En ‘Norteña. Memorias del comienzo’ (2026), Julieta Venegas cuenta una historia de formación marcada por el norte de México: la frontera, la familia, los desplazamientos y la sensación de crecer en un entorno atravesado por tensiones culturales y sociales. Publicamos este adelanto cortesía de Editorial Almadía.


Tijuana

El avión llega a tiempo a destino y, por suerte, las maletas no se perdieron en el viaje. Aterrizamos casi al mediodía, con el hambre justa para ir directo a comer. En cuanto pisamos Tijuana, siento cómo se me hace agua la boca. Ya estoy imaginando el ácido, lo salado, lo picoso, junto a la voz de mi madre y el abrazo de mi padre. Lo familiar de los sabores, tan cercanos como sus voces saludándonos.

Viajamos mucho para llegar, pero en cuanto salimos del aeropuerto, siento que todo ha sido más rápido, como si nos hubiésemos teletransportado. Ya descansaremos mañana, pienso, aunque sé que el cambio de horario me hará abrir los ojos antes de lo deseado. Y que parte de las vacaciones son esas mañanas silenciosas, con la familia durmiendo, el aroma a café y la lectura.

Crecer en Tijuana es hacerlo en dos lugares a la vez. Ahí, en la frontera entre México y Estados Unidos. Si se pone el dedo en el mapa de México, hay que ir hasta la punta más alta del noroeste para tocarla. Esa línea que separa los dos países es el punto exacto en donde crecí, en donde toda mi familia ha hecho su vida.

Muchas veces me he preguntado si Tijuana es siempre el mismo lugar. Un lugar que me llama cuando sueño. Saboreo sus comidas, el acento de mi madre, de mis tías, el polvo que se ve por sus esquinas, las huellas de su uso y de su abandono. Y me encuentro con que después de irme, cuando pienso en mi lugar –¿cuál es ese lugar?– siempre imagino esta ciudad.

Después de comer nos dirigimos a la garita internacional, el puerto de cruce para entrar a Estados Unidos, para hacer la cola a veces infinita. Hay que esperar con paciencia y pasaporte en mano para cuando llegue nuestro turno. Hay que tener muy claro lo que vamos a responder. Las preguntas son cortas y concisas, no hay lo que se llama small talk, nada de charla casual. En esa cola esperan miles de personas cada día. Hay vendedores ambulantes que traen de todo y, mientras esperamos, nos reímos de las figuras de yeso: los Jesucristos extraños, los políticos en caricatura, los animales, los calendarios aztecas. También venden cobijas, ponchos, botanas, bebidas, revistas, autopartes. Hay un señor con una bocina gigante que canta José José sobre una pista llena de efectos y hasta le entra a alguna ranchera de moda. La garita es un micromundo con su propia dinámica. La espera puede durar desde veinte minutos hasta unas tres horas. Lo mejor es calcular bien, preguntar a la familia, buscar en la radio cuál es el tiempo de espera antes de llegar, porque una vez ahí, ya solo se puede respirar y sacar toda la paciencia que se tiene guardada.

Toca poner atención, porque da coraje cuando otro auto se nos cuela. Todos aceleran con ansiedad para que no les saquen el lugar o, peor, que los dejen sin línea. Queremos gritarles sin que nos vea el poli gringo, pero también queremos ir platicando del día, contando anécdotas, escuchando música. Hay todo tipo de autos y de personas, muchachas solas, familias, señores, caras de ansiedad, de aburrimiento, miradas perdidas por ir pensando en otra cosa, gente que habla por teléfono, gente que come helado, papitas, quizás hasta una torta o un sándwich. La vida cotidiana sucediendo en esas horas de espera, una espera a la que nos acostumbramos y es parte natural de nuestros días. Good afternoon, sir, no traemos nada, vamos a casa de mi madre. Abrimos la cajuela si lo pide, le damos las gracias, pasamos.

Al cruzar entramos directo a la carretera, toda lisa y perfecta, sin personas ni naturaleza, sin música ni comida. Ahí se acaba la fiesta.

El otro Lado

Desde chica me acostumbré a las esperas para cruzar. Nunca faltaban razones tontas o importantes: buenas ocasiones o excusas para ir al otro lado, a trabajar, a la escuela, a un concierto que no me podía perder. Con mi familia vivimos de los dos lados siempre: independientemente de dónde estaba nuestra casa, se extendía hacia los dos lados de esa línea sin importar dónde dormíamos.

