representación femenina dentro de la industria musical.

La alineación también cambió. Billy Karren no participó en la reunión y la guitarra pasó primero a Erica Dawn Lyle y, posteriormente, a Sara Landeau. Kathleen Hanna, Kathi Wilcox y Tobi Vail conservaron el núcleo original del grupo.

La pandemia obligó a posponer parte de la gira prevista para 2020. Los conciertos se reanudaron en los años siguientes. En 2022 Bikini Kill encabezó el Riot Fest de Chicago. Durante esa gira, Lauren Hammel ocupó temporalmente la batería debido a problemas de salud de Tobi Vail y en marzo de 2024 la banda se presentó por primera vez en México.

Buena parte de aquella primera generación de seguidores convivía en el público con personas que habían conocido a Bikini Kill décadas después de su separación. Quizá esa sea una de las formas más claras de entender su permanencia. Su discografía es breve, pero su influencia, en cambio, es enorme.

Y aunque antes de su aparición ya existían mujeres que escribían canciones, formaban bandas y cuestionaban las reglas del rock, el aporte de Bikini Kill marcó un antes y un después que no sólo recae en la música, sino en la articulación de una red amplia que se formó mediante conciertos, fanzines, casetes, espacios de encuentro y por poner a las mujeres al frente, en la primera fila, porque como escribieron en el manifiesto:

“BECAUSE we know that life is much more than physical survival and are patently aware that the punk rock ‘you can do anything’ idea is crucial to the coming angry grrrl rock revolution which seeks to save the psychic and cultural lives of girls and women everywhere, according to their own terms, not ours.

BECAUSE we are interested in creating non-heirarchical ways of being AND making music, friends, and scenes based on communication + understanding, instead of competition + good/bad categorizations”.


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