Me caga cuando algunos colegas amantes de la música, críticos y apasionados, dicen: “es que México no tiene un Charly García”. Como si hubiera una música mejor que la otra, como si hubiera que competir. Totalmente innecesario. Me caga, además, porque nadie va por el mundo diciendo “Argentina no tiene un Agustín Lara”.
En todo caso, si vamos a hablar de carencias y seres imprescindibles, quisiera señalar que a este mundo le hace falta Rosario Bléfari, quien se fue hace seis años.
Lejos de esas figuras canónicas, intocables, del rock argentino, Rosario construyó desde una corriente alterna una carrera más fructífera, interesante y saludable para ese ecosistema del mundo musical llamado indie.
“Vidrieras” invita a dejar de verse a uno mismo para mirar lo que pasa. Y en una de esas observar hacia el cielo. Cae bien una invitación así en estos tiempos individualistas en los que dedicamos gran parte del día a vernos desde el celular, contando likes y en busca de aprobación.
Habría que revisar su obra, la discografía completa de Suárez, una de sus bandas, entre los que destaco dos de mis favoritos: Galope (1996) y Excursiones (1999). Ruido, dulzura, hipnóticas texturas y letras audaces.
Tendríamos que escuchar su vasto trabajo como solista, sus discos con Sué Mon Mont y Los Mundos Posibles, y también habría que leerla: Poemas en prosa (2001) y Diario del dinero (2020), por mencionar dos de sus libros más populares.
En este momento, mi canción favorita de Rosario Bléfari es “Vidrieras”, cuya guitarra me atrajo como la miel al osito Pooh porque comparte esa digna tristeza de “Liar” de Built To Spill. Creo que ahí se hermanan dos músicas de lejanas coordenadas geográficas, pero de estéticas y formas artísticas similares: simpatía por el otro camino que se aleja de la carretera de lo convencional.
Porque si pienso en la carrera de Rosario, en su camino con Suárez, como solista y como poeta, su aportación a la contracultura es tan valiosa como cualquiera de sus colegas, vacas sagradas del rock argentino, solo que lejos de la pasarela, desde lo subte y hasta el margen.
Algo de “Vidrieras” me abraza: esa sensación de que una canción está contando tu propia historia, aunque nunca conocieras a la autora fuera del CD. Es cine. Cada verso es una secuencia de una película que cuenta la historia de una persona que solo se puede ver a sí misma mientras afuera aviones se pierden en las nubes.
“Las ideas son vueltos perdidos que jamás quedan en los bolsillos, que no digan nada después, para vos no existen”, canta ella mientras recuerdo que estoy frente a una poeta gigante.
“Vidrieras” invita a dejar de verse a uno mismo para mirar lo que pasa. Y en una de esas observar hacia el cielo. Cae bien una invitación así en estos tiempos individualistas en los que dedicamos gran parte del día a vernos desde el celular, contando likes y en busca de aprobación.
“La tormenta limpió las veredas”.
Gracias, Rosario, por las canciones.