¿Dónde vivir?

Esa lucha entre papá y mamá seguramente empezó mucho antes de que apareciéramos los hijos. Fue un tironeo constante, que nos llevó durante nuestra infancia a mudarnos a diferentes zonas de uno y otro lado de la línea. Alguna vez conté siete veces. Después dejé de hacerlo. Vivimos en un departamento en una zona inclinada, había que subir mucho para llegar, como si estuviéramos arriba del mundo, y en donde entraron a robar una vez, durante la noche, mientras dormíamos, y hasta nos rompieron nuestras tontas alcancías. No nos enteramos de nada. Despertamos a la mañana siguiente y descubrimos que alguien había registrado nuestras habitaciones. Durante un tiempo sentimos que algo muy grave había pasado, aunque no entendíamos muy bien qué.

Desde ese edificio, una vez mi hermana gemela y yo, a los siete años, nos escapamos y fuimos caminando solas hasta el estudio a buscar a mis padres. Ellos trabajaban ahí todo el día, y nosotros la pasábamos con nanas que nos cuidaban o, mejor dicho, que hacían lo que podían. En esa época éramos cuatro, mi hermano mayor y las tres hermanas, todos igual de necesitados de atención, pequeñas bombas de tiempo dando vueltas encerrados sin cosa que hacer.

La nana que teníamos nos regañaba mucho, tanto que empezamos a temerle. Con esa excusa nos escapamos. Fue una aventura enorme para nosotras. Esa caminata, más larga de lo que habíamos pensado, tomadas de la mano, fue algo inolvidable para dos niñas que no tenían idea de cómo poner en palabras lo que sentían. Le teníamos más miedo a una nana que a los peligros que pudiésemos encontrar en el camino.

Después nos fuimos a una casa que mis padres imaginaron desde sus cimientos. La trabajaron con un arquitecto pensando en nuestras celebraciones, en los días aburridos, en los domingos familiares, en las comilonas y, además, en que estuviera a corta distancia de los colegios. Una casa con un centro redondo, una escalera de caracol que subía hacia una terraza enorme, a la cual nos mudamos antes de que terminaran de ponerle las ventanas por la urgencia de pasar la primera Navidad ahí. Recuerdo haber bailado en fiestas y reuniones. Aunque nos moríamos de vergüenza, mi padre nos pedía tocar para sus amigos: veíamos las caras expectantes, como si tuviéramos que demostrar algo. También fue en esa casa cuando un día él me dijo: “El piano es tuyo”.

El último departamento donde viví con mi familia estaba en la zona del Río, muy cerca de la línea del lado mexicano, en uno de varios edificios de color café con leche. Un grupo de ocho condominios opacos que hasta hoy siguen exactamente del mismo color. Desde lejos parecen algo que se comió la ciudad, como si no pertenecieran al lugar: son una mancha en el paisaje que podría ser de oficinas o algún edificio burocrático. Desde ahí íbamos, ya adolescentes, a ver conciertos al Centro Cultural y al Iguanas. Esos shows marcaron mi adolescencia porque se presentaban todo tipo de artistas, desde Mano Negra hasta Sugarcubes. Los recuerdo como un premio, una gran salida con mis amigos. La ventaja de la cercanía era no tener que pedir permiso ni planearlo demasiado. Al terminar la noche caminaba hasta mi casa y, al llegar, no tenía que explicar dónde había estado.

Tijuana es vertiginosa, sus cambios y movimientos nunca se detienen, ha vivido en metamorfosis desde que tengo memoria. Un barrio que apareció de repente, los restaurantes, la ciudad creciendo en todas las direcciones. Pero algo queda de eso que fuimos tanto ella como yo. Algo queda.

Afuera de esos edificios cafés, una noche mi padre nos encontró a mi hermana y a mí besando a nuestros novios, en el auto de uno de ellos. Una en el asiento de atrás, la otra en el de adelante. Ya estábamos medio acostados, los vidrios se habían empañado, el ambiente se había calentado y nuestros cuerpos descontrolados no querían detenerse. En ese momento nos interrumpió un nudillo en la ventana y la voz de mi padre: “¿Están ahí mis hijas?”. Yo recuerdo haber repetido “estoy soñando, estoy soñando”, creo que lo dije en voz alta muchas veces. Era lo único que salía de mi boca, que todavía sabía a los besos de mi novio. Mi padre no dijo nada, solo nos miró en silencio con una cara llena de decepción y tristeza. Nos hizo una señal para que lo siguiéramos. Todos nuestros miedos se hicieron realidad en ese momento.

