D’Angelo excavó en las raíces del soul, el gospel, el funk y el hip hop para reinventar el lenguaje de la música negra contemporánea. Entre ‘Brown Sugar’, ‘Voodoo’ y ‘Black Messiah’ construyó una obra visionaria que sigue marcando el pulso de generaciones enteras de artistas y productores.

D’Angelo


La irrupción de un personaje como D’Angelo fue tan inusual que descolocó a más de un crítico en su momento. Hablamos de un tipo cuya figura, tan enigmática, puede llegar a opacar la percepción sobre la verdadera potencia de su legado musical.

Ya sea por la complejidad de su personalidad o por las pausas que lo mantuvieron lejos de los estudios de grabación y sobre todo de los reflectores —aunque muchas otras peligrosamente cerca del fuego—, su obra musical fue auténticamente aquilatada a nivel de culto. No sucedió igual en algunos circuitos masivos, en los que paradójicamente su nombre fue explotado de manera vaporosa: se le relacionó con una figura de un artista pop, cercano al R&B, de manufactura más sintética, que utilizó a nombres como Boyz II Men, Brandy o TLC para posicionarse en los charts.

Pero la realidad es distinta. Hablamos de un artista que exploró a profundidad sus propias raíces hasta transgredirlas y elevarlas con tal nivel de maestría, que nunca dejó de ser congruente con las exigencias de su propia época. Al punto de construir un código que sentó las bases de muchas de las propuestas que escuchamos actualmente asociadas a la música soul, por lo que reducir el impacto de D’Angelo en el mundo al mote de “Padre del neo soul” le queda francamente corto.

El legado de D’Angelo queda como un referente que entendió la urgencia que tenía su generación por reinventar su propio universo a través del beat, pero lo hizo bajo sus propios estándares artísticos, rindiendo tributo a los que estuvieron antes que él, para entonces proponer una visión hacia el futuro con mucho más esencia y una carga discursiva de peso. 

Michael Eugene Archer nació en el Southside de Richmond, Virginia, prácticamente pegado a un piano en febrero del ‘74. Fue hijo de una pareja de predicadores de la iglesia pentecostal, por lo que su desayuno dominical incluía porciones de gospel tan vastas que rayaban en lo insano. Envuelto en aquel ambiente, su padre lo ponía a tocar para la iglesia desde pequeño. Pocos artistas portan tal precocidad, menos aún si pensamos que en su caso eran guiños de un virtuosismo que iba de la mano de una extrema sensibilidad.

Debido a esto, uno de los tormentos que le acechó durante su vida adulta fue precisamente esa relación tan estrecha que tuvo con la religión desde que era niño; mientras que su sensibilidad a menudo lo llevaría a cargarse hacia el lado oscuro de la vida.

Como sea, el de Richmond era portador de habilidades de producción y performativas que saltaban inmediatamente a la vista. Es popular el recuerdo de aquella presentación durante una “Noche de talentos” en el Teatro Apollo de Nueva York, en la que eligió cantar “Rub You the Right Way” de Johnny Gill para salir airoso. Esto con apenas dieciséis años a cuestas y frente a un público complicado que rechazaba cualquier expresión relacionada con el gospel, el soul o todo tipo de música sureña.


D’Angelo tocando en el Teatro Regal de Chicago en 1995 | Fotografía: Raymond Boyd/Getty Images.

Prototipo de un alma (vieja) renacentista

Más allá del talento, lo que realmente coloca a la figura de D’Angelo en un cajón aún más interesante, es el hecho de que nació siendo un old soul o alma vieja, con un interés por explorar la música de raíz que escuchaba en casa y que lo llevaba al orígen de una identidad que nunca se cansó de indagar. Marvin Gaye, Ray Charles, Stevie Wonder, Sly and the Family Stone, Curtis Mayfield, Otis Redding o Al Green; además de James Brown o Prince, eran habituales en sus bocinas: la quintaesencia de la música negra.

Aquellas influencias fueron clave para que Archer llevara a su personaje a estirar las posibilidades convencionales del pop. Aunado a ello, él mismo compartía el tiempo y el espacio con un universo que desde el epicentro de la música afroamericana rebasaba los bordes sonoros para expandirlos más allá de lo que ocurría en las marquesinas.

Mientras trabajaba en su debut, Brown Sugar (1995), nombres como Nas, Wu-Tang Clan o las disqueras Bad Boy y Death Row Records dominaban la cultura hip hop, misma que a su vez se apoderaba con una autoridad cada vez más visible de los escenarios musicales globales. D’Angelo, con un aspecto físico que respondía a la estética gangsta del momento, era complicado de encasillar, porque musicalmente sonaba melódico, pegadizo y romántico. Muy rapero para los románticos y demasiado romántico para los raperos, sobre todo si tomamos en cuenta que en aquella época la estética del rap predominante respondía a una defensa de principios vinculados con la calle, la violencia y una filosofía que aún predomina en el epicentro de la cultura, que es el mantenerlo real.

