El jovencito que alguna vez llegó a las calles de Garibaldi, con una guitarra en mano, buscando una oportunidad, terminó convertido en alguien por quien miles de personas estaban dispuestas a abrirse paso para escucharlo otra vez. Una vez más, y aún después de muerto, el héroe había regresado con el fuego.

Juan Gabriel


Es imposible ser objetivo cuando se habla de Juan Gabriel. Ni siquiera es necesario recurrir a los adjetivos para calificarlo a él o a su carrera: los datos duros construyen por sí mismos una épica, dan cuenta de hazañas que nadie más ha logrado en la música popular mexicana. Decenas de discos grabados en estudio, muchos de ellos colmados de éxitos que se filtraron en el ADN sentimental de México. Ventas exorbitantes y presencia en las listas de popularidad durante décadas. Más de un millar de composiciones, conciertos que se volvieron leyenda y una presencia escénica que lo convirtió en un personaje imposible de separar de su propio mito.

Además de un mote perfecto: el Divo.

Porque además del talento evidente y comprobable, en Juan Gabriel había teatralidad, exageración y barroquismo; megalomanía, simpatía y carisma en las dosis exactas. Transgresión, desafío y seducción. Un peligro para la heteronorma. Incluso cuando era un desconocido que probaba suerte en las calles de Garibaldi, guitarra en mano.

Si Joseph Campbell hubiera conocido su biografía, probablemente la habría integrado a su monumental ensayo El héroe de las mil caras, porque la vida de Alberto Aguilera Valadéz parece recorrer los mismos caminos que se repiten en los orígenes de toda mitología: la pobreza inicial, la separación, la búsqueda de identidad, el encuentro con el maestro, la muerte simbólica, la transformación del individuo en símbolo y el regreso con “el fuego”.

Carlos Monsiváis entendió muy pronto que el fenómeno Juan Gabriel no era solamente musical: era social. Siempre lo fue. En sus conciertos y en sus canciones se hackeaba, aunque fuera por unos minutos, la idea del hombre obligado a esconder la emoción. El Divo había construido un espacio donde la exageración, el melodrama y la vulnerabilidad podían convivir sin pedir disculpas, y era un regalo para su público: todos, no solo sus imitadores, podíamos ser el vehículo del juangabrielismo.

Si su infancia y su ascenso hubieran ocurrido en el siglo XIX, tanto Charles Dickens como Alejandro Dumas nos habrían legado otra de sus grandes novelas de folletín. Y es que en la vida de Juan Gabriel encontramos una historia de orfandad y abandono, persecución, contacto con la marginalidad y el sistema penitenciario, encarcelamiento injusto, ascenso social, reinvención, romances y traiciones, la conquista del mismo mundo que alguna vez lo rechazó. En fin, una historia en la tradición de Oliver Twist o El conde de Montecristo. Pero a la mexicana, con lentejuelas y rancheras.

Su muerte, hace ya diez años, no hizo más que acelerar su proceso de canonización dentro del santoral mexicano. ¿Cuántas charlas podrían iniciar con la pregunta ¿cómo te enteraste de la muerte de Juan Gabriel?

En mi caso sucedió en Tepito.

Fotograma de la serie documental Juan Gabriel: Debo, puedo y quiero (Netflix, 2025).

Así fue

Como parte de un encargo profesional —escribir una crónica gastronómica— acudí al Barrio Bravo a visitar el negocio “Migas, la Güera”. Estaba crudo. Es importante señalarlo por el estado emocional en el que se encuentra alguien con resaca: el cuerpo debilitado, la sensibilidad a flor de piel, una especie de melancolía química que convierte cualquier acontecimiento en tragedia. Sin mencionar la fotofobia y las ganas de morir.

Después de comer en el negocio de migas salí para caminar a mi casa a encerrarme en mi sarcófago —vivía muy cerca— y me encontré con una escena inusual. Tepito, como siempre, estaba abarrotado de gente. Pero había algo distinto. Una fractura. Un desconcierto generalizado.

