Hay ocasiones en que vale la pena ponerse de técnico. O como alguna vez comentó el músico argentino Daniel Melero, iniciar con la definición del tema a tratar. Comencemos, pues. Un movimiento cultural es un cambio o enfoque que surge dentro de diversas expresiones artísticas y científicas, generalmente surge como una reacción ante valores y costumbres culturales previas que se vuelven repetitivas o monótonas. Su misión es proponer una nueva línea de pensamiento. Tiene como característica que puede resurgir después de haber desaparecido.
Bajo este marco es que podemos establecer al movimiento conocido como postpunk, que, como su nombre lo indica, fue aquello que sucedió después del movimiento punk en 1977. Importante mencionar el lapso que establece el periodista inglés Simon Reynolds en su libro Rip it up and start again, postpunk 1978-1984 (2005), trabajo que describe a toda una generación de artistas británicos surgidos a finales de los setenta y principios de los ochenta. Aquellas propuestas tenían dos vertientes en común, o habían aprovechado el chispazo inicial del punk para desarrollar su proceso creativo, o eran fugitivos del estricto dogma que significaba ser punk. “Paradójicamente, el punk era un estilo de música muy cerrado y estricto, apenas rompías con sus normas y la gente te criticaba, por eso huimos de esa etiqueta rápidamente”, llegó a declarar Stewart Copeland, baterista de The Police.
A casi cincuenta años de la explosión post punk en Inglaterra y Estados Unidos, se cumple una de sus promesas: fue la música del futuro, a pesar de haber perdido filo a causa de la validación del mainstream y de la homogeneización al convertirse en movimiento genérico.
Reynolds menciona en su libro actos que tenían en común una originalidad que los separaba de los demás. Una diversidad inclasificable que iba de las aventuras dub de Public Image Ltd., a las exploraciones experimentales de Cabaret Voltaire, pasando por el robotismo pop de Gary Numan y Human League, hasta la desnudez sónica de Joy Division, que combinaba la poesía Ballardiana de Ian Curtis, sin olvidar la influencia art-goth de Siouxsie and the Banshees. Un árbol musical con un tronco en común (el punk) y unas ramas tan diversas e interesantes como abundantes.
El alud de propuestas del postpunk, si que descontroló a los críticos y periodistas de la época, siempre con la fiel misión de etiquetar y catalogar a los grupos y artistas que buscaban nuevas formas de expresión. Seymour Stein, jefe de la mítica Sire Records, encontró el remedio perfecto para el prejuicio, no sólo de la música punk, sino también de la música nueva que escapaba a la comprensión de los críticos. Stein tuvo la genial idea de acuñar el término “new wave” para su grupo estrella,Talking Heads. La banda de Nueva York no era punk. Ahora enarbolaban la bandera nuevaolera que abría posibilidades comerciales de la FM norteamericana. Fue por esto que la reacción inicial de los medios resultó en meter a muchas de estas propuestas dentro de la canasta del new wave, hasta que la misma industria estableció el estereotipo de banda nuevaolera, el sonido y estética de Blondie, por ejemplo: jeans, playeras, blazer y tenis Converse, junto a una música que combinaba reminiscencias del pop de los cincuenta con el punk de los setenta.
Ser rockero y no rocanrolero
En México los vientos de la nueva ola ayudaron a transitar del rock & roll a únicamente decir rock. Eran los años en que todo se aderezaba con la palabra rock (Video Rock, Rock 101, Rock de los 80´s). Algo que el presentador Jaime Almeida definiría acertadamente: “La diferencia entre rock & roll y rock, es que el primero es el género musical surgido en los años 50 de la mano de Elvis Presley, y el segundo se refiere al rock como esa música que se nutre de todo lo que se encuentra en su camino, convirtiéndolo en un estilo musical muy dinámico”.
Sentirse moderno a principios de los ochenta en México tenía que ver con ser rockero y no rocanrolero. Muy lejos del espectro cotidiano estaban las palabras new waver/nuevaolero. Aquella época donde la represión y la censura salpicaba el ámbito juvenil del país, el movimiento post punk marcaba la vanguardia de aquellos días, aunque no se le llamara de esa manera. Las ediciones de discos nacionales de artistas y grupos como John Foxx, XTC, Simple Minds, OMD, Human League, Heaven 17 o Japan, contrastaban con el halo blusero del rock nacional. Guillermo Santamarina “Tin Larín” llegó a declarar: “Nos cagaba el TRI”.