En su libro Hip-Hop Is History (Auwa, 2024), Ahmir Khalib Thompson a.k.a. Questlove, baterista del grupo The Roots y una figura fundamental en la carrera de D’Angelo, desarrolla la “Teoría de los cinco años”. En ella argumenta que los ciclos determinantes para un movimiento tan influyente para la cultura pop como lo es el hip hop, suceden en esa cantidad de años a partir del tipo de droga que se consume en determinada era.

Bajo esa premisa, D’Angelo resulta ser uno de los prototipos exactos de lo que el autor denomina como “Período Renacentista” del hip hop. Es decir, la era de 1992 a 1997, la cuál se define por el consumo predominante de la mariguana y por haber sido construida por personas que excavaron apasionadamente en las colecciones de discos de soul, jazz y funk de sus padres para después crear un sonido renovado, con beats más complejos y propositivos frente a los sonidos que se hacían en una era previa dentro de la cultura hip hop. Estamos hablando de gigantes como DJ Premier, Pete Rock, Q-Tip o el propio Ali Shaheed Muhammad de A Tribe Called Quest.

Así, la génesis de Brown Sugar sucede bajo un método que curiosamente hoy en día es muy común o incluso predominante en la industria, que es el de hacer canciones de dormitorio; es decir, con un estudio improvisado de manera casera, regularmente acompañado por un MPC o una caja de ritmos, y con la que se componía manera íntima, algo que en aquellos años no era tan común por lo complicado de acceder a un equipo de producción más complejo en casa. Recordemos que D’Angelo tenía acceso a un piano en casa desde temprana edad. Lo que sucede en Brown Sugar, además de la amplia revisión sonora que ya tenía D’Angelo sobre las raíces musicales del soul, es que toma una decisión determinante gracias a la intuición y al impulso que tenía de llevar hacia adelante la música de la que formaba parte. Eligió a Ali Shaheed, una de sus mayores influencias contemporáneas, para trabajar en la producción, junto a nombres como Bob Power, Raphael Saadiq de Tony! Toni! Toné!, y a su entonces pareja Angie Stone.

Más allá del aporte fundamental de ‘Voodoo’, el álbum logró posicionarse muy bien a nivel comercial, ganador del Grammy a Mejor Álbum de R&B y Mejor Interpretación Vocal R&B Masculina por “Untitled (How Does It Feel)”, el impacto fue inevitable y las consecuencias de ese impacto también lo fueron para D’Angelo.

El momento feliz sucedió cuando Ali Shaheed metió accidentalmente un pequeño glitch en el beat, que a D’Angelo le pareció irrelevante de corregir en el momento, pero que posteriormente fue el elemento que le dio personalidad a la canción homónima del disco, la cual fue grabada en veinte minutos. Ese glitch o pequeño resbalón en el tiempo del beat, provocó una ligera síncopa que por un lado imprimió originalidad al ritmo, pero por el otro dialogó con un estilo de beat que definiría lo que vendría y que poco tiempo después fue perfeccionado por uno de los genios más influyentes de aquella generación: J Dilla.

Voodoo, el punto de no retorno

La leyenda dice que todo comenzó cuando Questlove, quien había declinado trabajar en Brown Sugar arguyendo intereses estéticos —simplemente le cagaba el R&B—, recibió en sus propias manos el álbum debut del de Richmond durante los The Source Awards de 1995 en Nueva York. Aquel mítico momento sucedió en medio de la “Guerra de costas” y todo estuvo a punto de irse a la mierda, según palabras del propio Questlove. Basta recordar el drama y las indirectas que lanzó Suge Knight a P. Diddy esa noche.

El baterista de The Roots terminó por escuchar Brown Sugar en ese momento simbólico en el que para él, el hip hop estaba apunto de morir. Entonces sucedió algo que cambiaría la historia de la música para siempre. Questlove buscó de inmediato a D’Angelo para trabajar con él en su segundo álbum, pues encuentra en su propuesta un atisbo de esperanza para el futuro del hip hop. Más allá de la licencia poética del relato, lo que sucede es un momento fundacional para una cultura que estaba a punto de reinventarse a sí misma a través del nacimiento de The Soulquarians.

Voodoo (2000), Virgin.

Música negra all stars

Fundado por el propio Questlove, D’Angelo, James Poyser y J Dilla, este colectivo redefinió toda una era musical desde Electric Lady Studios, el lugar que eligió D’Angelo para trabajar en Voodoo, su segundo álbum. Se decantó por el mítico estudio solo para utilizar el mismo piano con el que Stevie Wonder grabó Music of my mind y Talking Book.

