Más de tres décadas nos separan de 1990. Ese año hubo un concierto pequeño, pero trascendental para los melómanos de la Ciudad de México. Eran otros tiempos. No existían Ocesa ni Ticketmaster. De hecho, no había conciertos masivos. No al menos de grupos de rock. Por ello, enterarse que David Byrne visitaba el entonces Distrito Federal era muy emocionante. Yo tenía apenas quince años, y si bien no era su fan y apenas conocía un poco de su obra, sí sabía quiénes eran los Talking Heads.
Con los años entendería la dimensión de su leyenda, conocería sus discos y los apreciaría aún más (hoy son parte de mis bandas indispensables). En ese entonces, incluso con todo lo que desconocía, sabía perfectamente que eran los artífices de uno de los momentos más climáticos de las fiestas a las que iba con mis amigos: las primeras notas de “Psycho Killer”.
No era difícil sentirse identificado con los Talking Heads sin ser fan. La banda neoyorquina me hacía sentir que las personas sencillas y ordinarias —incluso ñoñas— también podían ser punks, misteriosas e interesantes. Yo estaba recién desempacado de la secundaria pública; tenía el pelo corto y no contaba con el arrojo o la rebeldía necesaria para andar con un mohawk, con un peinado como los Ramones o los Cure, o los ojos pintados y la chamarra de cuero con estoperoles.
David Byrne ha construido, y de manera minuciosa, una trayectoria fecunda y amplia. Su punto de partida fue el punk y la new wave de la escena neoyorquina, al que incorporó funk, música africana y polirritmos, y posteriormente desarrolló una relación extensa con la música latinoamericana y caribeña.
En ese tiempo, ver una y otra vez un VHS con el video de “Once in a Lifetime” me parecía muy divertido y fascinante. Incluso hipnótico. Sí, uno se reía al ver a David Byrne vestido como un oficinista, caminando y haciendo movimientos raros y espasmódicos bañado en sudor, con un gesto de angustia y solemnidad, pero al mismo tiempo daban ganas de imitarlo y bailar exactamente así. De hecho, era irresistible. Y de nuevo, con el tiempo y más curiosidad pude entender lo genial de esa crítica, de ese dilema existencial, que en un primer momento sólo me invitaba a bailar arrítmicamente sin sentir culpa por ello.
Como otros chicos de mi generación, sin saberlo, estaba siendo felizmente hackeado. Y es que detrás de esa ironía, de esa teatralidad casi fársica, estaban varias mentes maestras: el mismo Byrne y sus compañeros de banda: Tina Weymouth —una bajista a quien la historia nunca le hará justicia, por reconocida que sea—, Chris Frantz y Jerry Harrison, además de uno de los productores más vanguardistas de entonces y de siempre: Brian Eno. Y todas estas mentes maestras parecían tener un solo propósito: hacer “música aterradora y divertida con la que puedes bailar y pensar, pensar y bailar, bailar y pensar, ad infinitum”, como lo dijera Ken Tucker, crítico de la Rolling Stone en su reseña de Remain in Light. Talking Heads, para los chicos mexicanos de finales de los ochenta y principios de los noventa, eran emocionantes musical e intelectualmente hablando, aun cuando apenas conocías un espectro musical alejado del mainstream.
Rei Momo en el Distrito Federal
Aquel recital de mayo de 1990 sucedió y pude asistir. De hecho fue mi primer concierto en la vida. Uno de mis primos consiguió los boletos en una dinámica de la estación de radio Rock 101 y así llegamos al Teatro Ángela Peralta, listos para entregarnos a nuestra primera experiencia de ver rock en vivo.
Sin embargo, la vida nos deparó algunas sorpresas. La primera: el show era en un recinto al aire libre, en un jardín de Polanco, donde cayó una tromba descomunal. Los asistentes ahí nos quedamos parados bajo la lluvia sin saber qué hacer más que esperar. La segunda, y más importante: el concierto de rock, no fue de rock. Sí, sabíamos que Byrne no venía con los Talking Heads, pero no estábamos preparados para ver a una orquesta en la que todos los músicos vestían de un blanco impecable y tropical, a la usanza de la religión candomblé y la santería.
La gira era la de Rei Momo, su primer gran proyecto solista tras la disolución de Talking Heads. Y aunque el concierto estaba dedicado a presentar ese nuevo repertorio, arrancó con “Once in a Lifetime” y después aparecieron “Papa Legba”, “Psycho Killer” y “Burning Down the House”, para, ya después, entrar en materia.

Rei Momo es el momento en que David Byrne deja de mirar la música latinoamericana desde la distancia y decide meterse de lleno en ella, sin miedo al éxito. Después de años escuchando y bailando salsa en los clubes de Nueva York, reunió a una extraordinaria banda de músicos latinoamericanos y brasileños para construir un disco que recorre samba, merengue, cumbia, mambo, bolero, salsa y charanga, y que cuenta con la participación de talentos como Milton Cardona, Andy González, Johnny Pacheco, Willie Colón, Celia Cruz y Ángel Fernández, figuras de salsa neoyorquina, la música brasileña y las grandes orquestas latinas.
Pero Byrne no intentó apropiarse de esas músicas ni desaparecer dentro de ellas. Tampoco pretendía convertirse en un cantante latino. Hizo algo mucho más interesante: alimentarse de lo que lo seducía culturalmente, aprender sus códigos e incorporarlos a su propio lenguaje. En Rei Momo , los ritmos, las percusiones y las estructuras musicales no funcionaban como un disfraz exótico, ni como impostura, sino como nuevos elementos dentro de una sensibilidad que ya venía trabajando y reinventándose todo el tiempo. Su voz, sus melodías, su sentido del humor y esa mirada entre irónica y desconcertada continuaban reconocibles. Byrne no dejó de ser Byrne porque descubriera otras músicas; su música mutó en otra porque esas músicas lo encaminaron a eso. Así fue entonces y así ha sido siempre.
