Jeff Buckley, quien solo publicó un disco de estudio en vida, decía que las palabras son hermosas, pero limitadas: la voz es el inframundo, la oscuridad. Y desde allí, ese cantante de larga, descuidada cabellera y mirada melancólica, devuelve a la vida un instante, para luego hundirse con ella en el silencio de la muerte.

Jeff Buckley y los inframundos de la voz


La canción que cantás ya es tuya (…) 

La canción que cantás ya no es de nadie. 

Clara Muschietti

Cuando era adolescente, el azar aún era posible. Descubrí así a Jeff Buckley, por un golpe de suerte. Crecí en esa época ahora lejana en la que una podía escuchar el fragmento de una canción, quedar marcada por ella y luego perderla durante años o para siempre. No teníamos toda la información del mundo al alcance de la mano: datos y mentiras, opiniones y certezas. Pero teníamos el azar, una relación particular con el azar, ese que se experimenta oscuramente como destino.

Tendría unos quince años y veía una película de época ambientada poco antes de la Segunda Guerra Mundial. La vi en la tele, sin saber nada de ella, hipnotizada por su atmósfera lúgubre y la historia de la protagonista, una joven de origen judío que buscaba a su padre. De pronto, la protagonista comenzó a cantar. Soy una persona tímida. Ese tipo de quiebre en la verosimilitud, esa nueva cláusula en el pacto ficcional, en especial si incluye música o baile, suele despertar en mí un hondo e incurable repelús. Pero, aquella vez, me encontré aguantando la respiración y con los ojos llenos de lágrimas. Primero fue solo su voz abriéndose paso en la oscuridad como un hilo dorado. Luego, de fondo, se alzó contra ella, con ella, una avasallante y densa música que logré ubicar, a esa tierna edad, como proveniente de algún sitio al este de Europa.

Pero teníamos el azar, una relación particular con el azar, ese que se experimenta oscuramente como destino.

Embrujada y conmovida por la melodía, logré entresacar, entre sus acordes, algunas palabras sueltas. Más tarde, prendí ese armatoste de computadora que compartía con mis papás y las busqué en línea. When I am dead and in earth, escribí, may my wrongs (…) no trouble in your breast. Pulsé Search.

El sino del buscador o de mis propios errores eludió, por alguna razón que todavía me parece inexplicable, el resultado obvio. No vi, o decidí no ver, a Henry Purcell, el emperifollado compositor barroco de la pieza, que me observa ahora con recriminación y peluca desde el buscador de Google. No supe que la canción forma parte de Dido y Eneas, una de las óperas barrocas más célebres, interpretada por primera vez en 1689. En lugar de eso, llegué con presteza a una recóndita grabación en la que un joven angelical cantaba la melodía. Su nombre era Jeff Buckley. Su voz abría la piel de mis pocos años.  

Pensé, automáticamente, que ese cantante de rock de los noventa, con su larga y descuidada cabellera, saco oversize y mirada melancólica era el autor de la canción. La película, decidí, había reinventado este original. Gracias a esa búsqueda trucada, me volví fanática de la música del joven muerto, autor de éxitos como “It’s Never Over”, “Forget Her” y, por supuesto, “Dido’s Lament”. Suena increíble, pero es cierto. Es un hecho que Jeff Buckley no le temía a los covers, pero no muchos saben que tuvo la audacia de interpretar a Dido y prestarle su voz a las últimas palabras de la reina mítica, tal y como fue imaginada trescientos años antes. El resultado no está disponible en Spotify, pero puede encontrarse, hasta nuestros días, en YouTube.

Investigo esta rareza musical sin moverme de sitio. No es necesario esperar varios minutos a que la enorme computadora de mis padres se encienda, ni otros tantos a que regurgite los resultados de mi búsqueda. Basta con sacar el celular que llevo siempre cerca, quizá demasiado. Encuentro una entrevista con Philip Sheppard, el cellista que acompañó a Buckley cuando interpretó “Dido’s Lament”. Fue en un programa de Soul Music de la BBC, guiado por Elvis Costello. Corría el año 1995. “Recuerdo que el cantante llegó muy tarde”, relata Sheppard, “justo antes del evento, despeinado, todo pómulos, cabello a la moda, y botas gigantescas sosteniendo un cuerpo desgarbado y flaco. Se disculpó, sacó su música, una libreta escolar con las letras de las canciones escritas en una cursiva descuidada y frenética. Si la palabra estaba escrita en lo alto de la página, significaba que era una nota alta. En cierto punto me preguntó en qué país estábamos… estaba confundido entre Alemania e Inglaterra. Creo que había tomado el avión habiendo dormido muy poco. Y luego cantó”. Sheppard recuerda el brillo de las luces y la silueta del cantante doblado sobre sí mismo para “exprimir cada onza de significado de una canción escrita trescientos años antes. Mejor que cualquier músico entrenado que yo haya escuchado”. 

Viví en el error durante años, pensando que “Dido’s Lament” era un himno noventero del desamor y no la melodía desgarradora que enunciaba un personaje mítico poco antes de morir por su propia mano. En realidad, puede ser ambas cosas. La melodía es un material maleable, una moneda que, aunque pase de mano en mano, no se desgasta. Puede ser a la vez un aria barroca, una densa composición balcánica, una canción de los noventas. Al igual que otras formas creativas, las melodías logran eludir, de ciertas maneras, la circulación del capital. Se reproducen, se repiten, nos pertenecen. Nos lastiman y nos curan. Diría Buckley en una entrevista: “Las palabras son hermosas, pero son limitadas. Las palabras son muy masculinas, muy estructuradas. La voz es el inframundo, la oscuridad, donde no hay nada a lo que aferrarse”. Y es justamente desde ese inframundo, ese sitio sin asideros de la voz, desde donde Buckley rescata a Dido y la devuelve a la vida un instante, para luego hundirse con ella en el silencio de otra oscuridad, la de la muerte. Nunca lo vi en vivo. Sólo observo su fantasma en mi pantalla, escucho su espectro en mis audífonos. Jeff Buckley publicó un solo disco de estudio en vida, Grace, y murió ahogado en el río Wolf a los treinta años. 

Apenas ahora descubro que las palabras suicidas de Dido pertenecen, en realidad, a un tal Nahum Tate, poeta irlandés, hijo de un clérigo puritano del siglo diecisiete. Tate escribió el libreto de la ópera de Purcell y, por lo tanto, la letra de esta canción. Desconocía por completo su existencia. Sin embargo, durante más de la mitad de mi vida, me he repetido sus palabras sin saber que eran suyas, porque ya eran mías también:

When I am laid,
am laid in earth,
may my wrongs create
No trouble,
no trouble in,
in thy breast

Remember me,
remember me,
but ah
Forget my fate

Remember me,
remember me,
but ah
Forget my fate

Me repito esa letra con un fervor cercano a la plegaria, con una devoción atea: el deseo de que mis viejos errores no sigan hiriendo a quienes amo y que la memoria permanezca. Junto con Nahum Tate y Henry Purcell y Sally Potter y Jeff Buckley y Jessye Norman y tantos otros muertos y vivos, yo también quiero creer que existe la memoria más allá del dolor.


Elisa Díaz Castelo