Morphine construyó una ciudad nocturna hecha de saxofón, bajo y humo. Mark Sandman convirtió las historias de taxistas, prostitutas, timadores y corazones rotos en canciones que respiran jazz, deseo y asfalto. Tres décadas después, su música sigue iluminando la madrugada.


Ese disco llegó de la manera más cagada, cuando hojeaba una Eres en el baño. En la portada aparecía The Sacados con una pregunta: “¿Y tú… tienes personalidad?”. ¿Cómo tenerla si me creo todo lo que escriben en las reseñas de los discos? Imaginé cómo chingados debía sonar un trío con dos cuerdas de bajo, un saxofón barítono y una batería. Like Swimming (1997) de Morphine, según la crítica, mantenía un sonido tan masivo y magnético sin recurrir jamás a guitarras, Tan solo de pensarlo era ya un acto de fe. Me voló la cabeza. Ya los amaba sin siquiera haberlos escuchado. Eso, pensé antes de salir del sanitario, es personalidad.

Por varios días no se me fue de la cabeza la foto en miniatura de la portada: azul profundo y unas burbujas en el fondo. Morphine, me dije, yo sé que te idealizo como a cada una de las mujeres que se me cruzan en el camino. No he escuchado una rola tuya, pero sé que eres especial.

Esos días se convirtieron en semanas, hasta que un ex amigo y yo logramos juntar dinero para comprar el CD en Tower Records de Altavista. Lo tuvimos que pedir porque era de exportación. Ellos nos llamarían por teléfono cuando llegara. Y por fin ahí estaba, la portada azul, en el reverso tres tipos que no se les distinguía la cara. Uno, el de enmedio, vestía una camisa roja que contrastaba con todo. Su nombre era Mark Sandman, el del 2Strings Slide bass… que a decir de mi cuate, parecía más padrote que músico. Los otros dos: Billy Conway: drums, y Dana Colley: baritone sax. No pude resistirme, saqué el librito y en la contraportada decía “I love you i think two pump” o algo así como “Te amo, creo, un par de arrimones”, justo lo que me hacía sentir Tatiana, la de los pupilentes azules del 2.º “A”.

Morphine mantiene ese ADN existencialista y de realismo sucio heredado de la Generación Beat, recordándonos que el amor y la pérdida son juegos de azar que se cobran de madrugada.

Llegamos a casa y lo primero que sonó fue “Lilah”. No sabíamos si mentarles la madre a los de Eres o llorar, pero de la nada nos llegó un putazo en el estómago. Era un tarolazo con un saxofón que nos puso los pelos de los brazos de punta. En ese momento entendí lo que quisieron decir cuando escribieron que un sonido tan profundo no necesitaba de guitarras. Ya para “Early To Bed” no hubo vuelta atrás, me tenían en la bolsa. “Acostarse temprano y levantarse temprano solo hace que un hombre o una mujer se pierdan la vida nocturna”, eso nos aconsejaba Sandman mientras una línea de bajo distorsionada hiper-adictiva, un saxofón con tintes de jazz oscuro y un teclado juguetón con un estilo Prince, acompañaba al consejo.

Así transcurrieron un par de años. Ya no supe mucho de Morphine. No tenía el suficiente dinero para conseguir los demás discos. Me conformé con escuchar Like Swimming una y otra vez hasta que un genio inventó el formato MP3. Así conocí al “Mike”, un don que tenía un puesto en Tepito, sobre Eje 1, de pura música rara y difícil de conseguir. La primera vez que me paré en su negocio no podía creer que tuviera la discografía completa en un solo disco de Frank Zappa, los Talking HeadsThe SmithsEcho & the Bunnymen o los Dead Kennedys. Fue cuando el universo se transformó en miles de posibilidades para “democratizar” un poco la música. Ya no tenías que ser el hijo de algún gerente del radio para tener acceso a materiales increíbles o tener lana para viajar al “gabacho” y traer música chida. Un CD quemado de cincuenta varos haría que tu vida cambiara por completo.

Like Swimming (DreamWorks/Rykodisc, 1997), cuarto álbum de estudio de Morphine.

El Fin del Mundo como lo conocíamos

Era el 2000 y las profecías indicaban que el mundo colapsaría. Al final quizá las cosas no sucedieron como muchos creían, pero el universo sí sufrió un cambio irreversible. El mundo análogo comenzó a sucumbir ante el digital. Fue el fin del mundo como lo conocíamos. Y el amante de la suciedad nocturna, Sandman, se iba con él viejo milenio.

Pero, ¿cómo era aquel bajero de dos cuerdas? Siempre pensé que raspaba la noche con un fósforo húmedo y la obligaba a arder, lento. Fue el arquitecto del low-rock, un hombre que entendió que en un mundo saturado de ruido, el verdadero poder se esconde en el vacío, en el espacio que queda entre una nota y el silencio. Sandman habitaba el territorio de un filme noir, como un personaje más de Touch of Evil (1958) de Orson Welles o un enamorado en Double Indemnity (1944) de Billy Wilder. Su voz era un susurro de bar subterráneo a las tres de la mañana. Densa, sonaba como si hubiera fumado mil Delicados y bebido la última gota de bourbon de la botella.

