En 2012, el rap transitaba un cambio estructural: nuevos artistas saltaban de los mixtapes a las disqueras, mientras figuras consolidadas redefinían el alcance del género. Fue un momento pivote, en el que la industria musical del hip hop parecía girar con menor velocidad. Con The Game, Nicki Minaj, Killer Mike, Action Bronson y The Alchemist, Death Grips, Homeboy Sandman, Azealia Banks, TI, Kanye West y Gucci Mane, entre muchos otros, el sonido clásico se desplazaba entre una estética melódica, experimental y oscura, con el auge del trap y el R&B como motores de grandes hits.
Fue, además, el año en el que el holograma de Tupac irrumpió en Coachella, durante la presentación de Snoop Dogg y Dr. Dre. Movido por la innovación, Dre había pedido al estudio hollywoodense Digital Domain que “revivieran” a Tupac. El resultado marcó un hito y a partir de allí la tecnología digital pisaría el acelerador a fondo para llegar a lo que, poco más de una década después, es un común en la industria musical: la IA y la realidad virtual como productores de lo imposible: mejoras, retoques, músicos no-físicos y recreaciones ad nauseam.
Había otro diferenciador: los crews. Parte esencial del hip hop como cultura siempre ha sido la construcción de colectivos. Joey Bada$$ y compañía con su Pro Era, Frank Ocean y Tyler, the Creator con Odd Future, A$AP MOB (Rocky, Ferg, etc.) o bien Wiz Khalifa y LoLa Monroe con Taylor Gang (Or Die) convergían en un espíritu juvenil generacional de grupo de amigos haciendo lo suyo. Entre ellos, Kendrick Lamar, Schoolboy Q, Jay Rock y Ab-Soul coincidían en Black Hippy, el colectivo angelino dentro de Top Dawg Entertainment (TDE), que a inicio de aquel año lanzaban cosas nuevas a diario.
En ese vibrante entorno Good Kid, M.A.A.D. City emergió como una anomalía. El poderoso debut de Kendrick Lamar en una major —firmado con TDE bajo Interscope y Aftermath, el sello de Dre— sería un álbum maquetado con secuencia y concepto por parte del nativo de Compton. Antes conocido como K.Dot, ya construía un nombre a través de sus mixtapes y de su colectivo en el underground, con Section.80 como su debut independiente, con el cual pasaba de segunda a primera división en las ligas del rap. De hecho, Good Kid se gestó mientras Kendrick mantenía una intensa actividad, pues llevaba dos años de gira. Terrence “Punch” Henderson, presidente de TDE, se sorprendía de la concentración y fortaleza que mostraba, pues podía subirse a un avión, viajar a un show, componer una canción, regresar a casa, grabar y luego volar de nuevo.
Aunque se puede decir que todo comenzó cuando J. Cole, otra de las nuevas promesas, trabajaba con Dre y le sugirió que prestara atención a K.Dot, o bien cuando Kendrick puso sobre la mesa la cláusula innegociable de que él tendría el control creativo total, en realidad Good Kid, M.A.A.D. City existía antes de existir: “Es una dark movie en la que quería conectar con el espacio vital de mi adolescencia. Todo el mundo conoce al personaje, sí, pero tuvo que venir de un lugar, época y experiencias determinadas. Llevo años planeando esto, todo fue premeditado. Sabía qué decir y qué transmitir. Incluso tenía esa portada hace mucho tiempo, sabía que la iba a usar y que era la mejor descripción de lo que contaría. Ha sido un largo camino, pero ahora todo sale a la luz”, declaraba.
Con Good Kid, M.A.A.D. City Kendrick adquiere consciencia del peso que tiene como uno de los storytellers más agudos de la música popular. Y hace una demostración del nivel que alcanzaron sus habilidades: múltiples perspectivas, precisión emocional y un riguroso uso de la voz como un instrumento modulador de sensibilidades, velocidad y acentos.
Earl Stevens nos hizo pensar racionalmente
Así como Illmatic, el histórico debut de Nas de 1994 que se posicionó como uno de los álbumes más estudiados desde todas las esferas de la crítica cultural, dentro y fuera del hip hop, debido a su riqueza narrativa, musical y simbólica, Good Kid, M.A.A.D. City marca el disparo de salida de un contador de historias cuya ambición es elaborar intrincadas piezas, que se mueven entre su historia personal y comunitaria. Esto sin perder de vista el objetivo de conquistar los charts. La comparación no es gratuita cuando escuchamos la clásica línea de “Nunca duermo, porque el sueño es primo de la muerte”, que Nas plasma en “N.Y. State of Mind”, pero en boca de Kendrick para “Sing About Me, I’m Dying Of Thirst”.
