El lanzamiento de Clics Modernos en noviembre de 1983 no fue simplemente la aparición de un nuevo conjunto de canciones: se trató del acta de defunción de una estética y el nacimiento de una nueva subjetividad argentina. Recién llegado a una Nueva York decadente, sucia y peligrosa, pero llena de una vigorosidad inusitada y de múltiples artes en ebullición, Charly García avizoró la evolución postraumática de una Latinoamérica que fue germen del laboratorio neoliberal y que empezaba a encontrar su identidad a partir de sonidos paradójicamente influenciados desde el gran capital.
Parado sobre una Argentina que estaba a punto de salir de una dolorosa dictadura cívico-militar que costó al país 30 mil desapariciones y el horror de la violencia desmedida, la precariedad y el quiebre del modelo de bienestar, el hombre del bigote bicolor narró la llegada de un escenario complicado en donde todos somos extraños apagándose como luces. La sociedad argentina pasaba del horror de la represión a la efervescencia cívica. En ese escenario la “modernidad” de Charly fue una estrategia de supervivencia: interiorizar el pulso de los nuevos circuitos para devolver una crítica mordaz disfrazada de música bailable. Clics Modernos es un álbum que exuda resistencia desde una aparente liviandad, marcando el pulso de una democracia que nacía herida, pero esperanzada.
“La alegría está en el descubrimiento, no en la repetición. Está en el cambio. Pienso que una cosa que nos hace falta (…) a los argentinos es tener predisposición al cambio. Pero estamos acostumbrados a un cambio muy pequeño, el cambio de adaptarse a lo que la realidad nos dicta y no adaptarnos a lo que realmente sentimos” – Charly García
Para entender este quiebre es necesario observar la faceta previa de Charly en Serú Girán. Allí, operaba bajo la complejidad del rock progresivo y el jazz rock, con estructuras de compases irregulares y una densidad virtuosa. La transición hacia Clics Modernos instauró a un nuevo tipo de rockstar en la constelación argentina: el artista solitario que abandona el despliegue de capas sinfónicas en favor del minimalismo y la eficacia del new wave. García ya no era solo el músico prodigio del ensamble, era ahora el arquitecto absoluto de un sonido que, con audacia y cosmopolitismo, se atrevía a descansar el protagonismo de las guitarras acústicas por el sintetizador, convirtiéndose en el referente cardinal de una cultura que necesitaba nuevas perspectivas analíticas y sensoriales.
La angustia de una nación en reconstrucción se canalizó técnicamente a través de la precisión de los secuenciadores en los estudios Electric Lady. Al reemplazar la batería acústica por la caja de ritmos Roland TR-808, Charly documentó la nueva rítmica de la existencia urbana, dominada por la cotidianidad maquínica y gris, la frialdad de las emociones y la precisión calculada que hoy son tan comunes en esta era del algoritmo. En aquella época, estos destellos de modernidad nos llegaban a través de las músicas anglosajonas, con contadas excepciones en Latinoamérica (Syntoma de Alex Eisenring es un gran ejemplo de ello en México). Y aunque no podamos traer del todo a la memoria el zeitgeist de lo que vivía el argentino promedio presenciando el fin de la junta militar ese mismo año de la aparición de Clics Modernos o el absurdo belicista que supuso la intervención de las Islas Malvinas en junio de 1982, es evidente que lo que trajo Charly a un Cono Sur en ruinas fue no solo una versión cosmopolita de él mismo, sino una manera de usar las herramientas del amo a su favor.
La caja de ritmos mencionada se convirtió en el esqueleto de una mirada que buscaba sacudirse de todo lo pesado que lo aquejaba, llámese estilo, género o dirección musical. Era el momento de bailar sobre las cenizas calientes del pasado. Y lo hizo con un virtuosismo latente: la polirritmia de temas como “Nos siguen pegando abajo”, donde un patrón electrónico de 4/4 colisiona con un riff de guitarra en 7/4, refleja a un individuo intentando sincronizar su pulso vital acelerado con una realidad que se empieza a quedar desfasada. Es progresiva, pero no del mismo modo que Serú o las agrupaciones sinfónicas setenteras, sino como el King Crimson de “Frame by Frame” o el Talking Heads de “The Great Curve”, apenas lanzados un par de años antes que Clics Modernos.