Las sesiones de grabación de Voodoo, que iniciaron en 1996, fueron probablemente el laboratorio musical más influyente de la música negra de finales de siglo. Si bien Voodoo vió la luz hasta enero del año 2000, en ese periodo, por los diferentes cuartos de Electric Lady pasaba gente como Common, Mos Def, Talib Kweli, Erykah Badu, Q Tip y un largo etcétera. Nombres que se afiliaron a un sonido específico elaborado allí, en tiempo real, por los magos del soul de la nueva era, para cada una de sus producciones.

La construcción de Voodoo y todo lo que sucedió en esas sesiones es simplemente irrepetible. La magia surgió a partir de la exploración musical de D’Angelo y el aporte análogo de Questlove, quienes reproducían meticulosamente los mejores breaks de la música que diggeaban en discos viejos. A este ejercicio de escucha y selección se sumaron músicos de jam gigantescos de la talla de Pino Palladino (bajo) y Roy Hargrove (trompeta). Lo que trataban era de emular ese beat “imperfecto” que ya se dibujaba desde Brown Sugar, para lograr exactamente el sonido que buscaban. Un beat “arrastrado” y “sucio”, creado con el instrumento que revolucionó distintas eras del hip hop y que alcanza su maestría en este periodo, el Akai MPC 3000, el santo grial de los MPC’s, que permitía seccionar los breaks y manipularlos con mayor agilidad. Este elemento además, facilitaba que los versos se hicieran con barras más cortas, de 8 o 4 líneas, en lugar de las clásicas 16 del rap de la era dorada. Algo que significó una auténtica revolución musical.

La mejor guía que tuvieron para conseguirlo fue J Dilla, la leyenda de Detroit, quien fue el encargado de perfeccionar ese “beat arrastrado”, con guiños LoFi, imperfecto, que redefinió el sonido de la generación y hasta la fecha es la mayor influencia para muchos de los productores actuales al permitir fusionar el mundo análogo con el digital. El también llamado Dilla Sound, junto a la intuición, el oído y el acercamiento orgánico de D’Angelo y Questlove a la música, son la base de una de las obras que han influído a la cultura pop contemporánea de manera más potente y que paradójicamente es una de las más infravaloradas por el gran público. 

El resultado es una obra maestra, de una exquisitez irrepetible, capaz de sumergirte en una atmósfera entre psicodélica y acuosa, pero sobre todo profundamente sexy. Todo lo delicioso que sucede mientras se derrite el hielo de tu whisky en las rocas. 

El regreso del Black Messiah 

Más allá del aporte fundamental de Voodoo, el álbum logró posicionarse muy bien a nivel comercial, ganador del Grammy a Mejor Álbum de R&B y Mejor Interpretación Vocal R&B Masculina por “Untitled (How Does It Feel)”, el impacto fue inevitable y las consecuencias de ese impacto también lo fueron para D’Angelo.

No es común hacer una pausa de catorce años para lanzar un álbum nuevo. Aunque lo de tomarse su tiempo ya lo habíamos visto previamente con el de Richmond con el lustro que pasó desde Brown Sugar y Voodoo, la realidad es que las consecuencias de estar en el ojo público y haber hecho un video como el de “Untitled”, en el que su imagen era hipersexualizada, fueron demasiado. Con una tendencia depresiva y una personalidad que se viraba por largos periodos hacia el lado oscuro, D’Angelo se desencanta del mundo musical al punto de hacer una pausa que se sintió interminable.

Lo que realmente colocaba la figura del originario de Richmond Virginia en un cajón aún más interesante, más allá del talento, era que por decreto nació siendo un old soul o un alma vieja, con un interés innato por explorar la música de raíz que escuchaban en casa y que lo llevaba al orígen de una identidad a la que nunca se cansó de explorar más allá de los bordes.

Su regreso en 2014 con Black Messiah no fue menor. Para hacer el álbum final de su carrera, D’Angelo optó por ir más allá (nada nuevo en él) y cambiar de instrumento principal. Decidió tocar la guitarra en lugar del piano para abrevar del lado más blusero de su influencias. Con Prince como principal referente, el resultado es un álbum con la misma esencia que lleva la exploración al límite y construye un sonido único. Sin embargo, para cuando llegó en 2014, la industria musical ya no era la misma de principios de siglo y la velocidad con la que se consumían las propuestas artísticas era muy distinta a las de los noventa. Es por ello que su impacto fue mediáticamente más moderado, aunque artísticamente sea tarea de mayor exigencia para los escuchas más pacientes. 

El legado de D’Angelo queda como un referente que entendió la urgencia que tenía su generación por reinventar su propio universo a través del beat, pero lo hizo bajo sus propios estándares artísticos, rindiendo tributo a los que estuvieron antes que él, para entonces proponer una visión hacia el futuro con mucho más esencia y una carga discursiva de peso.

Descanse en poder esa alma vieja que nunca dejó de mirar hacia el futuro.  


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