¿La gente aún se acuerda de Rigo Tovar? La memoria tiene una extraña manera de conservar a quienes marcaron una época. Basta que suenen los primeros acordes de una canción para que el tiempo retroceda varias décadas y aparezcan nuevamente los patios de vecindad, las fiestas familiares, los bailes populares y las voces que alguna vez cantaron hasta el amanecer. Así ocurre con Rigo Tovar.
Porque Rigo vive en el recuerdo de quienes lo escucharon sobre un escenario y también en quienes lo conocieron cuando sus discos comenzaron a heredarse de padres a hijos como parte de la historia familiar. Durante los años setenta y buena parte de los ochenta, el Distrito Federal creció sin descanso. La ciudad recibía a miles de familias buscando trabajo, una casa y la posibilidad de comenzar de nuevo.
Rigo Tovar nunca cantó solamente para llenar un escenario. Cantó para un pueblo entero, chilango, que hizo de sus canciones parte de su propia historia.
Gustavo A. Madero, Venustiano Carranza, Tlalnepantla, Ecatepec, Naucalpan, Nezahualcóyotl, Cuautitlán y muchos otros rincones del Valle de México fueron formando una identidad propia, construida con el esfuerzo cotidiano de su gente. En medio de aquel crecimiento, la música encontró un lugar privilegiado. Había canciones para trabajar, para enamorarse, para olvidar las preocupaciones y, sobre todo, para bailar. Entre todas ellas sobresalía una voz que parecía hablarle directamente al pueblo: la de Rigo.
Su música salía de las bocinas de los mercados mientras los comerciantes abrían sus puestos; acompañaba el humo de las fondas y el ruido metálico de los talleres mecánicos; sonaba en las ferias patronales, en los cumpleaños, en las bodas y en las reuniones improvisadas de cualquier calle. Sus canciones terminaron por convertirse en parte del paisaje sonoro de una generación. Para muchos jóvenes de aquella época representaron el primer amor; para otros fueron un refugio en nuestros días difíciles. Rigo era exitoso y también era un hombre con el que podías identificarte a niveles muy profundos.
Rigo, la oscuridad y Abbey Road
Antes de conquistar definitivamente a la capital del país, el cantante tamaulipeco ya había comenzado a escribir su historia con los discos Mi Matamoros querido (1972) y Cómo será la mujer (1973), producciones que poco después le abrirían las puertas de sus primeros discos de oro; el primero de ellos llegaría con “Lamento de amor”. Sin embargo, mientras el reconocimiento crecía, la vida también comenzó a exigirle un alto precio.

En 1974 perdió a su madre. La ausencia dejó una herida profunda y, según quienes lo conocieron, cambió para siempre una parte de su carácter. Como si el destino aún tuviera otra prueba reservada para él, apareció la retinitis pigmentaria, una enfermedad hereditaria que poco a poco fue apagando su vista. Pero lo que para cualquier artista habría significado una amenaza para su carrera, para Rigo se convirtió en una batalla silenciosa.
En 1977 viajó a Londres con la esperanza de encontrar un tratamiento que frenara el avance del padecimiento. Aquel recorrido, sin embargo, terminó transformándose en un viaje creativo. Entre tratamientos, largas caminatas y horas de incertidumbre nacieron nuevas canciones. Parte del álbum Dos tardes de mi vida comenzó a grabarse en los históricos estudios Abbey Road, donde años atrás Los Beatles habían dejado inmortalizadas algunas de las páginas más importantes de la música popular.
Cuando regresó a México, los lentes oscuros ya formaban parte de su imagen. Su visión disminuía con rapidez, pero su presencia sobre el escenario parecía crecer con la misma intensidad. Había noches en las que apenas alcanzaba a distinguir las siluetas del público, aunque nunca dejó de reconocer el sonido de miles de voces coreando sus canciones. Cada aplauso era una guía; cada coro multitudinario le recordaba que el cariño de la gente podía ser más fuerte que cualquier enfermedad.
San Juan de Aragón abrazó al ídolo
Fue en esos años cuando San Juan de Aragón abrazó al ídolo. El entonces Teatro Mario Moreno Cantinflas, ubicado sobre la avenida José Loreto Fabela, entre el zoológico y el bosque, recibió en 1978 a Rigo Tovar y su Costa Azul. Nadie sospechaba que aquella presentación terminaría convirtiéndose en una leyenda para los vecinos del barrio y en el preludio de los conciertos multitudinarios que más tarde consolidarían a Rigo como un fenómeno sin precedentes.
Desde muy temprano comenzaron a llegar familias completas. Algunos caminaban desde colonias cercanas; otros viajaban durante horas con tal de verlo, aunque fuera unos minutos. Los vendedores ambulantes apenas encontraban espacio para avanzar entre la multitud y las filas parecían extenderse hasta perderse de vista.
Había una emoción difícil de describir, esa que sólo aparece cuando un artista deja de pertenecer a la industria musical para convertirse en parte de la vida de la gente: Rigo era como un amigo, como un hermano. Entonces apareció en el escenario. La multitud estalló en un solo grito. Rigo vestía zapatos blancos de tacón alto, un traje rojo y un chaleco negro que, al darle la espalda al público, dejaba ver una gran estrella cubierta de brillantes con la leyenda “Rigo es Amor”.
Había canciones para trabajar, para enamorarse, para olvidar las preocupaciones y, sobre todo, para bailar. Entre todas ellas sobresalía una voz que parecía hablarle directamente al pueblo: la de Rigo.
La multitud era tan numerosa que hubo personas que se desmayaron entre los empujones y el calor. Los cuerpos de auxilio trabajaban sin descanso mientras padres angustiados buscaban a sus hijos, perdidos durante algunos minutos entre aquel océano de asistentes. Desde el aire, helicópteros grababan el movimiento de una concentración pocas veces vista en esa zona de la ciudad, que años después fueron presentados en el documental Rigo, una confesión total (1979).

Cuando terminó el concierto, nadie imaginó que aquella tarde seguiría contándose muchos años después. No quedaron únicamente las canciones. Permanecieron las lágrimas, los abrazos, las historias de quienes encontraron a sus hijos entre la multitud, los aplausos interminables y el recuerdo de un hombre que, aun con la vista casi apagada, logró mirar más lejos que muchos otros artistas.
Porque Rigo Tovar nunca cantó solamente para llenar un escenario. Cantó para un pueblo entero, chilango, que hizo de sus canciones parte de su propia historia. Cuando alguien pregunta si la gente todavía se acuerda de él, la respuesta continúa llegando desde el barrio de San Juan de Aragón, donde aún suenan sus melodías: sí, Rigo nunca se fue; simplemente aprendió a quedarse en la memoria y el corazón.
