A mi querida Titix, amiga de ojos deslumbrantes, por siempre.
¿Qué se le pide a Paul McCartney a estas alturas de su historia musical? ¿Qué no ha conseguido todavía? ¿Álbumes de música electrónica experimental, ocupar el lugar de Kurt Cobain al lado de los sobrevivientes de Nirvana? ¿Darle vida a un oratorio con orquesta filarmónica dentro de una catedral, revivir a John Lennon y a George Harrison para, junto con Ringo Starr, lanzar en pleno siglo XXI el último sencillo de los Beatles? ¿Qué más? Porque todo eso ya lo hizo. Y sin desatender un andar discográfico solista que ahora presume un nuevo título: The Boys of Dungeon Lane. O, a ver, quizá la pregunta debería ser: ¿qué nos pide Paul a estas alturas de nuestras vidas?
McCartney recién dio a conocer un documental en el que narra lo duro que le resultó dejar atrás a The Beatles y todo lo que significaban. No tenía ni treinta años de edad cuando ya había hecho la música por la cual sería idolatrado el resto de su vida y se vio obligado a mirarse a sí mismo desde otro lugar. Se refugió en una granja ruinosa en Escocia, bebiendo litros de whisky, deprimido. Saldría del trance pronto. Debutaría como solista en 1970. Dejó de decir “vive y deja vivir” para centrarse en “vivir y dejar morir”. Hizo bien, encaró la reinvención para conseguir eventualmente reconciliarse con su pasado. En tal andar hizo de todo cuanto pudo. Hoy, a más de medio siglo de su arranque solista, sigue en lo suyo con un disco que de varias maneras concentra las virtudes (y uno que otro defecto) de lo hecho a lo largo de su carrera discográfica.
Finalmente eso es justo lo que nos pide Paul a estas alturas de nuestras vidas: continuar, no rendirnos. Seguir adelante, aunque la voz se quiebre y los amigos partan, a pesar de que llueva y los amantes se vayan. Sostiene a la fecha el inglés el conjuro lanzado con “Hey Jude” intacto, eso de tomar una canción triste para mejorarla, aunque esta vez más allá de los ochenta años de edad.
Comenzó a decirse que sí previo al lanzamiento The Boys of Dungeon Lane; sin embargo, no es éste un álbum conceptual que orbite exclusivamente los días idos. En realidad, McCartney se presenta, simplemente, como el mismo de toda la vida: un hombre que desde temprano aprendió a mirar hacia atrás, a veces ilusionado y en otras desesperanzado. Cuando “Days We Left Behind” se dio a conocer —una delicada oda a la era en blanco y negro—, las redes sociales se inundaron con sentencias erradas; se hablaba de la llegada de un disco hecho por un hombre nostálgico que alista la despedida. Como si esto, comportarse melancólico, fuese algo nuevo en el historial del inglés. Recordemos que estamos hablando de quien, cuando apenas contaba con veintidós años de edad, ya escribía alrededor de sentires como los de “Yesterday”.
Lo importante aquí es sostener el foco en todo lo que este hombre ha vivido. ¿Qué se le cuenta de nuevo a Paul McCartney, hombre, para que alce las cejas sorprendido? Así que, ¿quién no quiere escuchar cómo aprecia lo experimentado desde su perspectiva actual? Más allá de que te gusten o no sus canciones, se trata de un artista que comparte detalles sensibles alrededor de una vida excepcional, la suya. De los cuatro que provocaron la beatlemanía, hoy en día sólo dos personas en el mundo podrían decirnos cómo se sintió eso: ser un bitle en los años sesenta, cuando la banda removió las entrañas de la sociedad global a punta de tonadas. Paul dirigió una revolución, no lo olvidemos. Siempre será importante escuchar lo que vaya a cantarnos.
Ahora su voz es trémula, cierto. ¿De qué otra forma podía ser? El señor tiene ochenta y cuatro años de edad. Se partió la garganta desde que era adolescente en antros alemanes a deshoras, tomando anfetaminas entre delincuentes. Pasó de sudar apretujado en La Caverna de una callejuela en Liverpool a cantarle a la Reina Isabel II en el Prince of Wales Theatre. Tras el quiebre de The Beatles revivió con Wings, y de tal manera llenaría estadios en cada esquina del mundo en la época que se nos ocurra; a la par, por si fuera poco, creó discos formidables cuya escuela y vara resultan determinantes. Aunque parezca que su influencia cada vez es menos profunda en las nuevas generaciones, la impronta de Macca es perceptible en la era del streaming.
El simple hecho de que siga haciendo canciones merece aplausos. Porque, además, regularmente se trata de buenas canciones. De hecho, en The Boys of Dungeon Lane tenemos el álbum más sólido del cantautor desde Chaos and Creation in the Backyard (2005). En dicha obra fungió como productor Nigel Godrich (Radiohead, Travis, Air); en esta ocasión Andrew Watt se encargó de ello, al lado de su artífice. El neoyorquino trabajó con Iggy Pop, los Rolling Stones y Ozzy Osbourne, aunque es posible que el de Liverpool lo haya elegido gracias a su labor con Miley Cirus, Justin Bieber y Lady Gaga. De pronto se nota bastante ese afán por emular pasajes del fallido New (2013), esas ganas por sonar en Radio Disney que alcanzaron un punto lamentable en 2015, cuando Macca se junto con Rihanna y Kanye West para interpretar “FourFiveSeconds”. “Ripples in a Pond” (incluida en éste, el disco coproducido con Watt) ejemplifica lo dicho: es el Paul a la Pixar, digamos. Pero, ¿cómo reclamarle si es el mismo que escribió “Love Me Do”? Retoza en su mercado natural, después de todo.

