En ‘El Diablito’ está el México del barrio, de la cultura popular, de los milagritos de latón, de la Lotería, de las rancheras, del catolicismo local, de las frases hechas, de la violencia política, del surrealismo y de esa mezcla tan nuestra de tragedia y chiste, que a veces confunde y siempre seduce.

El Diablito


En la discografía de Caifanes existe un consenso: El Silencio es su mejor álbum. El Silencio representa el momento en que la banda consiguió una madurez musical que ya no necesitaba demostrarle nada a nadie y que conectaba perfectamente con el público. Todo —las guitarras de Saúl Hernández y Alejandro Marcovich, los teclados y el saxofón de Diego Herrera, el bajo de Sabo Romo, la batería de Alfonso André y la producción de Adrian Belew— funciona con una precisión extraordinaria. Todo está en su sitio.

Pero hay algo que suele obviarse: para que ese disco pudiera existir, Caifanes tuvo que llegar hasta ahí. Y entre el extraordinario debut de 1988, con su álbum homónimo, y el impacto que fue El Silencio de 1992, está Volumen II, mejor conocido como El Diablito. Un disco que suele quedar atrapado entre dos obras enormes y que, precisamente por eso, merece ser escuchado con mayor atención.

El debut de Caifanes fue una cosa bastante más improbable de lo que hoy parece. Por supuesto que en 1988 un grupo mexicano podía tocar post-punk, vestirse de negro, tener una estética deliberadamente oscura y cantar sobre muerte, deseo, marginalidad y desencanto. Lo difícil era conseguir que todo eso dejara de ser una rareza de la escena underground y se convirtiera en un fenómeno popular y masivo —que no son sinónimos—. Caifanes lo logró.

En El Diablito está el México del barrio, de la cultura popular, de los milagritos de latón, de la Lotería, de las rancheras, del catolicismo local, de las frases hechas, de la violencia política, del surrealismo y de esa mezcla tan nuestra de tragedia y chiste, que a veces confunde y siempre seduce.

Con su primer álbum, la industria comenzó a prestar atención a una escena que llevaba años existiendo en fiestas, bares, hoyos funkies, foros pequeños y circuitos marginales. El éxito de Caifanes hizo comercialmente imaginable una escena de rock mexicano mucho más amplia. Por eso el “disco negro” fue mucho más que un buen debut. Fue un acontecimiento. Y precisamente por eso, el segundo disco planteaba una disyuntiva: mantener la fórmula o subir la apuesta.

Caifanes decidió lo segundo.

El salto cuántico del rock mexicano

Ricardo Pineda, periodista cultural de Radio UNAM, describió a El Diablito como un “salto cuántico” para el rock mexicano y señaló que su aparición transformó las condiciones de la industria. Tras muchas expectativas, el disco apareció el 19 de junio de 1990. Tanto el público como la industria pedían más. Otro “Viento”, otro “Mátenme porque me muero”, otra “Negra Tomasa”, que no llegaron, pero sí algo distinto.

Sí, ese segundo disco conservó elementos fundamentales del primero: atmósferas oscuras, letras poéticas y esa relación con el post-punk que había sido fundamental en la identidad inicial. Pero el centro de gravedad cambió. En el Caifanes del primer disco todavía podía reconocerse con facilidad la genealogía de The Cure, Joy Division y el rock gótico de los ochenta. En El Diablito, esas influencias seguían ahí, pero ya no eran las únicas ni las más protagónicas. 

Alejandro Marcovich, Sabo Romo, Diego Herrera, Saúl Hernández y Alfonso André en la época de El Diablito.

Ahora había rabia, guitarras más agresivas y una sección rítmica mucho más poderosa; humor, sexualidad, política, memoria histórica y, como un crisol del que todo emana, mexicanidad. No de postal ni de campaña turística. En El Diablito está el México del barrio, de la cultura popular, de los milagritos de latón, de la Lotería, de las rancheras, del catolicismo local, de las frases hechas, de la violencia política, del surrealismo y de esa mezcla tan nuestra de tragedia y chiste, que a veces confunde y siempre seduce. En este microcosmos, el barrio no está separado de la política; la política no está separada de la muerte, y la pulsión de muerte no está separada de la sexualidad.

Alejandro Marcovich se incorporó a la banda en 1989, después de haber trabajado con Saúl Hernández y Alfonso André en Las Insólitas Imágenes de Aurora. Para entonces, las canciones de El Diablito ya estaban parcialmente arregladas. En una entrevista, el mexicoargentino explicó que cuando llegó al grupo aproximadamente el sesenta por ciento de los arreglos ya existía y que su trabajo consistió en encontrar espacios para introducir contrapuntos, riffs, introducciones y solos. Él mismo ha señalado “Sombras en tiempos perdidos”, “De noche todos los gatos son pardos”, “El elefante” y “El negro cósmico” como canciones en las que intervino particularmente desde la guitarra. Y claro que se nota.

El Diablito ha envejecido tan bien porque no depende de que recordemos cuánto éxito tuvo, ni de que lo coloquemos retrospectivamente como “el disco anterior a El Silencio”. Sigue funcionando como una obra con sus propias reglas: oscura, rabiosa, sensual, mexicana, política, extraña y, por momentos, deliberadamente incómoda.