Su genialidad radicó en la resta. Despojó al rock de la pirotecnia de guitarras eléctricas y armó un trío imposible. Su arma principal era un bajo Premier de solo dos cuerdas (a veces una sola), modificado por él mismo, que tocaba con un cuello de botella (slide) metálico. Al emparejar ese rugido grave y fangoso con los lamentos humeantes del sax de Dana Colley y la bataca de Billy Conway, Morphine no sonaba a rock alternativo de los noventa; sonaba a un callejón mojado por la lluvia donde las prostitutas le mienten a sus clientes.

No hay que buscar redención en el día, sino aprender a bailar en la penumbra parece gritar Morphine en cada nota durante su primera época; un mandato callejero que no es un truco estético, sino la última traducción musical de la mugre del asfalto. Al igual que Jack Kerouac, quien buscaba la iluminación en el ritmo sucio del jazz y la velocidad de la carretera.

Antes de la fama, Mark fue un vagabundo de la experiencia. Fue pescador en Alaska, albañil y, de manera más crucial, taxista nocturno en Boston. Sus gustos no venían de la academia, sino del asfalto. Le fascinaban las historias marginales, la fauna de la noche: amaba escuchar los secretos de los proxenetas, las prostitutas, los timadores y los corazones rotos que subían a su taxi. De ahí nacieron sus letras, que funcionaban como cuadros de realismo sucio a la Frank Miller. Odiaba dar entrevistas directas. Le gustaba inventar biografías falsas, sembrar pistas crípticas en las contraportadas de sus discos y mantener su vida privada bajo un velo de misterio absoluto.

Si la vida de Mark Sandman fue una sinfonía nocturna, su final fue el acorde más dramático, poético y doloroso del rock. El 3 de julio de 1999, bajo el cielo de Palestrina, Italia, Morphine se presentaba en el festival Nel Nome del Rock. Hacía un calor sofocante. En medio de la segunda canción, bajo los reflectores, Mark Sandman se desplomó sobre el escenario. Un ataque al corazón detuvo su pulso a los cuarenta y seis años de edad, de manera instantánea.

No hubo decadencia, ni hospitales, ni despedidas largas. Murió con el bajo entre las manos, en brazos de su música y frente a miles de personas que, por unos segundos, pensaron que aquello era parte del acto de un chamán de la noche. Se fue con un The Night (2000), el disco más hermoso de Morphine. Una carta de despedida que nos recuerda que, a veces, la oscuridad es el lugar más cálido para refugiarse.

The Night fue el último álbum de estudio de Mark Sandman. Se terminó de grabar y producir a principios del 99 en su estudio personal, Hi-N-Dry, tan solo unas semanas antes de partir a su gira europea. DreamWorks publicó el material de manera póstuma el 1 de febrero de 2000. Este disco sin duda fue el trabajo más ambicioso, complejo y nocturno de su carrera. A diferencia de la instrumentación minimalista de sus inicios, aquí sumaron pianos, órganos, un violonchelo y coros femeninos. Canciones como “The Night”, “Rope on Fire” y “Top Floor, Bottom Buzzer”, mostraron la evolución musical que Mark estaba alcanzando justo antes de partir.

Cure for pain (Rykodisc, 1993).

Aullidos de motel, testamento del perdedor

Me enteré a finales del 2001 del fallecimiento de Mark. Fue exactamente cuando su obra para mí cobró más sentido. La fragilidad de la muerte, la existencia misma y las infinitas posibilidades que te da un monstruo como la Ciudad de México, fueron el motor para ver con otros ojos Good (1992). Un disco debut donde la pieza clave que sostiene toda la arquitectura es el sax de Dana. Lejos de ser un adorno, es el motor que empuja al low-rock hacia su sonido más oscuro, jazzístico e intenso. Colley sopla el metal con una furia primitiva, transforma el instrumento en una distorsión que llena el vacío de las guitarras con el magnetismo decadente de la medianoche.

Justo en ésa época todo me parecía asqueroso: la gente que me rodeaba, los enamorados, hasta la güera que no me pelaba. Cure for Pain(1993) fue ése testamento del estoicismo cínico que todo perdedor necesita. Una ideología que aún no comprendía, pero que una década después cobraría todo el sentido. El disco funciona como una antología de personajes que operan bajo este mismo código de resistencia nocturna. En “Thursday”, los encuentros programados con una prostituta son un pacto de supervivencia mutua en un mundo violento. En “Candy” o “In Spite of Me”, Sandman explora la fragilidad de los vínculos humanos, dejando claro que el amor es un refugio temporal, una tregua hermosa pero condenada a desaparecer bajo el peso de nuestras propias cagadas.

