No te lleves amapola al aeropuerto, al aeropuerto, voy cantando por dentro mientras nos elevamos por encima de la ciudad para viajar a la frontera salvaje del norte. No te lleves esa flor, en un avión. Viajar drogado es un mal hábito y ahora veo nubes donde todavía hay restaurantes. ¿Qué se hace con estos dolores, Amparo?
Estoy viajando para dar varios conciertos. Ya pensé demasiado tiempo en el fin de las cosas. A veces cuando pienso demasiado en el fin de las cosas me ausento del presente y no sé si ahora estoy deviniendo en espíritu. Como sea: ahí te voy futuro, llevo canciones.
El día se muere en azul. Hace frío en Tijuana. Juan me recuerda nuestra primera tocada hace más de mil horas en el Grillos Bar del Distrito Federal. Llegaron cinco. Yo no sabía tocar y Juan era Juan. Ahora estamos en una camioneta y le digo que sería un gran Presidente. No sé dónde estoy, pero sé que nos dirigimos a Marko Disko, una disco fundada en 1977, con bola de espejos y espejos en los espejos. Una leyenda.
Estoy cantando una cumbia, le pego al güiro como si se hubiera portado mal. Es el final del show. Entre el público veo a Pepe Rojo y siento orgullo porque cuando yo era un adolescente su novela Ruido Gris me voló la tapa de los sesos. Y ahora está aquí, viéndonos tocar.
Lo que necesito, dice Juan, es parar y ofrendar una canción a estas calles. Yo lo entiendo. A mí lo que me gusta de él es que no le canta al cielo, le canta a la banqueta. No habla del díler, habla del yonqui; habla del fracaso y lo roto, nunca del imperio. ¡Cómo quisiera tener una Cherokee, uuuuuuuuuuuuuuhhhhhhhhh!
Juan desaparece cuando llegamos a Marko Disko y yo me abro paso a su interior. Descubro su arquitectura del vicio. Pocos lugares en el mundo me han gritado EXCESO solo con sus paredes. Y por eso siento que te amo, Tijuana.
Avanzo dentro de Marko y la barra es una fantasía donde las hadas han de besar de lengua al maligno. Samuel Herrera canta cielo azul cielo nublado, cielo de mi pensamiento, y no miento si digo que siento que me pierdo en unos ojos negros del pasado, pero me uno a un público apasionado que mira y canta de pie. Samuel ama la canción norteña, es rockero y, principalmente, romántico. Algo me sabe cuando canta: porque me puse a recordar lo que un día me hizo mal, tratando de encontrar amor donde no hay. Oye, eso dolió.
Apache, que viene conmigo desde Tenochtitlán, me dice que lo acompañe. O eso entiendo, porque yo lo que estoy haciendo es mirar cómo su bigote de Frank Zappa baila con su boca en una danza absurda pero tierna. Samuel satura de delay la texana y convierte a la canción mexicana en un viaje ácido. Sigo a Apache con la confianza que me dijo Björk no tuviera a los poetas, pero ahí voy detrás de él hasta salir a la calle. Sospecho que me va a dar droga y que no me voy a poder negar. Oh, mi dioz. Sin embargo, es mejor, porque me lleva a los mejores tacos de asada que podré comer en esta existencia y conexas. Salud.
Estoy cantando una cumbia, le pego al güiro como si se hubiera portado mal. Es el final del show. Entre el público veo a Pepe Rojo y siento orgullo porque cuando yo era un adolescente su novela Ruido Gris me voló la tapa de los sesos. Y ahora está aquí, viéndonos tocar. Del otro lado veo a mis carnales de San Pedro el Cortez, así que termino el concierto cantando “Fukushima” con el pecho inflado y sentir: estuve pensando que nada vale la pena, espuma del mar, espuma de una ballena, ahí es donde ahogaré todas mis penas. Así debiera morir el mundo, con esa canción. Apaguen las luces.
Estoy viajando para dar varios conciertos. Ya pensé demasiado tiempo en el fin de las cosas. A veces cuando pienso demasiado en el fin de las cosas me ausento del presente y no sé si ahora estoy deviniendo en espíritu. Como sea: ahí te voy futuro, llevo canciones.
Entonces todo es espejo. A los costados y al fondo hay público en gabinetes, como Sanborns en sombra. La mayoría de la gente está de pie cantando las canciones de Cirerol, cerveza en mano. Pero es otra cosa lo mágico. Es algo en las canciones y es algo en el intérprete. ¿Exagero si digo que eso debió sentir Kerouac cuando vio a Parker? Tony, baterista de Los Románticos de Zacatecas, se acerca a mi oído y dice: Patrimonio, ¿no?
Sí.
Es la segunda vez en un mes que veo a Los Románticos de Zacatecas. Hace una semana estuve en Fresnillo y ahora en esta frontera del tiempo que es Marko Disko. Son true, porque son románticos, son de Zacatecas y saben hacer fiestas. Al otro día en el desayuno, antes de salir a Mexicali, hablaremos de managers turbios, compartiremos toke y café. Y sentiré gratitud de que tengan a un baterista que carga siempre con una bocina en la que suena Lou Reed.
Hey babe, take a walk on the wild side. Tu-turu-tuturutú.

