Cuando hablamos del amor en el soul, nombres como Ray Charles, Al Green o Aretha Franklin vienen a la mente. Sin embargo, otros pasan desapercibidos a pesar de sus ingeniosas letras y su excepcional composición musical. Uno de esos casos es el de Darondo, de quien basta escuchar unos segundos de “Didn’t I” ―una de sus canciones más hermosas y reconocidas― para comprender por qué oyentes de todo el mundo consideran su música como una de las expresiones más honestas y conmovedoras del género.
La rocambolesca historia de Darondo no es sólo la del cantante que pasó desapercibido y fue redescubierto décadas más tarde, aunque hay algo de eso. Es en gran medida la de un hombre colmado de contradicciones: extravagante y sensible; presumido y vulnerable; rodeado de rumores sobre una vida de excesos, mientras escribía canciones que parecían confesiones íntimas sobre el miedo a amar y el miedo a perder.
Su peculiar manera de cantar, que pasaba constantemente de un tono grave a un falsete quebradizo, como si estuviera conteniendo las lágrimas, transmite una sensación de conversación con alguien que amas, mediante un fraseo que mezcla esperanza y miedo. Casi nunca desde la posición del hombre dominante; al contrario, sus personajes son inseguros, vulnerables y emocionalmente dependientes. Hay una sensación constante de que amar implica exponerse a perder, entregar demasiado o no ser suficiente.
Parte de la magia de Darondo es que mientras sus canciones hablaban de inseguridad emocional, él proyectó, desde sus inicios, una imagen completamente distinta.
Los primeros años de William Daron Pulliam
William Daron Pulliam nació en Berkeley, California, el 5 de octubre de 1946, en una época en la que la música afroamericana transformaba Estados Unidos. Su infancia estuvo marcada por el rhythm & blues; aprendió guitarra desde joven y comenzó tocando en grupos locales. Quienes lo conocieron recuerdan a un muchacho carismático, elegante y de personalidad magnética que, antes que cantante, parecía un personaje de película.
A finales de los sesenta disfrutaba llamar la atención en el Área de la Bahía por su forma de vestir: abrigos de piel, trajes hechos a la medida, lentes oscuros, enormes cadenas de oro, anillos, un cinturón con una hebilla metálica con su nombre, al volante de un Rolls-Royce blanco con bar incluido, una imagen que lo convirtió en una figura reconocible.
Aquel extravagante estilo alimentó durante años el rumor de que era un proxeneta. Nunca existieron pruebas que confirmaran esa versión y el propio Darondo la negó repetidamente, aunque tampoco parecía demasiado interesado en destruir el misterio.
El primer nacimiento y auge de Darondo
Existe una anécdota que resume su personalidad y que le dio el nombre artístico. Se dice que una camarera comenzó a llamarlo “Darondo” porque dejaba propinas exageradamente grandes, jugando con la palabra inglesa “dough”, término coloquial para referirse al dinero.
Fuera verdad o no, el apodo se convirtió en su identidad artística. Con el paso del tiempo comenzó a frecuentar músicos de la escena local de Berkeley y Oakland hasta que conoció al guitarrista Eddie Foster y al pianista y productor John “Al” Tanner. En 1970 grabó su primer sencillo como Darondo, “How I Got Over”, coescrito y producido por Tanner para el sello independiente Ocampo, que hizo eco en la programación de la estación local KSOL.
Darondo nunca llegó a convertirse en una superestrella. Nunca ganó premios importantes. Logró presentarse en festivales y conciertos íntimos donde su carisma y talento inundaban de admiración al público.
Esto llamó la atención del productor Ray Dobard de City Records, con quien firmó en 1973. El sello apoyaba a músicos afroamericanos de la Costa Oeste. Lejos de las grandes compañías de Detroit o Memphis, funcionaba con recursos limitados, pero permitía una libertad creativa que permitió editar algunos de los sencillos que con el tiempo serían considerados piezas fundamentales del soul independiente.
Ahí Darondo realizó su grabación más emblemática, “Didn’t I” (coescrita con Tanner también), que se convirtió en un éxito regional con treinta y cinco mil copias vendidas. También lanzó el tema funky “Legs” con el sello Af-Fa World de Oakland. Pero a mediados de la década se retiró de la música debido a disputas con Dobard por la distribución y las finanzas, y al deseo de alejarse del consumo excesivo de drogas.
A principios de los ochenta continuó su carrera como artista en programas de televisión por cable local. Se sabe que viajó por Europa, el Caribe y las Islas Fiyi, regresó a Berkeley y estudió fisioterapia. Para ese momento se convirtió en una especie de fantasma o mito y nadie sabía si aquel cantante de la década pasada seguía vivo o estaba muerto.

“Didn’t I”: cuando el soul se convierte en una confesión
Si existe una canción capaz de resumir el universo emocional de Darondo es la mencionada “Didn’t I”. Lejos de la rabia o el resentimiento, esta pieza parece el monólogo de un hombre que hace inventario de todo lo que entregó a una relación. Ni reclamos ni exigencias, simplemente una pregunta: “¿No hice todo por ti?”. Y en esa sencilla frase existe una vulnerabilidad pocas veces escuchada en el soul de aquellos años.