Un artista que desconoce el rendirse
El track abridor de The boys…, a contracorriente con lo mencionado, suena ambicioso. En “As You Lie There” resaltan cortes rítmicos y escalonadas armónicas aderezadas con guitarras en controlada distorsión. Muy al estilo Wings, recuerda un poco también ese discazo llamado Ram. Paul se las arregla para desgañitarse, yendo del susurro confidente y onírico al grito amplificado en medio de la multitud. Coloca también un puente de mosaicos multiformes, colorido, una de las firmas de casa. El autor se pregunta cuánto duran los recuerdos de un viejo amor, ¿para siempre? Y le hace al spoken word leve, reverberando su voz con una pregunta metafísica: As you lie across your bed, am I there inside your head? Do I ever cross your mind? A continuación, en “Lost Horizon” recobra los trucos estrenados en Flaming Pie (1997), ese feeling ocre.
En tal carril, el del sentir pardo, “Down South” es uno de los puntos cumbre de esta obra. Dos guitarras y voz, con eso basta, vámonos al sur. La crónica arranca con un camionero dando aventón en Chester Road, aunque en el camino se habla de un autobús mañanero y de dos tipos abordo, conociéndose ahí para hablar de los temas que jamás envejecen: guitarras y rocanrol. Esos dos sujetos son nada menos que Paul y George. Estremece escuchar. La simpleza avasalla. Y además acá la voz de Paul exuda sapiencia, vida. It was a good way to get to know you, a fine way to work it all out. It was a good way to get to know you, before we learned to twist and shout, se le oye cantar con un par de yeahs por ahí sueltos. El acento donde va, maestría. Y el track que sigue no se queda atrás.

“We Two” es una gema de brillo cálido. Tres puntos a resaltar en este caso: el oficio y talento del compositor y ejecutante y la excelencia del productor. Se continúa con la hondura de lo sencillo y entonces toman nota todos los exponentes del britpop y aquellos que anhelen tocar el corazón de sus escuchas cuando de hablar de amistad se trate. Si antes fue Harrison el invocado, acá Lennon fulgura. De alguna forma sentir este tema significa renovar los votos expuestos en “Two of Us” hace décadas en Let it be, y esa cinta andando hacia atrás, veloz al final del track, no ha de ser casualidad; tampoco que la que le preceda sea la mencionada “Down South”. En estas dos composiciones late el corazón del plato que aquí nos tiene. Y ambas cabrían en Flaming Pie sin esfuerzo alguno.
Flowers in the Dirt o quizá Off the Ground albergarían sin problema a “Never Know”. Si tenemos esto en cuenta es sencillo entender el papel que jugaron en su momento los diversos músicos que han acompañado a Paul en el estudio de grabación: sin duda todos han recibido instrucciones precisas, órdenes que hay que acatar —subrayemos que para The Boys of Dungeon Lane McCartney toca prácticamente todos los instrumentos que se escuchan—. Aunque es seguro que al que no le dieron instrucciones fue a Ringo Starr, con quien por primera vez Macca hace un dueto gracias a “Home to Us”. Tonada sin complicaciones dedicada a los barrios rudos donde ambos crecieron. Musicalmente, la canción le hace guiños a “Panic” de The Smiths y a “She´s Electric” de Oasis. Encima de todo, hallamos a dos viejos camaradas pasándola bien. Vivos de verdad, sin simulaciones.
Tras atender ecos de “Honey Pie” y “Your Mother Should Know” en “Life Can Be Hard”, en “First Star of the Night” Paul canta porque llueve, sabiendo que, sin remedio, el sol “terminará saliendo otra vez”. ¿De las más flojas del álbum? Es un decir. Pongamos aquí la voz de Harry Styles, por mencionar sólo un nombre, y tenemos un hit. “Salesman Saint” prosigue, anda con el dolor de sufrir en una época fría, dura. Se explica que no ha sido fácil seguir adelante, que no lo será jamás. Y así, escuchando a Paul hablar de la crudeza, se sabe por qué continúa haciendo música: el artista desconoce lo que significa rendirse. Para él hacer canciones simboliza el reto primordial de la vida porque es con ellas, sus silly love songs, que se abre camino en la oscuridad. De alguna forma, detener la pluma, silenciar la guitarra, sería darse por vencido.
Finalmente eso es justo lo que nos pide Paul a estas alturas de nuestras vidas: continuar, no rendirnos. Seguir adelante, aunque la voz se quiebre y los amigos partan, a pesar de que llueva y los amantes se vayan. Sostiene a la fecha el inglés el conjuro lanzado con “Hey Jude” intacto, eso de tomar una canción triste para mejorarla, aunque esta vez más allá de los ochenta años de edad. Nada permanece. Nada sigue igual. Nadie necesita llorar, canta en algún punto de “Days We Left Behind”. ¿Un hombre nostálgico alista la despedida? No: el artista que nos cantó que los adioses son holas, siempre que así queramos que sea, pasando lista, saludándonos otra vez. Aquí, en nuestros oídos. Vivo.