No hay que buscar redención en el día, sino aprender a bailar en la penumbra parece gritar Morphine en cada nota durante su primera época; un mandato callejero que no es un truco estético, sino la última traducción musical de la mugre del asfalto. Al igual que Jack Kerouac, quien buscaba la iluminación en el ritmo sucio del jazz y la velocidad de la carretera, o William Burroughs y Allen Ginsberg, que bajaron a los callejones de la adicción y la marginalidad para sacarle poesía a la sordidez, Mark opera como el heredero bastardo de esa misma banda de desterrados.

Su obra no le rinde cuentas al mercado, sino al instinto de la crónica nocturna; es el diario de una generación rota que busca salvarse en moteles de mala muerte y encuentra el absoluto en el zumbido de un solo acorde. Morphine comparte con la literatura beat ese desprecio directo por la moral del día y la mentira del orden establecido. Para ellos, la calle no es un concepto intelectual, sino el único escenario honesto donde el arte puede desnudarse y sangrar sin pretensiones. Así, el metal herido del sax de Colley funciona como el aullido moderno de Ginsberg, y el minimalismo cínico de Sandman como la prosa fría de Burroughs, dejando claro que ante el asco del absurdo, la única rebelión que vale la pena se firma de madrugada, con el cuerpo jodido y el alma expuesta al frío del amanecer.

Por Tlalpan derecho hasta Candyland

Una década después aquí estaba de nuevo, solo que ahora con el peso de la mediana edad en el culo. Sin amor genuino, solo de renta. Aunque dicen los más viejos de la cantina, que no hay cariño más sincero que el de una mujerzuela detrás de tus pesos. Si bien ya habían pasado muchos años, el MP3 con la discografía de Morphine seguía intacto. Pero nunca había explorado Yes (1995), el tercer álbum de estudio donde el trío de Boston demuestra que el low-rock, además de musicalizar la melancolía, también funciona para desatar un peligroso y sudoroso frenesí nocturno.

En Yes, la instrumentación minimalista de la banda alcanza una tensión casi violenta. El sax de Dana deja de quejarse para empezar a morder, rugiendo con una distorsión abrasiva en cortes como “Honey White” (un viaje frenético sobre la adicción) y la implacable “Super Sex”. La batería de Billy Conway se vuelve un metrónomo salvaje que empuja el bajo de dos cuerdas de Mark hacia terrenos mucho más físicos y urgentes.

Líricamente, Sandman se aleja un poco del estoicismo contemplativo para convertirse en un narrador más cínico, directo y lúdico. Canciones como “I Had My Chance” o “Whisper” mantienen ese ADN existencialista y de realismo sucio heredado de la Generación Beat, recordándonos que el amor y la pérdida son juegos de azar que se cobran de madrugada. Sin embargo, el álbum respira un aire de victoria subterránea; es la banda sonora de los que ya aceptaron que están rotos y deciden celebrar su propia decadencia. Yes es el disco más enérgico, rítmico y electrizante de Morphine: un grito descarado que afirma que, incluso en el fondo del abismo, la porquería todavía nos pertenece.

Morphine, me dije, yo sé que te idealizo como a cada una de las mujeres que se me cruzan en el camino. No he escuchado una rola tuya, pero sé que eres especial.

Para ése entonces estaba enamorado de Candy, una morra flaquita que decía ser teen para que la contrataran más. Yo sabía que era mamá, aunque ella juraba que no tenía hijos. Me decía “amor”, “bebé”, “baby” y “mi cielo”. Las cuatro le salían a la perfección. Con ella me sentía especial aunque sabía que a todos les decía lo mismo. ¿Qué es más valiente, vivir engañado o en el engaño? Lo curioso en realidad es que por ella regresaba siempre a escuchar Cure for Pain. Me decía “pon mi canción, la de la puta aunque no lo sea”, mientras se metía dos rayas de caspa bien gordotas en cada hoyo de la nariz. Esa rola era “Candy”.

Por varios meses, siempre la veía en un motel de Tlalpan, ni muy raspa, ni muy popof. Lo cagado empezó cuando traduje la canción y en una parte decía “Candy me preguntó si en caso de morir podría seguir adelante, Por supuesto que dije que no, por supuesto sabíamos que eso estaba mal. Oh Candy, le dije Candy no puedes hacerme eso porque me quieres demasiado como para dejarme. Candy me dijo que me quería con ella en Candyland”.

Candyland es en realidad una metáfora del escape a través de las drogas o el submundo de la noche. El nombre “Candy” en la literatura de la contracultura (Lou Reed y The Velvet Underground) suele bautizar a personajes de la calle o de la vida nocturna transgénero/trabajadoras sexuales. Ahí estaba, enculado de una prostituta que le mostré lo más valioso, la suciedad de mis discos. Yo le creí que le gustaba Morphine, cada una de sus caricias, miradas y gestos. Al final regresó con su güey que la trataba mal, un vato piedroso que le mamaba el trap.


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