Lo anterior parece un lapso gigantesco para nuestros estándares actuales, en los que algo mayor a un mes o dos se encuentra pasado de moda; se trata de un efecto del daño que nos provoca la acumulación intensa de sensaciones en tiempo real. Para aquel 1983, Charly iba dos pasos adelante de sus coetáneos. Y lo importante, más que su adaptación de las polirritmias y las tecnologías, es la superposición que hace de ritmos superficiales en la escucha, pero complejos en el oído profundo, que nos advierte un cambio radical: el argentino parece susurrarnos que hay poesía en lo sencillo, en lo aparentemente directo. Nos ofrece ramificaciones, miradas oblicuas que nos transportan hacia otros horizontes.
En una entrevista que un medio argentino le hizo hacia finales de 1983, el porteño habló de manera sostenida sobre el disco. En el fragmento tocante a “No soy un extraño”, da una respuesta que puede asumirse como una máxima de vida y el summum de esta nueva estética: “La alegría está en el descubrimiento, no en la repetición. Está en el cambio. Pienso que una cosa que nos hace falta (…) a los argentinos es tener predisposición al cambio. Pero estamos acostumbrados a un cambio muy pequeño, el cambio de adaptarse a lo que la realidad nos dicta y no adaptarnos a lo que realmente sentimos”. Acaso es un guiño a la forma en que Charly iba un paso más adelante, despojándose de su estatus de nuevo baluarte del rock argentino y asumiendo una nueva realidad que en su momento pocos entendieron. Hoy en día, “No soy un extraño” resuena como la banda sonora de una época llena de horrores, pero que transmite, paradójicamente, un sentido utópico intersticial. Y lo hace advirtiéndonos que lo reprimido siempre puede volver: “Los carceleros de la humanidad que nos quieren atrapar dos veces con la misma red”.
Nuevos trapitos tecnológicos
Para entender la solidez técnica de Clics Modernos es necesario analizar el inventario de artilugios electrónicos que Charly operó en Manhattan. El uso intensivo de los sintetizadores Roland Juno-60 y el Sequential Circuits Prophet-5 permitió diseñar capas atmosféricas que actualmente son el estándar del new wave, el synth pop y el pop en general. Estas herramientas, sumadas al piano Yamaha CP-70, otorgaron al disco un aura de avanzada respecto a sus colegas argentinos, gracias a una nitidez acústica inusual para la época: mientras que el rock nacional sonaba a menudo opaco o saturado, la mezcla de Joe Blaney —The Clash, Ramones— logró que el bombo y los agudos tuvieran un relieve tan definido que las canciones sobresalen con una fuerza inédita.
Otro de los aciertos fue el equilibrio entre lo maquínico y lo orgánico. Es decir, entre el uso del sampling y su propia ejecución instrumental en tiempo real. Al tocar el teclado y cantar sobre bases programadas con una precisión milimétrica, Charly logró una fidelidad sonora que no tenía nada que envidiarle a los estándares internacionales de producción de artistas como Prince o los mencionados Talking Heads. El propio Blaney lo dijo en su momento, al elogiar la claridad con la que el argentino seleccionó ciertos instrumentos en pos de melodías más simples y definidas.

A pesar del músculo tecnológico en cuestión, el esqueleto del álbum revela a un Charly profundamente clásico que sostiene la contradicción entre el brillo de la producción y la profundidad del exilio interno. En “No soy un extraño”, la sofisticación de un pop oscuro y etéreo se funde en acordes más afines del jazz (como son los de séptima y novena) que evocan las vicisitudes de un citadino promedio, perdido entre la desconfianza de integrarse a ese mundo inhóspito y la posibilidad de abrirse paso. El paso constante de un Gm7 al EbM7 y DbM7 encarna el movimiento errante de quien camina por una urbe extraña buscando un rostro familiar en medio del desierto de la impersonalidad.
