Hoy resulta difícil escuchar algunas de las canciones de La Sonora Santanera en las fiestas, como si “La boa” hubiera terminado por devorarse el resto del repertorio de este grupo fundado por el trompetista Carlos Colorado en 1955.

La Sonora Santanera


En un famoso local de barbacoa en San Mateo Tlaltenango, un hombre entretiene a la clientela con una voz que, sin ser nada del otro mundo, al menos no desafina. Mientras los meseros toman las órdenes o se desplazan para entregar consomés, tacos de maciza, espaldilla o flautas, este crooner —ataviado con gafas y un pequeño sombrero que recuerdan al “Poca luz”, aquel invidente al que los caifanes le roban la guitarra— carga una bocina en la que reproduce pistas que van de las rancheras más dolidas a baladas poco estridentes. La audiencia de esta mañana se muestra indiferente ante la actuación del cantante, ocupada en sus platillos y en sus propios asuntos. Al ser un domingo futbolero, un buen número de comensales porta con orgullo las playeras de los equipos que más tarde disputarán su pase a las semifinales del futbol mexicano.

Antes de marcharse, el cantante cierra su actuación con un tema que inicia con el sonido de unas trompetas y una percusión que invitan a levantarse de la mesa y bailar. Es “El botones”, de La Sonora Santanera. Sin la fama de otras canciones emblemáticas como “La boa”, “Perfume de gardenias” o “Luces de Nueva York”, esta canción, en tono jocoso, es la proyección de un deseo —trabajar en un hotel— y enterarse de todo lo que allí ocurre, en especial cuando “una linda rubia diga lo que hay que hacer”.

Hoy resulta difícil escuchar sus canciones en las fiestas, como si “La boa” hubiera terminado por devorarse el resto del repertorio de este grupo fundado por el trompetista Carlos Colorado en 1955.

El juego de palabras construye una narración en la que sentimos que somos ese hipotético botones que se pone a trabajar y toma las maletas, sube las escaleras (“súbele que sube”), abre la puerta de la habitación (ábrele que ábrele), mete el equipaje (“métele que mete”), la muestra a la huésped (“pásala que pásala”), baja la cortina (“bájale que baja”) y, como recompensa, recibe una propina.

Más allá del doble sentido de lo que “El botones” narra —a fin de cuentas se está contando lo que ocurre o podría ocurrir en una habitación de hotel—, si pudiéramos escuchar solo la música de esta cumbia apreciaríamos la conjunción del grupo, los acentos de los metales, cómo la percusión marca la entrada de los demás instrumentos, y sobre todo el espíritu de ese piano omnipresente y sensual.

Oficios en vías de extinción

Sin aspirar a la visión sociológica de las canciones de Chava Flores, los santaneros interpretaron canciones en las que se retrata algunos oficios en vías de extinción o en franco desuso, como en “La cumbia del torero”, que en sus notas iniciales, de nuevo con las trompetas, advertimos un particular paso doble, como si estuviéramos en un ruedo tropical.

En este tema hay dos narradores, dos versiones de una misma historia: el primero, vamos a denominarlo principal, nos pone al tanto de lo que ocurre en la arena: un valeroso chamaco se lanza al ruedo y se enfrenta al toro. Sin embargo, el astado le pega una cornada. Aquí el punto de vista cambia y ahora escuchamos al infortunado e improvisado torero, quien resulta ser una persona que pagó su boleto para ver la corrida y que, en un mortal descuido, fue empujada al ruedo por un desconocido.

No queda más que agradecer al azar, esa brújula con el norte fuera de control, esos momentos en que en el lugar menos pensado, un cantante improvisado y anacrónico se arranca con una vieja canción de los santaneros y devolverle, aunque sea por unos minutos, algo de ritmo a la memoria popular.

Lo que sigue, ya lo sabemos: el muchacho pide ayuda a gritos, desesperado por la bestia que lo persigue sin cesar. El olé, olé, olé del coro termina por vestir de traje de luces esta canción, que recuerda a aquel popular chiste donde alguien atraviesa un foso lleno de alimañas y cocodrilos, solo para descubrir, al final, que no fue valentía, sino un empujón que lo lanzó al peligro.

Otro oficio y canción destacada de la Santanera es “El mudo”, hilarante por esos onomatopéyicos balbuceos que, si las buenas conciencias descubren, condenarán al destierro por políticamente incorrecta. Si la justicia es ciega… ¿también podría ser muda? A decir de las aventuras de este oficial de policía, parecería ser un requisito no poder hablar para instaurar la ley y el orden. De nueva cuenta, un narrador nos pone en antecedentes (“Un policía que es mudo a la cárcel se llevó / a dos jóvenes inquietos que en el parque se encontró”). Lo que sigue es el proceso frente al juez, o más bien ante un agente del ministerio público, que interroga al mudo para que diga por qué los arrestó. La palabra “inquietos” basta para entender qué ocurría en aquella banca del parque. Después aparece un recurso que la Santanera también utiliza en “La boa”: la enumeración de personajes —periodistas, estudiantes, rebeldones, periodistas— a quienes advierte sobre el brazo justiciero del mudo, del que nadie puede escapar.

El ritmo de la memoria popular

Aunque resulta más preponderante la atmósfera nocturna y todos sus derivados en la canciones de la Sonora Santanera, entiéndase tugurios, penas de amor, alcohol, y también fiesta y desmadre, sus temas son más variados de los que suele recordarse, lo cual se entiende porque son canciones hechas para bailar.

Hoy resulta difícil escuchar sus canciones en las fiestas, como si “La boa” hubiera terminado por devorarse el resto del repertorio de este grupo fundado por el trompetista Carlos Colorado en 1955. No queda más que agradecer al azar, esa brújula con el norte fuera de control, esos momentos en que en el lugar menos pensado, un cantante improvisado y anacrónico se arranca con una vieja canción de los santaneros y devolverle, aunque sea por unos minutos, algo de ritmo a la memoria popular.


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