El resultado es luminoso, bailable y profundamente físico, pero también conserva esa extraña mezcla de inteligencia, humor y neurosis que ya estaba en Talking Heads (en “Nothing But Flowers”, por ejemplo). Quizá Rei Momo no tenga la radicalidad de Remain in Light, pero sí representa algo fundamental en la trayectoria de Byrne: entender que la curiosidad musical no consiste en coleccionar sonidos ajenos, sino en dejar que otras culturas transformen tu propia manera de entender y hacer música; que la música más que de fronteras, conoce de cauces.
Rei Momo sigue funcionando igual de bien: primero te invita a bailar y, después, te hace preguntarte de dónde viene todo aquello. Por supuesto esto lo pienso ahora, en ese momento sólo me dejé llevar ante algo que me parecía extraño y placentero.
De Ryūichi Sakamoto a Café Tacvba
David Byrne ha construido, y de manera minuciosa, una trayectoria fecunda y amplia. Su punto de partida fue el punk y la new wave de la escena neoyorquina, al que incorporó funk, música africana y polirritmos, y posteriormente desarrolló una relación extensa con la música latinoamericana y caribeña. Pero también con música orquestal, música de teatro, electrónica, dance-pop y gospel.
Sus composiciones para cine y teatro ampliaron todavía más ese campo: trabajó con orquesta para The Forest, con Twyla Tharp en The Catherine Wheel, con Robert Wilson en proyectos teatrales y coronó estas participaciones con Ryūichi Sakamoto y Cong Su en The Last Emperor. Toda colaboración suya dio la impresión de ser obvia y natural, algo que tenía que suceder.
En esa misma época, particularmente en 1988, fundó Luaka Bop, sello discográfico neoyorquino concebido inicialmente para publicar y difundir música que consideraba poco accesible para el público estadounidense, especialmente brasileña, africana, latinoamericana, caribeña y asiática. Artistas como Tom Zé, Os Mutantes, Susana Baca, Shoukichi Kina, King Changó, Los Amigos Invisibles, Zap Mama, William Onyeabor, Tim Maia, Pharoah Sanders, Alice Coltrane, Moreno Veloso, Si*Sé, entre muchos otros, han sido parte de su catálogo. No produjo necesariamente los discos de estos artistas —en algunos casos fue productor ejecutivo y en otros simplemente compiló, reeditó o impulsó sus trabajos—, pero sí fue la figura central de la orientación curatorial del sello.
Entre sus experiencias donde sí fue específicamente productor musical aparecen, por ejemplo, Mesopotamia de The B-52’s (álbum atípico de los B-52’s, pero no por eso menos fascinante que sus discos icónicos), Waiting de Fun Boy Three y Elegibô de Margareth Menezes. Y bueno, en sus colaboraciones podemos encontrar a los ya mencionados Brian Eno, Ryūichi Sakamoto y Celia Cruz, pero también a Selena, Café Tacvba, Caetano Veloso, Fatboy Slim, St. Vincent, X-Press 2 y Natalia Lafourcade.
Who Is the Sky? en la Ciudad de México
Actualmente Byrne se encuentra realizando la gira Who Is the Sky?, asociada a su álbum homónimo. El espectáculo, que es un híbrido entre concierto, performance, instalación y coreografía, está concebido por alrededor de trece músicos, cantantes y bailarines (todos uniformados), moviéndose continuamente por el escenario. La puesta en escena utiliza pantallas y diferentes ambientes, incorporando visuales y elementos de danza, teatro y coreografía. Byrne ha señalado la influencia de la coreógrafa alemana Pina Bausch en la concepción del espectáculo.
Varias presentaciones de este concierto, realizadas en Baltimore, fueron filmadas en formato de 70 mm por Brady Corbet, director de The Brutalist, para un futuro largometraje, cuyo estreno todavía no tiene fecha anunciada. Esto es particularmente emocionante, si recordamos que en su época con Talking Heads, Stop Making Sense de Jonathan Demme se convirtió en una de las más grandes experiencias que conjugan cine, documental y conciertos.
Rei Momo es el momento en que David Byrne deja de mirar la música latinoamericana desde la distancia y decide meterse de lleno en ella, sin miedo al éxito. Después de años escuchando y bailando salsa en los clubes de Nueva York, reunió a una extraordinaria banda de músicos latinoamericanos y brasileños.
Dicho esto, el pasado sábado 5 de septiembre acudí al segundo de los conciertos de David Byrne en Ciudad de México. De nuevo fui con mis primos y de nuevo fui gratamente sorprendido por un artista que, después de tantos años, sigue vigente. El espectáculo se desarrolla con una precisión asombrosa. Da la impresión de que cada acción está cronometrada, ensayada y repetida miles de veces para no dejar espacio al mínimo error. Y, sin embargo, todo parece familiar y natural, como algo que simplemente es como se pensó que fuera.
Cada movimiento, cada sonido, cada imagen y cada cuerpo ocupa exactamente el lugar que debe. Mientras lo veía, pensé que quizá eso era lo que había estado viendo —o escuchando— desde aquella primera noche de 1990: una mente intentando ordenar el mundo a través de la música y su entendimiento. Movimiento, humor, inteligencia y extrañeza. Como si el escenario fuera una proyección en 3D de la mente de Byrne. Un lugar donde todos amamos estar, aunque sea por un momento.