Concebido como un “corto documental” desde el título de la portada, cuya letra caligrafió a mano Schoolboy Q, el hilo conductor del álbum sigue a K.Dot y su grupo de amigos durante una noche y un día entre calles, pandillas, amoríos, autos, robos y violencia. La narrativa es como la de una novela de iniciación o bildungsroman. En ese sentido, el álbum construye su épica a partir de la tensión que surge del intento de definir una identidad en un entorno hostil diseñado para destruirla. Nuestro antihéroe juvenil atraviesa su entorno, enfrenta sus límites y define su voz dentro del infortunio, tal como lo hace el personaje de El hombre invisible (1952), novela de Ralph Ellison que cimentó la literatura afroamericana de la posguerra.
“Es una dark movie en la que quería conectar con el espacio vital de mi adolescencia. Todo el mundo conoce al personaje, sí, pero tuvo que venir de un lugar, época y experiencias determinadas. Llevo años planeando esto, todo fue premeditado. Sabía qué decir y qué transmitir. Incluso tenía esa portada hace mucho tiempo, sabía que la iba a usar y que era la mejor descripción de lo que contaría. Ha sido un largo camino, pero ahora todo sale a la luz”, declaraba.
Así, Good Kid, M.A.A.D. City está inspirado en el hip hop de la Costa Oeste, la estructura no lineal de Pulp Fiction y la vida en Compton, donde las pandillas Crips y Bloods mantienen una disputa desde los años setenta. Recordemos que a los ocho años, Kendrick fue testigo de la filmación del video de “California Love” de Tupac y Dre, dirigido por Hype Williams. Hechos como éste marcaron su derrotero dentro de la tradición del West, de N.W.A. a Ice Cube y Death Row Records, al g-funk, el p-funk de George Clinton (Parliament-Funkadelic) y la Bahía de San Francisco con E-40, una de sus más grandes influencias y referencia en Good Kid, M.A.A.D. City. En “Money Trees”, junto con su colega Jay Rock, Kendrick dedica algunos versos a la leyenda de la Bahía de San Francisco. Comenzando con el shoot out al disco Charlie Hustle: The Blueprint of a Self-Made Millionaire, así como la mención del nombre de pila de E-40, Earl Stevens, quien “nos hizo pensar racionalmente”.
Por su parte, el nombre del proyecto expresa la bifurcación de ese buen chico en una ciudad infernal, mientras que el M.A.A.D. City a su vez funge como un doble acrónimo: My Angry Adolescence Divided (Mi adolescencia furiosa dividida) o My Angels Are on Angel Dust (Mis ángeles están bajo los efectos del polvo de ángel), que alude a una experiencia traumática en la que la mariguana que consumía con sus amigos fue adulterada secretamente con PCP, también conocido como “Polvo de ángel”. Se trata de la fenciclidina, una potente droga disociativa de diseño, altamente neurotóxica y alucinógena.

Canta sobre mí, me muero de sed
La estructura fragmentada del álbum está basada en eventos reales de 2004. La historia inicia cuando K.Dot toma la Van de su mamá —una Chrysler Town & Country 1996, cuya foto es la portada del álbum deluxe— “sólo por quince minutos” para ir a ver a su novia Sherane en un barrio rival. Allí, es interceptado y golpeado por los primos de ella. De regreso con sus amigos, el disco avanza y retrocede entre fiesta, freestyles, consumo de drogas y la presión colectiva que deriva en el robo de una casa habitación supuestamente vacía.
Los skits, los personajes (incluídos los padres de K.Dot) y la secuenciación articulan un tour de force donde cada escena empuja la siguiente de manera orgánica. De ahí la importancia de, más allá de alterar el orden de los tracks para que la historia sea lineal, escuchar cada canción como una escena de acción, drama, persecuciones, amor, narcosis y violencia. Muy a la The Wire, la potente serie de David Simon en HBO que hace un retrato crudo e hiperrealista de los bajos fondos de Baltimore, y que funge como una obra visual “paralela” a Good Kid.
