El regreso a los soportes materiales tiene, sí, una porción de nostalgia: la misma que le acaece a cada generación, la inherente al ser humano, siempre insatisfecho, la de voltear al pasado en busca de paraíso; aquella con la que todo tipo de industria, gracias a cálculos muy precisos, lucra.

El mercado de la nostalgia / elogio del mixtape


Lado A

En la palabra “nostalgia” habita la casa. La usamos de manera amplia para referirnos a aquello a lo que no se puede volver (en primer lugar: el pasado), pero en su etimología se une la noción del retorno (“nostos”) al dolor (“algia”) que causa estar lejos o no poder regresar al hogar o lugar de origen. La nostalgia puede ser algo muy distinto para un niño que por primera vez duerme sin la cercanía de sus padres, que para un joven que se muda a la capital para continuar sus estudios o alguien que migra a otro país contra su voluntad.

Pero todos hemos sentido alguna vez esa especie de cuenco amargo en la boca del estómago que, un día, se derrama y nos llena de frío las entrañas. Todos hemos sentido también cómo baja esa marea y todo deja de ser tan áspero cuando escuchamos la voz de alguien a quien extrañamos, una palabra en nuestra lengua materna en un lugar extranjero, una canción que pasó de moda hace años. Cuando vemos un rostro conocido entre la multitud anónima. 

La nostalgia —y el retorno al hogar— han sido el centro de incontables obras artísticas, desde las más arcaicas hasta el presente (baste como recordatorio la más reciente adaptación cinematográfica de la Odisea). No es raro que también se haya buscado capitalizar ese poder innegable con propósitos puramente comerciales.

Regalar un mixtape es muy cercano a escribir una carta, pero el código no es tan claro y sólo queda esperar —a veces sólo a medias— que el destinatario lo interprete de manera correcta.

Los caminos de la oferta y la demanda son misteriosos. Para comienzos del 2000 nadie pensaba que el casete fuera a sobrevivir el auge del CD y la obsesión por llevar al límite la relación eficiente entre capacidad de almacenamiento, portabilidad y tamaño, que llegó al absurdo del minidisc (una vía de la evolución que quedó trunca: una quimera). Pero una oleada de nostalgia comenzó a filtrarse hasta que, a inicios de la década de 2020, conforme dejábamos atrás los flats y los skinny jeans, la imagen del casete, esa cajita transparente con una cinta magnética enrollada en dos carretes, empezó a convertirse en símbolo de algo más. No sólo una manera más barata de difundir y adquirir música, ni un formato con sus conocidas fallas (algo que una pluma Bic podía resolver) y una calidad de audio mediocre.

En 2017, Taylor Swift sacó su álbum Reputation en casete, además de los formatos físicos más consagrados (en vinilo y, por alguna razón que aún no comprendo, en CD) y en plataformas de streaming. La siguieron Billie Eilish, Dua Lipa, Olivia Rodrigo… Y el negocio de las cintas magnéticas remontó. Como souvenir de concierto, como un extraño objeto de culto, muchos jóvenes los adquieren sin tener siquiera dónde escucharlos. ¿Una añoranza de otro tiempo menos vertiginoso, menos saturado de información, menos cercano al colapso?, ¿mejor?

El regreso a los soportes materiales tiene, sí, una porción de nostalgia: la misma que le acaece a cada generación, la inherente al ser humano, siempre insatisfecho, la de voltear al pasado en busca de paraísos. Aquella con la que todo tipo de industria, gracias a cálculos muy precisos —qué generación tiene ahora la edad y holgura para gastar su dinero en recuperar su infancia o juventud a través del consumo— lucra.

Pero el fetichismo que rodea actualmente a objetos como el casete tiene algo particular: son medios que ofrecen la posibilidad de anclarnos en el cuerpo, en un transcurrir más lento, lineal, con menos opciones y una sola tarea. Las cosas que alguna vez llegamos a odiar del casete (por ejemplo, no poder encontrar dónde comenzaba la siguiente canción sin hacer varios intentos con el botón de fast forward), ahora tienen un atractivo; son casi una terapia de rehabilitación de nuestra —ínfima— capacidad de concentración.

La película más reciente de Wim Wenders, Perfect Days (2023), transmite de manera impecable la paciencia que requieren los soportes análogos: fotografías impresas (tomadas con película fotográfica y reveladas químicamente), libros tangibles, casetes, y no sólo eso, sino la selectividad que implican; el quedarse con poco, por una razón muy sencilla y obvia: porque ocupan espacio. En esa labor, minuciosa, amorosa, lo que resalta es la satisfacción que le reditúan al protagonista. Y en el espectador nace la necesidad de volver ahí, aunque nunca se haya estado en ese lugar.

