Al inicio de su presidencia, en 1940, Manuel Ávila Camacho impulsa una política de industrialización que acelerará la transformación económica de México. Le llaman el “Milagro Mexicano”. Ahí está el detalle, dice Cantinflas en su mejor película, estrenada ese año. Pocas personas tienen radio en casa. En la capital se ponen de moda los coches lujosos, las grandes orquestas de danzón y mambo en salones de baile y cabarets.
Gregorio Cárdenas Hernández, de veintisiete años, frecuenta los centros nocturnos y tugurios cercanos a la Facultad de Química de la UNAM, en el centro de la ciudad. Es un destacado estudiante cuya personalidad pueril oculta a un feminicida serial. El 7 de septiembre de 1942 es detenido por estrangular, en su estudio de la calle Mar del Norte 20, a cuatro mujeres que enterró en el jardín. Tres de ellas prostitutas adolescentes; la última, preparatoriana, amiga y pretendida sin éxito por Cárdenas. Apodado por la nota roja “El estrangulador de Tacuba” o “Goyito”, su psicopatía histriónica se ajusta a la tragicomedia explotada en la “Época de Oro” del cine. Goyo arrebata la atención mediática a las celebridades y se convierte en el primer ícono pop de la modernidad mexicana.
Surgen y se consolidan big bands que exploran el jazz. Con su imagen y caló de pachuco, Tin Tan llega al estrellato como artista contracultural versátil, acompañado por su carnal Marcelo en la guitarra. En su película Músico, poeta y loco (1948) y presentándose en vivo, canta a ritmo de swing y bebop e improvisa scat, acompañado de orquestas como la de Luis Arcaraz. Ese mismo año, Cecilio Morán Arroyo, de diecisiete años, y su padre, Genaro, migran al Distrito Federal. Ambos son trompetistas originarios de Concordia, Sinaloa.

A los doce años, Chilo ya era primera trompeta en la orquesta de su padre, quien además fue su maestro de instrumento. En la ciudad, Chilo estudia en la Escuela Libre de Música y trabaja en diferentes oficios para pagarse los estudios. Le gusta la capital, es chila y sordinera al anochecer: tiene la síncopa melancólica del bolero y el swing erotizado del mambo y el danzón. El joven absorbe todo para que su trompeta suene con un feeling único. La década siguiente lo transforma radicalmente.
En el DF aumenta la circulación de autos y la migración proveniente del campo. Surgen edificios de más de tres pisos. La capital es un ejemplo de cosmopolitismo. Nace lo que será la dictadura perfecta. El gobierno contrarresta la influencia de la cultura popular gringa en la emergente sociedad e impulsa un nacionalismo que engrandece la identidad: agaves, indios dignos, charritos llorones, muralismo, Pedro Páramo, cine “de oro”, música vernácula. La capital es un crisol. Abundan espacios de diversión para todos los gustos y bolsillos. Pulquerías y cantinas, cafés abiertos hasta la madrugada.
La noche invita al destrampe, a los excesos, sin las apariencias que exige el día. Las marquesinas luminosas de teatros, cines, cabarets, burlesques y salones de baile anuncian artistas nacionales e internacionales, orquestas y cantantes en vivo. En calles penumbrosas los tugurios para todo nivel social prolongan el destrampe hasta el amanecer. Someterse a los bajos fondos consolida la modernidad folclorista, donde la delincuencia espectacular crece a la par de la represión gubernamental.
El trompetista de una ciudad poética y despiadada
En 1954, Chilo Morán se integra a la orquesta de Dámaso Pérez Prado y graba su primera improvisación ad libitum (a placer, a voluntad) que lo vuelve célebre: “Pianolo”. Viaja con el “Rey del Mambo” en una gira por varios países de Europa. Visita clubes de jazz y descubre su pasión.
A su regreso en 1956 organiza su primera banda de jazz. Participa en uno de los primeros sencillos de rocanrol grabados en México: “El relojito”, adaptación de “Rock Around the Clock”, de Bill Haley & His Comets, con la voz en español de la chicana Gloria Ríos, acompañada por el grupo de su esposo, el pianista Mario Patrón. Ese mismo año nombran a Chilo director y primera trompeta en la orquesta de Agustín Lara. Y se asocia con su padre para abrir el Rigus, jazz bar ubicado en Insurgentes Sur, a la altura del Parque Hundido.
Durante un tiempo, el Rigus Bar se atiborra. Tocan los mejores jazzistas del país: Víctor Ruiz Pazos, Mario Patrón y Tino Contreras, entre muchos otros. El combo de Chilo cierra su presentación con “El hombre del brazo de oro”, tema de la película de 1957 basada en la novela de Nelson Algren, dirigida por Otto Preminger y protagonizada por Frank Sinatra. Tino Contreras despide al público con un solo de batería espectacular que homenajea una narrativa urbana, despiadada y poética que tiene equidistancias con la capital mexicana.