Este detalle es importante porque permite entender qué estaba sucediendo realmente. La llegada de un quinto integrante permitió una mayor libertad para cada uno de los fundadores. Marcovich no llegó a “salvar” a Caifanes; se integró a una banda consolidada que ya tenía canciones y una identidad, pero comenzó a abrir espacios desde otra guitarra. Con él, las dos guitarras pudieron complementarse, dialogar, duplicarse, desaparecer momentáneamente e incluso confrontarse.

Esto permitió que tanto el bajo como la batería y los teclados también tuvieran mayor margen de maniobra. Escuchar el disco con atención permite apreciarlo. El bajo de Sabo Romo está ahí, sosteniendo y empujando. Alfonso André toca como si quisiera recordarnos que Caifanes no es una banda de atmósferas, sino una banda de rock poderoso. Diego Herrera, por su parte, mantiene con los teclados la oscuridad del primer disco, mientras que con su saxofón amplía el universo de una banda que cada vez parece menos interesada en encerrarse dentro de un género.

La página oficial de Caifanes acredita a los cinco integrantes y documenta además las distintas direcciones musicales del álbum, con participación de Cachorro López, Gustavo Santaolalla y Daniel Freiberg. Las grabaciones se realizaron en Nueva York entre octubre y noviembre de 1989, en estudios como Sound on Sound, Soundtrack, Electric Lady, Sigma y Baked Potato.

El resultado es una cosa curiosa: El Diablito tiene más músicos, más posibilidades y más producción que Caifanes, pero en muchos momentos suena más crudo. Por lo tanto, más vivo.

Antes de que nos olviden

En El Silencio hay una conciencia extraordinaria del estatus y la dimensión que Caifanes ya había alcanzado en 1992. Las canciones están construidas con una precisión impresionante y la banda parece saber exactamente hasta dónde puede llevar cada idea. En El Diablito todavía hay algo de peligro. La banda está experimentando. A veces se equivoca, a veces se excede. A veces un sonido entra donde no lo esperábamos. Y a veces la canción parece estar a punto de convertirse en otra cosa y lo hace.

O no.

Y eso es precisamente lo más emocionante.

Con la grabación de ese segundo disco, Caifanes aprovechó el momento de mayor expectativa de su público para descubrir hasta dónde podía llevar su propia identidad. Algunas canciones son más inmediatas, otras más extrañas; algunas conservan claramente el espíritu oscuro del debut y otras anuncian un grupo que todavía no existía por completo.

Basta detenerse en algunas para entender hasta dónde llegó esa libertad. “El Negro Cósmico” todavía conserva algo de la violencia post-punk de Joy Division y de la crudeza de Bauhaus, pero ya está completamente impregnado por la personalidad de Caifanes. “La célula que explota” lleva el deseo hasta un territorio erótico, rabioso y melancólico, una canción moridora que convierte la necesidad amorosa en algo casi físico, enfermizo y demoledor. Musicalmente, se hermana con “Sombras en tiempos perdidos”: ambas son tan rancheras y fantasmales que hasta podrían habitar la Comala de Juan Rulfo.

El éxito de Caifanes hizo comercialmente imaginable una escena de rock mexicano mucho más amplia. Por eso el “disco negro” fue mucho más que un buen debut. Fue un acontecimiento. Y precisamente por eso, el segundo disco planteaba una disyuntiva: mantener la fórmula o subir la apuesta. Caifanes decidió lo segundo.

El arte de El Diablito estuvo a cargo de Francisco Fernández “Taca”, amigo cercano de la banda.

Por el lado político, “Antes de que nos olviden” transforma la memoria en duelo y encuentra ecos de la masacre de estudiantes en Tlatelolco en 1968 y de los damnificados y muertos del sismo de 1985, apenas cinco años después. Mientras tanto, “Aquí no pasa nada” utiliza el humor y el absurdo para hablar de un país donde la violencia política —ese priísmo siniestro de la época— era parte de la vida cotidiana. “De noche todos los gatos son pardos” es puro nervio, guitarras y oscuridad, refranes mexicanos y una descripción metafórica de la condición humana, mientras que “El elefante” lleva todavía más lejos esa mezcla de rabia, extrañeza y rebeldía con cultura mexicana que atraviesa todo el disco, incluyendo al penacho de Moctezuma en la ecuación.

Todas son canciones muy distintas entre sí, pero juntas explican algo fundamental: Caifanes todavía estaba descubriendo qué podía hacer con todo aquello que había puesto sobre la mesa en su primer disco y con esa conexión chamánica que encontró con su público. “Bienvenido a tu ritual, raza”.

Y ésa quizá sea la verdadera razón por la que El Diablito ha envejecido tan bien. No depende de que recordemos cuánto éxito tuvo —de aquí se desprende, de hecho, una de sus canciones más célebres, “La célula que explota”— ni de que lo coloquemos retrospectivamente como “el disco anterior a El Silencio”. Sigue funcionando como una obra con sus propias reglas: oscura, rabiosa, sensual, mexicana, política, extraña y, por momentos, deliberadamente incómoda.

Por eso El Silencio pudo ser tan ambicioso. El disco perfecto necesitó antes un disco valiente. 

Y El Diablito fue ese disco.


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