Cuenta que solía jugar en el viejo pórtico de la casa de sus padres en un pueblo llamado Pittman Center en Estados Unidos. La vivienda, humilde, se encontraba perdida entre árboles. Era una niña entonces y clavaba una vara de tabaco en una grieta de la tierra para colocarle una lata vacía en la punta. Ahí lo tenía: su micrófono. Y frente a éste cantaba, imaginando que lo hacía en el escenario del Grand Ole Opry, aunque delante de ella no hubiera más que gallinas, patos y cerdos.
Aquello ocurrió a mediados del siglo pasado y el nombre de esa niña era Dolly Rebecca Parton, quien finalmente cumpliría su sueño con creces. “Fue un largo camino de las colinas de Tennessee a las de Hollywood —llegó a decir— y claro que me divertí”.
Vaya que sí, esa mujer se la pasó bien. Cómo no hacerlo cuando se calcula que amasaste una fortuna de cuatrocientos cincuenta millones de dólares en tu cuenta bancaria; una cantidad ganada a pulso de canciones, hay que decir, pues se sabe que escribió a lo largo de su vida cerca de tres mil melodías, composiciones coreadas por multitudes durante décadas, marcando así rasgos generacionales.
Dollywood y la pistola en el bolso
Entre ellas, por ejemplo, se encuentra “I Will Always Love You”, popularizada en su día por Whitney Houston. “Me ha hecho ganar muchísimo dinero”, dijo alguna vez la autora de la versión que Whitney hizo de tal tema para la película The bodyguard. Una tonada de alcance monstruoso; sin duda una de las más populares de la historia del pop… y pensar que Elvis estuvo a punto de hacerla suya.
Dolly Parton debutó como solista en 1967 con Hello, I’m Dolly. Aquel álbum abre con un tema escrito por Curly Putman, “Dumb Blonde”, cosa rara pues la rubia —que nada de tonta tuvo, que se subraye—, regularmente interpretaba sus propias composiciones. En fin, que aquella canción alcanzó a colarse en las listas de música country llamando la atención de Porter Wagoner, quien ese mismo año invitó a Dolly a convertirse en la coanfitriona del programa televisivo que comandaba, The Porter Wagoner Show. Y lo primero que hizo la de Tennessee al aparecer frente a las cámaras fue cantar “Dumb Blonde”, precisamente. Tras esto, aquella pareja grabaría una docena de discos hasta 1974, cuando separaron sus caminos y ella se despidió escribiéndole a su mentor “I Will Always Love You”.
Curiosamente, otra de las composiciones millonarias de Parton fue creada la misma tarde en que “I Will Always Love You” alcanzó forma: “Jolene”. En ésta, cierta mujer se queja porque no quiere que le roben a su marido. La cosa es que se trata de un asunto autobiográfico, pues la cantante dudaba de una pelirroja que rondaba a su esposo, el único hombre de toda su vida: Carl Thomas Dean, con quien se casó en 1966 para no separarse hasta la muerte de él, en 2025. Es cierto que vagamente se les veía juntos en público, y ella contaba que justo en ello radicaba el secreto de su longevidad como pareja, en mantenerlo lejos de los reflectores. “Jolene” cuenta con versiones de polarizado perfil por parte de The White Stripes y The Sisters of Mercy, por un lado, hasta llegar a los terrenos de Miley Cyrus y Olivia Newton-John.
“Cargo una pistola en mi bolso y aún puedo convertir un gallo en gallina de un disparo”.
Con alrededor de cincuenta álbumes grabados, cuesta trabajo hallarle un contendiente decente a la llamada reina del country. Acaso Taylor Swift o Reba McEntire competerían. La de “9 to 5” farmeó aura desde siempre, lo que hizo que le llevara ventaja a muchos gracias a su carisma. “Se sorprenderían de lo caro que resulta parecer así de barata”, decía sobre su manera de vestir; respecto a sus pelucas, a pesar de jamás haberlas contado, calculaba tener “al menos trescientos sesenta y cinco, porque uso una casi todos los días”. Sus pechos, talla 40DD, terminaron dándole lata en 2008, cuando tuvo que posponer una gira por el dolor de espalda que estos le generaban; “hay un corazón debajo de estas tetas y un cerebro debajo de la peluca”, advirtió sobre tales temas. En su carril, la ciencia acabaría homenajeando el eco titánico de sus latidos al llamar Dolly a aquella célebre oveja clonada.
“La verdad es que no soy más que como cualquier chica de al lado… siempre y cuando tengas como vecino un parque de atracciones”. Esta sentencia lanzada por la también filántropa, más allá de la ironía, contiene mucho de realidad, pues Parton construyó su propio parque temático, Dollywood, en 1986. En ese sitio, actualmente no sólo existen montañas rusas y ruedas de la fortuna, un hotel y un parque acuático, sino una réplica fiel de la casa donde la cantante vivió su infancia y una caja fuerte en cuyo interior se encuentra una canción que podrá ser escuchada hasta 2046, cuando habría cumplido cien años.
Sí, desde niña soñaba con tener su propia feria, aunque llegó a confesar que jamás se subió a un solo juego, pues padecía “tendencia a marearme”. El vértigo de la fama, sin embargo, ni cosquillas le hacía. Con sus tacones de doce centímetros y las uñas largas como navajas, se asumía como un arma letal andante. “Cargo una pistola en mi bolso y aún puedo convertir un gallo en gallina de un disparo”, amenazaba de pronto.
Música country con eco universal
Dicen que Dolly Parton no usaba teléfono celular, que prefería comunicarse vía fax y que se le ponían los pelos de punta si no le contestaban por ese medio. Polly Darton fue el nombre de su personaje en Plaza Sésamo, tiene una estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood y también forma parte del Rock & Roll Hall of Fame.
Astuta, conservó todos los derechos de sus canciones y a la fecha había vendido cerca de cien millones de discos. De esas ganancias, mucho se sigue yendo a organizaciones benéficas. Imbatible más allá de su muerte, sucedida hace apenas unas semanas, cuando contaba con ochenta años de edad, los planes de poner a la venta su propia línea de café, hacer una película y una serie documental y hasta diseñar una suerte de holograma para un espectáculo en Nashville, siguen en pie. “Todavía hay muchas cosas que quiero hacer”, alcanzó a aceptar antes de fallecer.
Su padre Robert tuvo quince hermanos; su madre, Avie, diez. Dolly se rodeó de once hermanos. Era una familia tan numerosa como pobre, tanto que cuando había una emergencia médica la única forma que tenía de pagarle la consulta al doctor era con harina. En “My Tennessee Mountain Home” la rubia habla de cómo fue eso, lo de vivir entre grillos que cantan con el dulce viento veraniego, aquello de pasar las tardes persiguiendo luciérnagas y jugando con escarabajos, siempre al lado de sus hermanos, desde el viejo pórtico de la casa de sus padres.
Dolly Parton, sin embargo, nunca tuvo hijos. A saber quién administrará los más de cuatrocientos millones de dólares que amasó, así, a punta de canciones. Esos temas cuyo pulso sigue llegando más allá del sur de Estados Unidos, llevando la música country a un eco de calibre universal.