En “Didn’t I”, Darondo no canta como un hombre orgulloso, sino como alguien que teme no haber sido suficiente. Probablemente esa sea la razón por la que miles de personas se identifican con ella aún hoy. Por otro lado, durante décadas, “Didn’t I” fue la única referencia que coleccionistas, diggers y amantes del soul tenían de Darondo en el Área de la Bahía.
Uno de ellos era Justin Torres, un historiador de la música local y coleccionista de discos, quien cuenta cómo consiguió su copia de “Didn’t I” de un tipo en la calle 3 de San Francisco, mientras rebuscaba entre sus discos. “Nunca había visto ni oído hablar de Darondo. Cuando lo llevé a casa y lo escuché, me quedé impresionado. Era único, pero también era local, así que me emocioné muchísimo”. Entonces, Torres comenzó la búsqueda de aquel fantasma del soul. Preguntó incluso a DJ Shadow y a figuras reconocidas de la investigación musical como Dante Carfagna, sin suerte.
El segundo nacimiento y auge de Darondo

Como último intento, Justin Torres había recurrido a Whitepages.com, el directorio más grande de los Estados Unidos online, para llamar a todos los nombres registrados como William Daron Pulliam. Una mañana, mientras Torres se preparaba para almorzar, Darondo le devolvió la llamada directamente y hablaron, finalmente, durante horas.
Darondo lo invitó a su casa. Sacó su guitarra y, sentado en su sala, cantó “Didn’t I” con algo de esfuerzo. La voz interpretaba la pieza después de casi tres décadas y el mito se volvía real frente a los ojos de Torres. ¡Darondo estaba vivo! Llevaba una vida completamente distinta a la de la música, alejada de los focos y trabajando en el sector inmobiliario. Pero tenía la chispa, había encontrado cintas guardadas y estaba dispuesto a hacer música.
Torres le contó a Andrew Jarvis, A&R de Ubiquity Records, que lo había encontrado. Al igual que él, Jarvis era otro de los personajes que estaban interesados en aquel fantasma, mientras que por aquel entonces, varios DJs y coleccionistas europeos habían comenzado a rescatar sus viejas grabaciones, como Gilles Peterson, quien programó “Didn’t I” en su programa de radio de la BBC. Él y Jarvis estaban a punto de trabajar en su compilación Digs America para Luv N’Haight, serie de Ubiquity, cuyo primer track era aquel single.
Este encuentro de todos los involucrados en la búsqueda de Darondo permitió que una nueva generación descubriera una voz que llegaba desde otra época, pero que se sentía presente. Pocas historias dentro del soul tienen un desenlace tan hermoso: en 2005 se editó Let My People Go en Luv N’Haight con base en los másters que Darondo conservaba, los cuales completó en el estudio bajo la producción de Andrew.
Lo extraordinario es que el propio Darondo pudo vivir este renacimiento. Volvió a actuar, ofreció entrevistas y comprobó que sus canciones seguían emocionando al público. Regresó a los escenarios y en 2008 se presentó en South by Southwest (SXSW). Sus sesiones inéditas de Music City se publicaron bajo el título Listen to My Song en 2011.
El amor según Darondo
Darondo falleció en 2013 a los sesenta y siete años. Nunca llegó a convertirse en una superestrella. Nunca ganó premios importantes. Logró presentarse en festivales y conciertos íntimos donde su carisma y talento inundaban de admiración al público. No obstante, dejó algo mucho más difícil de conseguir: una obra pequeña, sincera y profundamente humana cuya admiración crece con cada generación.
Su peculiar manera de cantar, que pasaba constantemente de un tono grave a un falsete quebradizo, como si estuviera conteniendo las lágrimas, transmite una sensación de conversación con alguien que amas, mediante un fraseo que mezcla esperanza y miedo. Casi nunca desde la posición del hombre dominante; al contrario, sus personajes son inseguros, vulnerables y emocionalmente dependientes.
La vulnerabilidad con la que Darondo habla del amor no sólo lo distingue de otros artistas del soul, sino que también revela una de las virtudes detrás de su manera de entender los afectos. Quizá la mejor manera de entenderlo verdaderamente no sea analizando su biografía, sino escuchando atentamente sus canciones. En ellas el amor nunca aparece como una conquista: es una incertidumbre, una duda permanente, un miedo silencioso. Sus protagonistas entregan demasiado, esperan demasiado y sufren demasiado. Hablan del temor a no ser suficientes para la persona que aman, del vacío que deja la distancia y del dolor de descubrir que el amor no siempre devuelve lo que recibe.
Tal vez por eso Darondo sigue emocionando a quien lo escucha, porque, detrás del personaje extravagante que parecía un pimp del blaxploitation, existía un hombre que entendía una verdad universal: enamorarse es aceptar la posibilidad de salir herido. Y pocas voces en la historia del soul alguien ha cantado esa verdad con tanta honestidad.