Si su infancia y su ascenso hubieran ocurrido en el siglo XIX, tanto Charles Dickens como Alejandro Dumas nos habrían legado otra de sus grandes novelas de folletín. Y es que en la vida de Juan Gabriel encontramos una historia de orfandad y abandono, persecución, contacto con la marginalidad y el sistema penitenciario, encarcelamiento injusto, ascenso social, reinvención, romances y traiciones, la conquista del mismo mundo que alguna vez lo rechazó.

En los puestos y locales de piratería musical sonaban sus éxitos: en uno, “Debo hacerlo”; a unos pasos, “Siempre en mi mente”; en el puesto contiguo, “Amor eterno”, en otro más, “La diferencia”, y así sucesivamente. Un caos, un “grandes éxitos” orgánico a manera de caleidoscopio, un multiverso de Juangabrieles cantando sus distintos temas de manera simultánea. Todo, fantasmal y delirante.

Donde normalmente se vendían devedés clonados de series y películas, no había ningún blockbuster taquillero. Las pantallas mostraban su serie biográfica, lo mismo que aquel famoso programa televisivo con Verónica Castro, incluso algunas de sus películas de los años setenta, con Meche Carreño o Lucha Villa.

Pero eso no era lo más impactante, sino los rostros. Personas desencajadas, llorando. Susurros y lamentos: “¡Murió Juan Gabriel!”. Desconocidos dándose el pésame. Los comerciantes convertidos en una red de información popular, en una transmisión del duelo colectivo y homenaje espontáneo. Los clientes del famoso mercado transformados en deudos. Y yo, que ya me sentía miserable por la cruda, sentí un nudo en la garganta al entenderlo todo. Entonces un pensamiento me cruzó la cabeza: visitar a mi mamá.

Así fue.

Juan Gabriel y Yo

Ella y yo —y toda mi familia— fuimos fans de Juan Gabriel siempre. Sus canciones estuvieron ahí como parte del paisaje doméstico: en la casa, en los momentos de alegría, en las reuniones, en las fiestas de Año Nuevo, en esa educación sentimental que ocurre sin que uno se dé cuenta. Alguna vez, durante su enfermedad (tuvo cáncer y falleció tiempo después) y mientras lo escuchábamos, me dijo que “Abrázame muy fuerte” era la canción de alguien que sabe que va a morir pronto: “Abrázame que el tiempo pasa y ese no se detiene, abrázame muy fuerte, amor, que el tiempo en contra viene”. Desde entonces, no puedo escucharla sin echarme a llorar.

Como miles de personas más, seguramente.

Lo mismo me pasó cuando era un adolescente intenso y dramático y escuchaba “Yo no nací para amar”, convencido de que nadie en el mundo podría fijarse en mí. O cuando ya adulto me separé de mi pareja y escuchaba “Una vez más” (“Yo no he podido olvidar tus besos, ni tu linda cara, ni tus caricias, que me acostumbraron a vivir contigo, a soñar despierto y a besar dormido, y ahora me conformo, con volverte a ver”), o el más grande de todos sus monumentos, “Querida”.

Sobre “Querida” recuerdo perfecto cuando fue éxito. Yo tenía alrededor de diez años y no había fiesta familiar donde no se escuchara. Lo mismo que en los taxis y los camiones, las tiendas y restaurantes. “Querida”, como sencillo del álbum Recuerdos II, estuvo en los primeros lugares de las listas de popularidad durante año y medio o más. Más que un sencillo, “Querida” fue un capítulo en todas las biografías. Parecía que el país entero se entregaba a esa historia de amor imposible, gente de todas las edades y todas las condiciones. ¿Y cómo no hacerlo, cómo evitar su hechizo? “Querida” no es una canción de amor en el sentido tradicional; es una escena de abandono, una llamada desesperada lanzada al vacío, un personaje que se niega a aceptar la ausencia del otro y que transforma la nostalgia en una especie de ceremonia pública, sin pudor alguno.

Como en muchas de sus canciones, en “Querida” la voz de Juan Gabriel no interpreta la tristeza, la habita. Cada repetición de “querida” parece una invocación, un mantra, un rito tribal, como si decir el nombre de esa persona una y otra vez, pudiera traerla de regreso. Y ahí radica su genialidad: una experiencia íntima, casi vergonzosa —extrañar a alguien que ya no está— se vuelve algo que millones de personas pueden cantar a todo pulmón sin sentirse solas, ni juzgadas.

