El boogaloo fue un azotacalles. Un ritmo que se consagró a mediados de la década de los sesenta en Nueva York, específicamente desde las banquetas y recovecos de los barrios latinos. Nació de la juventud, de la diversión, del orgullo y de las ganas de hacer algo diferente. Quizá como una respuesta ante la necesidad de aquellos jóvenes de sentirse enraizados dentro de un país que constantemente los hacía a un lado.
Si recordamos aquella frase sobre la música como lenguaje universal y su capacidad para crear vínculos entre las personas, el boogaloo es un claro ejemplo de unión en todo el sentido de la palabra. Fue capaz de unificar músicas y lenguajes. Solo basta con volver cincuenta años atrás e imaginarse en un club del Spanish Harlem, mientras comienza a sonar Joe Cuba Sextet, con su “Bang Bang”, haciendo que latinos al lado de afroamericanos y estadounidenses bailen, se vayan a las palmas y al unísono repitan: “¡bip bip! ¡aaaaaah! ¡bip bip!”. Un auténtico choque de culturas.
Los sesenta fueron una época de cambios convulsos político culturales. En cada década solía haber una nueva ola de migración en esa zona de la Gran Manzana, por lo que en ese momento, en un mismo vecindario coincidían las comunidades latinas y afroamericanas, lo que convertía el espacio en un crisol de costumbres.
Breve en su auge, el boogaloo dejó una huella profunda como expresión de identidad, resistencia y mestizaje cultural. Más que un género pasajero, fue el reflejo de una juventud que encontró en la música de ambos mundos una forma de pertenecer, de dialogar y de reinventarse.
En lo musical, los jóvenes nacidos en Estados Unidos, hijos de migrantes latinos, no conectaban tanto con el mambo y con lo que sus padres solían escuchar. Estaban más familiarizados con lo que sonaba en la radio en ese entonces, como el doo-woop, el motown y el rhythm and blues. Había ganas de sonar diferente, por lo que los músicos empezaron a experimentar con varios estilos. Así, el boogaloo fue concentrándose en una fusión de música afrocaribeña, con la guajira y el son montuno, como con el soul y el r&b.
Hecha en su mayoría por músicos de ascendencia cubana y puertorriqueña, pero con letras en inglés de por medio, era música que resaltaba una identidad propia. Más acorde a la libertad que aspiraban en aquel contexto: el boogaloo era la manera perfecta para sentirse libres, olvidarse del purismo y mover las caderas. Sonaba a blues pero con la alegría y el desenfreno de la guajira. Era un ritmo contagioso que se movía rápido en manos de chicos amateurs que habían aprendido a tocar de manera autodidacta.
Rebeldes, transgresores y cosmopolitas
Músicos como Ricardo Ray y Joe Cuba formaron parte de esa juventud que se consagró dentro del género para 1966. Pete Rodríguez y su banda lo popularizaron a otro nivel con la pegadiza “I Like It Like That”; mientras que Johnny Colón ingresa con el álbum Boogaloo Blues; Joe Bataan desde su trinchera lírica hacía lo propio con Subway Joe y no nos olvidemos de la parte femenina, donde la cubana Guadalupe Yolí Raymond, mejor conocida como “La Lupe, incursionó en el boogaloo adaptándose rápidamente gracias su actitud rebelde y transgresora. Su cover de la canción “Fever” es un gran ejemplo para comprenderlo.
Las letras del boogaloo reflejaban y simplificaban en un divertido spanglish momentos para identificarse, pero sobre todo para pasarla bien. Aunque también se fueron incorporando canciones que mostraban una realidad salida de un barrio donde las drogas, la adicción, las pandillas y la delincuencia convivían a diario. Muchas de las canciones de Joe Bataan iban sobre eso, sobre sentir y pertenecer a ese mundo a veces hostil y con sus dificultades sociales que se vivía en las calles de una ciudad tan cosmopolita como lo era la Nueva York de los sesenta.
Aunque se dice que el paso del boogaloo fue efímero, entre 1966 y 1969 alcanzó un éxito en el que incluso músicos de renombre y que encabezaban los número uno de las listas, de la talla de Tito Puente y Eddie Palmieri, tuvieron que sucumbir a la popularidad. Ray Barretto, por ejemplo, demostró su virtuosismo con su álbum Acid, prensado por Fania, el sello que definió una era y que sería por excelencia el canal para la explosión de la salsa.
Uniendo generaciones y culturas
Lamentablemente fue la misma juventud y la inexperiencia de tratar con el poderío de la industria musical y sus disqueras, la que terminó por doblegar a quienes hacían el boogaloo. Y tan pronto llegó la salsa a los oídos de una población latina que cada vez crecía más en esta parte de los Estados Unidos, algunos tuvieron que evolucionar a este nuevo género y otros como Pete Rodríguez simplemente decidieron desaparecer de la escena.
Solo basta con volver cincuenta años atrás e imaginarse en un club del Spanish Harlem, mientras comienza a sonar Joe Cuba Sextet, con su “Bang Bang”, haciendo que latinos al lado de afroamericanos y estadounidenses bailen, se vayan a las palmas y al unísono repitan: “¡bip bip! ¡aaaaaah! ¡bip bip!”. Un auténtico choque de culturas.

Sin embargo, la música no muere del todo mientras haya alguien con la curiosidad suficiente para seguir escuchando. Así que mientras en esta parte de Nueva York todo parecía decrecer para el boogaloo, en otras partes de Latinoamérica Joe Bataan y Johnny Colón seguían escuchándose. El resurgimiento en años posteriores se dio gracias a los DJs, que junto a sus colecciones y a grupos como Spanglish Fly de Nueva York y Boogaloo Assassins de Los Ángeles, volvieron a poner este género de vuelta en el mapa.
Breve en su auge, el boogaloo dejó una huella profunda como expresión de identidad, resistencia y mestizaje cultural. Más que un género pasajero, fue el reflejo de una juventud que encontró en la música de ambos mundos una forma de pertenecer, de dialogar y de reinventarse. El historiador de música Jim Byers dijo que el boogaloo es “un género cuya esencia misma es unir a la gente, generar conversaciones y crear comunidad”. Y efectivamente lo es. Es un puente sobre el que cruzan varias culturas que lograron adaptarse a los tiempos y fusionarse. Su legado perdurará no solo en sus ritmos, sino en su capacidad para seguir uniendo generaciones y culturas a través del tiempo.