El punto de no retorno llega cuando en una balacera irrumpe entre el grupo al final de “Swimming Pools (Drank)“. Los primos de Sherane disparan a quemarropa al grupo de K.Dot, quienes buscaban venganza por la paliza inicial que le dieron a su homie, y matan a Dave. En este momento la experiencia se reorganiza desde la conciencia espiritual: “Señor Dios, vengo a ti como pecador”. K.Dot se reconoce, comprende su entorno, su voz y su lugar en la comunidad. Ahí es cuando Good Kid, M.A.A.D. City se desplaza hacia la memoria, la fe y la escritura, donde su rap funciona como registro de lo vivido y como forma de convertir esas experiencias en significado, tanto propio como colectivo.
Si bien la mencionada “Money Trees”, así como “Bitch, Don’t Kill My Vibe” se convierten en hits inmediatos, “Sing About Me, I’m Dying of Thirst” concentra uno de los momentos más profundos de la conversión o el relato iniciático: Kendrick deja de hablar solo por sí mismo y presta su voz a otros personajes, como al hermano de Dave, quien le agradece por sostenerlo entre sus brazos antes de morir, y le pide que no olvide contar su historia cuando sea famoso, antes de que él mismo muera a tiros también. O a una prostituta hermana de una chica retratada en Section.80, que cuestiona su representación y exige no ser exhibida de la misma manera.
El disco marca un punto de inflexión, al reintroducir el relato largo y ampliar lo que el género puede sostener dentro del circuito comercial, como un Caballo de Troya, poniendo al día lo mejor de la tradición de la música afroamericana y dando un salto hacia el futuro.
Para este momento Kendrick adquiere consciencia del peso que tiene como uno de los storytellers más agudos de la música popular. Y hace una demostración del nivel que alcanzaron sus habilidades: múltiples perspectivas, precisión emocional y un riguroso uso de la voz como un instrumento modulador de sensibilidades, velocidad, estilos y acentos.
El Caballo de Troya del rap moderno
En la producción hay bajos profundos, sintetizadores g-funk, líneas de jazz y arreglos de soul que respiran por sí mismos; beats que cambian de forma, se detienen o se abren según lo que el relato necesita. El resultado es un sonido que remite a Compton de noche: tenso, áspero, con recovecos donde todo puede pasar. Con ello Kendrick actualiza ese sonido gangsta del West Coast que aludimos antes, sin recurrir a las trampas de la nostalgia: en realidad toma su ADN —groove, bajo, cadencia— y lo traduce a una estética más interior, emocional, con énfasis en la atmósfera.
Sounwave, Scoop DeVille, Just Blaze, Dre, Pharrell Williams, Hit-Boy, Pac Div, Terrace Martin, DJ Dahi y T-Minus (entre otros) trabajaron bajo esa dirección, con un MC que no sólo rapeó, sino que co dirigió, ajustó y moldeó cada decisión dentro del conjunto. Sirva esta declaración de “Punch” Henderson acerca de “Bitch, Don’t Kill My Vibe” para ilustrarlo: “No sé quién de los dos encontró el sample, pero Kendrick y Sounwave trabajaban tan estrechamente que en ocasiones parecía que fuera la misma persona”.

Good Kid funciona también como una antesala que establece el método que más tarde expandirá en la complejidad cultural de To Pimp a Butterfly y encontrará validación institucional con el Pulitzer por el también autobiográfico, DAMN. Lo dijo Pharrell antes del lanzamiento: “Kendrick es el Bob Dylan negro. Es el MC más fenomenal y Good Kid cambiará por completo el rumbo del hip hop. Es la mierda más poética y honesta. Nos está dando canciones de rap llenas de esperanza”. Después de todo, como reza el coro de “Money Trees”, se trata de comprender que, aunque todo el mundo respeta al tirador, quien está frente al arma vivirá para siempre.
Casi desde su lanzamiento, Good Kid, M.A.A.D. City se consolidó como un clásico instantáneo que redefinió el rap mainstream. Su densidad lírica, intrincada estructura y ambición sonora lo ponen entre los debuts más influyentes de la historia. El disco marca un punto de inflexión, al reintroducir el relato largo y ampliar lo que el género puede sostener dentro del circuito comercial, como un Caballo de Troya, poniendo al día lo mejor de la tradición de la música afroamericana y dando un salto hacia el futuro.