Unos pocos años después, ya en los noventa, cuando el apogeo de Maldita Vecindad y los Hijos del Quinto Patio, “Querida” seguía ahí, pero ahora en versión ska-punk, cerrando los conciertos de la banda, con el público entregado al slam, mientras el gran Roco Pachukote cantaba “Yo no te puedo ni te quiero olvidar, oh oh oh” y los adolescentes, sudorosos y eufóricos, saltábamos y nos empujábamos los unos a los otros. Tanto en el Palacio de Bellas Artes, como en el LUUC (La Última Carcajada de la Cumbancha), “Querida” fue una catarsis, una ceremonia, un embrujo colectivo.

Aún lo es. Y basta cualquier boda, fiesta de oficina o reunión en el karaoke para demostrarlo.

¿Sabes, amor? Yo nunca te he olvidado

El domingo en que murió Juan Gabriel, México se encaró con la noticia de una ausencia imposible. Una noticia que nadie quería creer ni aceptar. Al poco tiempo, las redes sociales, la televisión y la radio comenzaron a llenarse de despedidas (entre las más insólitas recuerdo los tweets de Dave Mustaine (Megadeth) y John Fogerty (Creedence), pero la verdadera dimensión del acontecimiento pudo verse en la calle.

Cuando el entonces presidente de la República, Enrique Peña Nieto, ofreció el Palacio de Bellas Artes para su homenaje póstumo, comenzaron a congregarse cientos de personas llevando flores, fotografías, veladoras y recuerdos. El lugar que durante décadas había sido símbolo de la cultura oficial mexicana se convirtió en un santuario popular. No tardaron en llegar los mariachis, los vendedores, los imitadores del Divo y todos aquellos que necesitaban despedirlo.

Y ahí estaba la verdadera dimensión del fenómeno.

Si Joseph Campbell hubiera conocido su biografía, probablemente la habría integrado a su monumental ensayo El héroe de las mil caras, porque la vida de Alberto Aguilera Valadéz parece recorrer los mismos caminos que se repiten en los orígenes de toda mitología: la pobreza inicial, la separación, la búsqueda de identidad, el encuentro con el maestro, la muerte simbólica, la transformación del individuo en símbolo y el regreso con “el fuego”.

Juan Gabriel en el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México, durante sus míticos conciertos realizados del 9 al 12 de mayo de 1990.

No era solamente la muerte de un cantante. Era la pérdida de alguien que había acompañado la vida cotidiana, las miserias y alegrías de millones. Señoras, jóvenes, hombres que habían crecido bajo las reglas del machismo mexicano y que, frente a sus canciones, descubrieron que también podían llorar en público y jotear con alegría.

Carlos Monsiváis entendió muy pronto que el fenómeno Juan Gabriel no era solamente musical: era social. Siempre lo fue. En sus conciertos y en sus canciones se hackeaba, aunque fuera por unos minutos, la idea del hombre obligado a esconder la emoción. El Divo había construido un espacio donde la exageración, el melodrama y la vulnerabilidad podían convivir sin pedir disculpas, y era un regalo para su público: todos, no solo sus imitadores, podíamos ser el vehículo del juangabrielismo.

Quizá por eso, años después, cuando en la Cineteca Nacional se programaron conciertos filmados para funciones al aire libre, ocurrió algo inesperado, algo que nunca había pasado ni con las películas más queridas de la historia: un portazo. ¿Existirá un caso similar en que un cine tenga que contener una masa frenética que se abre paso a empujones para ver una película, que realmente no lo es, que más bien es un concierto grabado años antes?

Todos sabemos que no. Y es hermoso.

El jovencito que alguna vez llegó a las calles de Garibaldi, con una guitarra en mano, buscando una oportunidad, terminó convertido en alguien por quien miles de personas estaban dispuestas a abrirse paso para escucharlo otra vez. Una vez más, y aún después de muerto, el héroe había regresado con el fuego.

Y el fuego era él.


Rogelio Flores