En algunos discos de edición nacional aparecía el logo que mostraba la siguiente frase: “Con el sonido new wave”. El álbum de The Boomtown Rats, The fine art of surfacing (1979), es un buen ejemplo de ello. Por otro lado, los discos de bandas como Pretenders o XTC llevaban un sticker que contenía la frase “Rock de los 80´s”, la cual tenía un muro de ladrillos como fondo, detalle que sugería cierta rebeldía. Ya para la segunda mitad de la década, empezó a estar en uso el término “underground” para marcar la diferencia entre la música comercial. En ese abanico empezaron a aparecer los nombres de The Cure, Bauhaus, Pixies, Ministry y Clan of Xymox entre otros. Al estar más cerca de los noventa, más lejos quedaban las etiquetas del new wave, y del poco mencionado post punk. En el horizonte se vislumbraba la música “alternativa”, donde el grunge y el britpop serían los reyes.

Futuro, mainstream y cliché
Ya en el nuevo milenio, una vuelta al pasado ochentero traería de manera global el término indie, el cual provenía justamente de la explosión postpunk en inglaterra a principios de los ochenta, a propósito de sellos independientes como Rough Trade o Factory Records. Es aquí precisamente cuando se empieza a gestar el fenómeno de cuando un movimiento cultural se convierte en un género musical. De repente, se empezó a homogeneizar sonido e imagen de las bandas y artistas que los medios bautizaron como indies. Ya no se trataba de distinguirse del resto, sino buscar a toda costa parecerse para encajar, para entrar en el molde de lo que antes se consideraba alternativo.
De esa camada indie dosmilera, aparecería Turn on the bright lights (2002) de Interpol, que traería de nuevo el imaginario de Joy Division a la superficie. Consolidado cinco años más tarde con películas como Control (2007), de Anton Corbijn, y el documental Joy Division (2007), de Grant Lee. La efervescencia por la banda de Manchester sería la chispa que detonaría el revival post punk a nivel mundial. Ahora no como un movimiento poliédrico, sino como una plantilla con instrucciones de ármelo usted mismo incluídas.
“Paradójicamente, el punk era un estilo de música muy cerrado y estricto, apenas rompías con sus normas y la gente te criticaba, por eso huimos de esa etiqueta rápidamente”, llegó a declarar Stewart Copeland, baterista de The Police.
El post punk dejó de ser un movimiento heterogéneo, diverso e inclasificable. Las bandas pasaron a replicar ad infinitum las percusiones mecánicas, el bajo punzante, los agudos riffs de guitarra y, sobre todo, esa voz grave casi de ultratumba a lo Ian Curtis. La banda rusa Motorama abriría la segunda década de los dosmiles con Alps (2010), álbum que definiría toda una época cuyos ecos siguen dieciséis años después, llevándolos este año (2026) a presentarse en el Auditorio Nacional. Por otro lado, el dúo Lebanon Hanover lanzaría The world is getting colder (2012), disco definitivo de la efervescencia post punk del nuevo milenio en el ámbito internacional.
Tanto Motorama como Lebanon Hanover serían el canon a seguir por los nuevos artistas, y quizás los responsables de manera circunstancial de instalar en el inconsciente colectivo al post punk. No como movimiento, sino como género musical. Es decir, establecieron rasgos generales o fórmulas que han sido replicadas una y otra vez. Este nuevo revival, a diferencia de la explosión original, se centra exclusivamente en un sólo sonido y una sola estética. Mientras que a finales de los setenta y principios de los ochenta el post punk como movimiento significaba una amplia variedad de propuestas musicales y estéticas, lo de hoy llega a niveles de cliché, al grado de tener bandas que incluyen la etiqueta en el nombre; Leonora Post Punk, por dar un ejemplo.
A casi cincuenta años de la explosión post punk en Inglaterra y Estados Unidos, se cumple una de sus promesas: fue la música del futuro. A pesar de haber perdido filo a causa de la validación del mainstream y de la homogeneización al convertirse en movimiento genérico, vale la pena recordar su espíritu original: Rip it up and start again; o sea, destrúyelo y empieza de nuevo.