Él era estricto con los cuerpos. Su plática sobre temas entre hombres y mujeres se limitaba a hacernos escuchar un casette que llegó un día a nuestra casa desde un lugar misterioso. Se trataba de una conferencia que daba un señor, que no recuerdo si era un pastor, un joven o viejo conservador, que hablaba sobre la perdición de las mujeres si se relacionaban con hombres antes del matrimonio. De cómo los hombres querían Una Sola Cosa, y cómo las mujeres siempre llevaban las de perder. Mi padre no usaba sus propias palabras para expresar sus preocupaciones: su aporte era hacernos escuchar ese casette una y otra vez. Una y otra vez.

En esa ocasión tan especial, en la que nos encontró, como quien dice, con las manos en los cuerpos, se subió el nivel de solemnidad: la cosa se había ido de control y lo único que pudo decir fue “Escuchen la conferencia cien veces, después la traducen y la transcriben a máquina. Solo entonces podrán salir”. Nosotras obedecimos hasta donde pudimos, porque en realidad todo esto ocurría cuando él no estaba presente. Se limitaba a revisar lo que habíamos hecho al volver del trabajo por la noche. Un día, después de transcribir el famoso casette, nos dimos cuenta de que se trataba solo de una cinta, una endeble cinta que podíamos destruir. La tomamos entre las manos y, con toda la furia frustrada, la impotencia, la incomprensión, la desenrollamos y destruimos. Fue un momento épico, cuyas consecuencias ya no recuerdo. Pero nunca volvió a aparecer. Esa cinta dejó de existir y nuestras vidas pudieron seguir su curso, aún en silencio en todo lo que tenía que ver con novios y cuerpos.

Urbana

Siempre me he considerado un bicho de ciudad. La urbe, los edificios, el movimiento, el ruido, marcan mis recuerdos. Cuando visito mi ciudad original, encuentro pedacitos de memoria que se tocan: hay recuerdos míos regados por muchos de sus rincones, veo marcas repartidas de lo que eran sus calles cuando las paseaba en mi infancia y adolescencia. Tijuana es vertiginosa, sus cambios y movimientos nunca se detienen, ha vivido en metamorfosis desde que tengo memoria. Un barrio que apareció de repente, los restaurantes, la ciudad creciendo en todas las direcciones. Pero algo queda de eso que fuimos tanto ella como yo. Algo queda.

En sus rincones están mis caminatas eternas y la frustración de sentirme atrapada. También está el descubrimiento, el deseo, la búsqueda, la intuición. Las visitas a sus pocas librerías, mis primeros besos, mis primeros novios. Las peleas con mi padre, el anhelo de ser libre. La persona que fui antes de ser esa persona que sabía tan poco y tenía tanto miedo, pero lo enfrentaba con arrojo. Quizás en la suma de mis rechazos y deseos me fui formando; a través de mi vida eso se movía y se sigue moviendo hasta hoy. Siempre que regreso, en ese caos, en ese espíritu que la ciudad tiene, me vuelvo a encontrar y reconocer, vuelvo a ver lo que me hizo ser quien soy.

Sus paisajes no son de esa belleza típica que sorprende por su armonía o por la paz que transmite, en una primera impresión es difícil ver sus encantos. Es una ciudad que se ha construido a partir de necesidades inmediatas, no de una larga planeación urbana. Nadie se ocupó de imaginar la ciudad, porque ya estaba construyéndose. Y está el lugar que ocupa: esa línea entre dos países tan contrastantes, separados por mucho más que la lengua, que aun teniendo una historia en común, no se terminan de caer bien, como a veces pasa con los vecinos.