Lado B

Los casetes no sólo contienen una cinta de decenas de metros, que en su tono café oscuro —que ahora me aparece tornasolado—, opaco en su misterio químico, codifica el sonido. También fueron un terreno fértil para la expresión individual. Por primera vez, ofrecieron una manera casera y barata de grabar cualquier cosa: otras generaciones la usaron como transición del vinilo a un formato más portátil o para hacerse de canciones que sólo pasaban en la radio; la mía usualmente la aprovechó para copiar un CD difícil de conseguir o demasiado caro, hacer un mixtape, e incluso registrar tu propia voz (la mía y la de mis amigas jugando a ser locutoras; o una carta hablada, desde la lejana tierra de las vacaciones).

O grabar de casete a casete, lo que requería un equipo de sonido bastante más serio y mucha precisión: primero había que dejar pasar la parte transparente de la cinta, luego estar atenta para apretar simultáneamente play, en un lado, y record en el otro; y estar lista para el momento de corte, para pasar de una canción a otra, o del lado A al lado B. Quizá absurdamente sentías que había que guardar silencio, como si tus palabras, incluso tu respiración se fueran a colar en la grabación. 

(¿Por qué me detengo a describir paso por paso un acto que en su momento no pasaba de ser anodino y fastidioso? Por nostalgia, seguramente. Para recrear un tiempo que se siente mítico. Para dejar un registro arqueológico de gestos y secuencias que ya no tendrán que aprender nuevos cuerpos).

Regalar un mixtape es muy cercano a escribir una carta, pero el código no es tan claro y sólo queda esperar —a veces sólo a medias— que el destinatario lo interprete de manera correcta. Servía para compartir gustos, estados de ánimo, letras que, por ser parte del mundo “ficticio” de la canción, podían o no referirse a ti, podían o no ser un mensaje para el otro.

Según la personalidad de cada quien, un mixtape era resultado de una planeación y selección cuidadosas, que hacía convivir una serie de tracks por afinidad o por contraste —he ahí el lenguaje a descifrar—; por tema, estilo, fecha o mood; o de una —casi— arbitrariedad. Podía venir de una petición específica —cumpliendo su principal cometido: la piratería—.

Podían ser también cartas a una misma, pensadas como compañía o soundtrack para diversas actividades. Al final de mi niñez, disfruté mucho del Walkman Sony —azul metálico con detalles anaranjados— de mi papá, en los pocos momentos a solas que una infancia urbana provee. 

En la palabra “nostalgia” habita la casa. La usamos de manera amplia para referirnos a aquello a lo que no se puede volver (en primer lugar: el pasado), pero en su etimología se une la noción del retorno (“nostos”) al dolor (“algia”) que causa estar lejos o no poder regresar al hogar o lugar de origen.

Pero desplazarse por la ciudad en coche fue una de las actividades cotidianas por excelencia: mi mamá al volante, mi hermano y yo alternando como copilotos. En una camioneta Chevrolet bicolor —blanco con, curiosamente, el mismo azul metálico que el Walkman—, escuchamos sin descanso un casete que contenía dos producciones casi íntegras, una por lado: Days of Open Hand, de Suzanne Vega y Shooting Rubberbands at the Stars de Edie Brickell & New Bohemians. Un regalo que su amiga Maru le había hecho a mi mamá, ahora pienso, bajo el criterio de compartir afinidades (¿un lenguaje secreto?), una estética que sutilmente también tenían en común las dos cantantes, aunque cada una en su vertiente.

Ese regalo significó mucho más para mí de lo que ninguna anticipó. Me demostró que había cantantes que eran, además, letristas brillantes, que creaban mundos paralelos en sus canciones, que en un álbum podían narrar historias ficticias o contar sus propias preocupaciones, que conseguían llegar a cada nota con una voz dulce, al parecer despreocupada pero virtuosa.

Suzanne Vega, con sus dramáticos cambios de look, metida en personaje para cada disco, y Edie Brickell, con sus jeans deslavados, un suéter gigante y una cabellera salvaje, eran frontwomen en todo aspecto. Y esto giraba, para mí, en torno a tener la voz y la palabra. Antes de leer a escritoras que me sirvieran de modelo a seguir, creo que fueron cantantes como ellas las que me dieron esa posibilidad –y, por supuesto, mi madre–. 

La nostalgia es canija, también hay que decirlo: así como me permite pasar por alto lo curioso que puede sonar hoy en día el efecto del autowah en el solo de guitarra en el hit del álbum de Brickell (“What I am”), me hace olvidar lo difícil que fue para las mujeres abrirse camino en el medio musical, incluso en los noventa, que ahora idealizamos.


Aurelia Cortés Peyron