En “No me dejan salir” tenemos una intrincada floritura de bajo que da paso al Charly más irreverente. El uso de samples representa la consumación de una técnica de ensamblaje posmoderno, integrando el grito eufórico de “Hot Pants” de James Brown a una base precisa y unos teclados que irrumpen de manera festiva. Hay ADN funky desde luego, pero también una energía muy punk en la simpleza de las letras y el desgarro vocal. Y es que la inclusión de Larry Carlton y Pedro Aznar aportó capas de complejidad orgánica al diseño electrónico sistematizado que había trazado Charly. Por ejemplo, en “Bancate ese defecto” la rigidez del pulso new wave se ve desafiada por una armonía de jazz fusión en el piano y guitarra, que evocan ligeramente al Weather Report de Joe Zawinul y Jaco Pastorius en sus líneas de bajo fretless; esto contrasta con la cuadrícula perfecta de la caja de ritmos.
Es evidente que lo que trajo Charly a un Cono Sur en ruinas fue no solo una versión cosmopolita de él mismo, sino una manera de usar las herramientas del amo a su favor.
“Plateado sobre plateado (Huellas en el Mar)” representa el cenit de la arquitectura sonora en esta etapa neoyorquina de García. Técnicamente, la pieza es un estudio sobre la transparencia y el minimalismo rítmico, alejándose del barroquismo previo para abrazar una estética new wave de precisión quirúrgica. Lo impresionante de la sección de teclas radica en la dualidad del Yamaha CP-70 (un piano de cola electroacústico) y los sintetizadores polifónicos. El CP-70 aporta un ataque percusivo y metálico que dicta el pulso rítmico, funcionando casi como un instrumento de percusión afinada.
Sobre esta base, Charly superpone capas de teclados con envolventes suaves y un brillo armónico en las frecuencias altas, creando una sensación traslúcida. El piano no rellena espacios: los crea mediante un uso magistral del silencio y el staccato. En tanto, la guitarra de Larry Carlton complementa esta estructura mediante un contrapunto de texturas. Mientras el teclado es rígido y cristalino, la guitarra introduce una fluidez orgánica con un uso sutil de chorus y delay. Carlton no compite por el centro del escenario, sino que opera en los intersticios, lanzando frases breves y líquidas que humanizan la mezcla y suavizan la frialdad de la caja de ritmos. Es una dialéctica perfecta: la precisión digital del sintetizador contra la elasticidad melódica de las cuerdas.
El fantasma en la máquina
Charly posa junto a una silueta oscura en una pared de Manhattan, un grafiti de la banda Modern Clix que le recordaba las siluetas pintadas en Argentina para recordar a los desaparecidos. Con el tiempo, esta figura ha sido asociada con la pieza “Los Dinosaurios”, donde el sintetizador envuelve la verdad más dolorosa de la historia argentina: la desaparición forzada de personas. Al cantar que “los amigos del barrio pueden desaparecer”, el músico le da matices a la idea anteriormente expuesta: la máquina es la moneda de cambio de la modernidad. Cuando escuchamos “Los Dinosaurios” nos situamos ante la posibilidad de que todo es finito y peligra. No es necesario hablar del horror.

La influencia de Clics Modernos habita en lo espectral, la idea de que la modernidad no reside en el hardware, sino en traducir en poesía lo banal. En “Ojos de video tape”, la frase “No ves que el mundo gira al revés, mientras miras esos ojos de video tape” encapsula la cotidianidad de un sujeto alienado por la pantalla, observando un mundo que ha perdido el sentido mientras la intimidad se reduce a una cinta magnética. La precariedad del narrador, que no tiene “agua caliente ni calefacción”, resuena hoy con una vigencia brutal: representa la vulnerabilidad del individuo frente a un sistema que prioriza la imagen sobre la dignidad básica, una crisis que hoy se traduce en la precariedad económica y el aislamiento digital.
A cuarenta años del fin de la junta militar, la obra de Charly nos permite avizorar una nueva modernidad latinoamericana que trasciende las coyunturas políticas actuales. Ante el avance de figuras como Trump o Milei, y el resurgimiento de estados fascistas reaccionarios que parecen girar el mundo “al revés”, Clics Modernos nos recuerda que la resistencia reside en la capacidad de no quedar hipnotizados por la pantalla del poder. Superar este estado requiere recuperar la armonía del alma frente a la máquina, confirmando que, aunque los dinosaurios (antiguos o modernos) pretendan volver, la cultura tiene la facultad de sostener el pulso de la libertad incluso en las condiciones más gélidas.