Esa línea separa dos visiones completamente distintas de la vida y del mundo. A la vez, existe una transculturación que va mucho más allá de un simple cruce de necesidades. Algo en común surge en los dos lados de la frontera, porque aun siendo agua y aceite, desde la frontera la visión es distinta a la de cualquier otra ciudad. “Tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos”, decía una frase, que ahora llega a mi memoria desde no sé dónde, atravesando no sé cuántos años. Crecí en esta ciudad que parece estar lejos de México, su vida cotidiana está inmersa en un país que es su opuesto, no solo en su carácter, lengua e historia, sino en la manera en que está construida y las mentes de quienes viven ahí. Hay un sentido de resiliencia que habita en sus calles, atestadas de migrantes que vienen de todas partes, que llegan con la intención de cruzar al otro lado, algo que los hace pasar por encima de cualquier obstáculo. Gente huyendo de la pobreza, la violencia, la miseria. Niños viajando solos, familias completas, mujeres con niños, mujeres solas, hombres solos. Miles de historias distintas que a veces encuentran el empujón que necesitan para seguir su viaje, y otras se detienen para convertirse en parte del paisaje humano. Crecí viendo ese paisaje, que ha ido cambiando porque el muro es cada vez más grande, las restricciones cada vez más agresivas, pero la desesperación y el deseo de salir adelante siguen marcando las expresiones de quienes pasan por aquí.

La vida cotidiana sucediendo en esas horas de espera, una espera a la que nos acostumbramos y es parte natural de nuestros días. Good afternoon, sir, no traemos nada, vamos a casa de mi madre. Abrimos la cajuela si lo pide, le damos las gracias, pasamos.

El mar es nuestro entorno, pero no somos playeros. Mi madre no ha aprendido a nadar, y yo me pongo a temblar cuando entro. Lo mismo mi hermana, quien me pregunta: “¿A ti te pone nerviosa?”. A veces sospecho que íbamos todos los años a San Felipe solo porque era donde encontrábamos un mar tranquilo, suave, tibio. Recuerdo las lunadas de mi adolescencia. Esas fiestas de cumpleaños en la playa, la luna mirándonos, el agua de mar cantando, las caras alrededor de la fogata, iguales frente a esa luz tenue, nosotros lindos, pequeños. Me costaba trabajo integrarme a los grupos, pero en esas noches estábamos todos bonitos, esa luz nos hermanaba. ¿Alguien sacaba una guitarra? Me parece que sí, mirábamos el fuego, el alcohol pasando de mano en mano a escondidas; en esa luz suave había mucha posibilidad. Mi deseo de que alguien se fijara en mí, aunque al mismo tiempo mi rechazo por ese deseo. Una adolescente “rarotonga” (como me decía mi hermana cariñosamente), ilusionada y expectante. En movimiento como el agua.

Pero el mar del Pacífico es frío y el agua en Tijuana está un poco contaminada. La playa en Tijuana no es como la de Río de Janeiro, siempre llena. Aquí la gente no sale de su casa en chanclas y una toalla para meterse a todas horas. Es agua marco, nos acompaña durante el día y su sonido está presente por la noche, pero es poca la gente que entra en ella. No es un mar metido en nuestra vida cotidiana, nos acompaña en los días húmedos, en la neblina que a veces invade nuestras mañanas, en la comida, en el olor, en los cambios de clima, en las caminatas por Playas de Tijuana. El agua siempre cerca, el marco de nuestra vida. Está presente en todos mis recuerdos.

Me fui muy chica de la frontera, pero siento que la llevé conmigo. Sin darme cuenta siempre he cargado una línea invisible que me divide. Una cicatriz latente que no desaparece, no solo es una marca, sino un dolor. En realidad, si lo miro todo está lleno de líneas, de diferencias que conviven contradictoriamente en casi todas las personas. Heriberto Yépez habla sobre la frontera no como un lugar de hibridación y convivencia, esa en donde se piensa que todo lo que existe en una frontera convive con alegría, sino como un lugar lleno de tensión y opuestos que se enfrentan. Me gusta esa mirada porque siento que la llevo en mi carácter, en mi manera de enfrentarme a casi todo lo que me encuentro. Y cuando me fui de mi ciudad, me llevé esa mirada conmigo. Una línea que separa mis contradicciones.

Encontrarme en un lugar, después cambiar.

Muchas veces me he preguntado si Tijuana es siempre el mismo lugar. Un lugar que me llama cuando sueño. Saboreo sus comidas, el acento de mi madre, de mis tías, el polvo que se ve por sus esquinas, las huellas de su uso y de su abandono. Y me encuentro con que después de irme, cuando pienso en mi lugar –¿cuál es ese lugar?– siempre imagino esta ciudad.

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