Más de cuatro décadas después los Violent Femmes siguen siendo una pregunta sin respuesta: no porque sean misteriosos sino porque son inclasificables de una manera que el tiempo no ha simplificado.

Violent Femmes


Hay grupos que llegan al mundo con un sonido no previsto. No porque sean adelantados a su tiempo, ni porque hayan descubierto algo. Violent Femmes es ese tipo de banda. La que nadie pidió, pero ya nadie puede ni quiere devolver.

Milwaukee, la ciudad de la cerveza e inviernos brutales es el escenario que vio surgir a Gordon Gano con una guitarra acústica, una voz que sonaba como si le doliera existir y un cargamento de canciones sobre deseo, culpa y Dios. Brian Ritchie llegó con un bajo acústico y Victor DeLorenzo con una batería minimalista.

Un día de 1981 cuando los tres tocaban en una banqueta afuera del Oriental Theatre los vio Chrissie Hynde, vocalista de The Pretenders, que esa noche daba un concierto justamente en Oriental Theatre y los invitó a abrir el show. Así, sin demo, sin mánager, sin contrato, los Violent Femmes tocaron su primer concierto en un escenario hecho y derecho. 

La crítica no supo bien qué hacer con ellos. ¿Folk punk? ¿Post punk acústico? ¿Alternativo? o ¿Country punk?…

Hay grupos que definen una época. Y hay grupos que la adolescencia como condición permanente, el deseo como condena, la fe como herida abierta que nunca termina de cerrar del todo. Los Violent Femmes son de los segundos.

La guitarra acústica de Gano tiene algo de salmo y algo de alarido. El bajo acústico de Ritchie camina con una soltura que intimida, capaz de sostener una canción entera. La batería de DeLorenzo construye ritmos que parecen improvisados, pero que en realidad están perfectamente calculados. 

En 1983 salió su álbum debut homónimo, mismo que se convirtió en uno de los discos más influyentes de la década sin haber entrado al top 200 del Billboard en su momento de lanzamiento. 

“Blister in the Sun” abre el disco con un riff que basta escuchar una vez para que lo recuerdes toda la vida. No hay un solo tema en ese disco que no haya sido cantado a gritos por alguien que necesitaba hacerlo. Ese es el alcance real de Violent Femmes: no el que miden las listas, sino el que se mide en la liberación de gritos reprimidos, en audífonos a todo volumen, en letras que certifican que alguien más ya sintió o pensó lo mismo que tú, pero años antes.

La fe como herida abierta

Gordon Gano creció en una familia bautista. Su padre era pastor. Eso no es un dato menor en la biografía de los Violent Femmes, sino todo lo contrario, es la grieta por donde entró la materia prima que conforma sus canciones. La tensión entre fe y carne, entre lo que se desea y lo que se condena, entre el rezo y el impulso, recorre su catálogo como una fiebre que nunca termina de bajar.

Ejemplos hay muchos: “Jesus Walking on the Water”, “Good Feeling” o “Country Death Song”. Gano procesa la religión como herida. Y las heridas bien trabajadas producen arte que no caduca.

Ritchie, por su parte, nunca fue el bajista que la gente señala por no estar presente. Intelectual declarado, viajero, músico que exploró el jazz, la música africana y el noise con la misma curiosidad sin jerarquías, su presencia en la banda siempre fue la de un contrapeso.

Los Violent Femmes nunca tuvieron el éxito masivo de sus contemporáneos. No llenaron estadios en su momento de mayor visibilidad. No aparecieron en portadas de revistas, pero su disco debut lleva más de diez millones de copias vendidas por alguien que dijo “tienes que escuchar esto”. Ese es el tipo de popularidad que no genera portadas, pero sí permanencia.

Su influencia está en Nirvana, que los citó como referencia. Está en Beck, en los primeros años acústicos. Está en cualquier artista que entendió que la fragilidad no es un defecto sino una decisión estética. Los Violent Femmes demostraron que no necesitas amplificadores para hacer ruido. Que lo más perturbador puede venir sin electricidad.

Así, sin demo, sin mánager, sin contrato, los Violent Femmes tocaron su primer concierto en un escenario hecho y derecho. La crítica no supo bien qué hacer con ellos. ¿Folk punk? ¿Post punk acústico? ¿Alternativo? o ¿Country punk?…

Han tenido rupturas, reuniones, tensiones legales entre Gano y Ritchie que en algún momento parecieron definitivas. DeLorenzo salió, volvió en partes, dejó su marca de todas formas. La banda sobrevivió a sí misma varias veces, como suelen hacer las cosas que no tienen un plan de negocios detrás sino una necesidad genuina de existir.

Gordon Gano, Brian Ritchie y Victor DeLorenzo | Fotografía: Official Violent Femmes

Amalgama de lo que no funciona separado

Más de cuatro décadas después de aquella banqueta en Milwaukee, los Violent Femmes siguen siendo una pregunta sin respuesta. No porque sean misteriosos sino porque son inclasificables de una manera que el tiempo no ha simplificado. Siguen el sonido exacto de querer algo que no sabes nombrar.

Hay grupos que definen una época. Y hay grupos que la adolescencia como condición permanente, el deseo como condena, la fe como herida abierta que nunca termina de cerrar del todo. Los Violent Femmes son de los segundos.

¿Qué tocan los Violent Femmes? Todo lo que no parecía que no funcionaría junto. Y por eso no se pueden dejar de escuchar.


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