Durante los sexenios de Adolfo Ruiz Cortines, Adolfo López Mateos y Gustavo Díaz Ordaz, respectivamente, Ernesto P. Uruchurtu aplica una doble moral contra la ciudadanía y la vida nocturna como jefe del Departamento del Distrito Federal. Todo ello bajo el pretexto de acabar con el libertinaje y la subversión. Reglamenta la vida nocturna, censura, restringe horarios y clausura a su antojo espacios de entretenimiento. La cursilería alcoholizada se apodera de la cultura popular para reforzar la propaganda ideológica nacionalista. Las expresiones sociales y artísticas independientes o críticas del sistema son criminalizadas.
Pese a todo, a inicios de los sesenta Chilo Morán dirige el primer grupo de jazz que toca en el Palacio de Bellas Artes. En 1967 emprende giras a Las Vegas, San Francisco, Chicago y Nueva York. La masacre estudiantil de Tlatelolco en 1968 abre paso a una contracultura folclorista y medio izquierdosa que, a la vez, idolatra a la cultura pop gringa. La promueven jóvenes de clase media alta relacionados con las figuras nacientes del cine y el teatro. Poco después, Televicentro, o sea Televisa, absorbe buena parte de ese movimiento.
El rocanrol mexicano, refritero y fresa de sus inicios, se suelta la greña en 1971 y lo tuza el gobierno. Hay una redada policiaca en una residencia de las Lomas donde dos hermanos organizaron una fiesta para “jipitecas”, “degenerados” y “mariguanos”. Asisten Olga Breeskin, Alejandro Jodorowsky, José Alonso, Isela Vega y Jorge Luke, entre otros personajes de la farándula. El festival de Avándaro, celebrado los días 11 y 12 de septiembre, provoca una quema de brujas y la juventud rockera lo convierte en su sobado martirologio generacional.
Chilo Morán, un cat del jazz mexicano

Sin embargo, el jazz está presente en bares y cafés que comienzan a multiplicarse en las colonias céntricas de la ciudad. No deja de ser una extravagancia para una élite esnob, sobre todo universitaria, que se identifica con el existencialismo francés y la contracultura que toma forma en Estados Unidos.
“El jazz no da para comer, mucho menos para sostener un proyecto de este tipo”, diría Chilo decepcionado por el cierre de su club. Pese a todo, su trompeta suena como fondo de la capital disidente, en las orquestas de Henry Mancini, Paul Mauriat, Sergio Méndez, Juan García Esquivel, Jerry Lewis y Frank Sinatra.
Chilo Morán es un cat de jazz; uno que hace honor al mote. Se convierte en un referente fundamental en la historia de la música contemporánea mexicana. Su talento innovador abarca cinco décadas de actividad constante, registrada en una discografía como solista y junto a artistas nacionales de primer nivel. Interpreta temas propios y ajenos con arreglos de go-go, bossa nova y rocanrol. En su versión en ska de la balada “La mentira”, Chilo se adelanta con su feeling a las bandas mexicanas que muchos años después comenzarían a tocar ese ritmo.
Como músico y arreglista, Chilo aporta gracias a su larga experiencia en vivo y en estudio, una particular elegancia melódica a la balada mexicana de los setenta y ochenta en las orquestas de José José y Emmanuel, entre otras. En 1991 comparte escenario en el foro Arcano en un encuentro legendario con Wynton Marsalis y Héctor Infanzón en el teclado. Esa noche Marsalis escapa de un evento donde recibiría un reconocimiento de la embajada de Estados Unidos para dar un palomazo al lado del sinaloense.
A partir de esa época, el jazz mexicano comienza a adaptarse a la profilaxis social para atraer públicos nuevos, siempre minoritarios. Hoy se oye cada vez más en vivo en espacios institucionales y ambientando bares mal llamados speakeasies con mixología light.
Cecilio Morán falleció a los sesenta y ocho años en marzo de 1999. Su obituario podría llevar las palabras con sordina de Marsalis sobre el sinaloense: “Así se toca el jazz, con fuego, con alma, sin alardes; no es tanto de virtuosismo, sino de corazón, así como lo toca Chilo”.
Discografía:
Rock en México (Chilo Morán y su quinteto, 1960).
Jazz (Chilo Morán presenta, 1964).
Trompeta psicodélica (Chilo Morán y su quinteto, 1968).
Navidad 78 (colaboración con Paulina Peña, 1978).
Chilo Morán y su grupo (también conocido por su tema principal, “Montreal”, 1983).
Our Best Memories (1993).
Favoritos mexicanos (Chilo Morán / Leonardo Costa, 1993).
Chilo Morán y sus trompetas electrónicas / Acapulco Brass (Sabor a miel y Días de vino y rosas, reediciones y recopilaciones en plataformas digitales, 2013).
Frente a frente: Mexican Jazz Jam (compilación digital, 2015).
