Hablar de Play de Moby (1999) es echar nostalgia de un pasado que ya fue o… ¿de un porvenir que no fue? Hoy, vivimos en el futuro del fin del mundo. Aquel 1999 marcaba el final de un siglo y el nuevo milenio era la promesa venidera. Una que de cierta manera quedó reducida a un aesthetic high tech. La época del ensueño tecnológico: celulares, computadoras portátiles, el desaparecido bíper, cámaras digitales. 1999, debí comprar terrenos en lugar de sintonizar MTV.
Esa promesa del futuro sonaba a un pop rosa chiclé: Britney Spears, Backstreet Boys, rocanrol de mercado: Marilyn Manson, Limp Bizkit, Blink-182. Lo alternativo remitía a Prodigy, Fatboy Slim y Moby, cuyos experimentos mezclaban archivo y novedad tecnológica. Ese high tech se consolidó en Play, su quinto álbum de estudio, que llegó a lo masivo de una forma sigilosa. Y veintisiete años después sigue sonando.
1999 fue el año donde un joven Richard Melville Hall emprendía un viaje épico. Tal como lo hizo su tatarabuelo al escribir Moby Dick. 1999 era el principio del fin para el prolífico músico y compositor que se insertó en el gusto de una audiencia pre digital.
Play juega con sonidos, pero mantiene un aura melancólica y sombría que incrementa hacia la mitad. Tal cual un relato épico que va de la energía hacia la disolución, como el momento que atravesaba en su vida: tenerlo y luego perderlo.

Su origen viene del hardcore ochentero. Moby fue DJ desde 1985 y en 1989 firmó un contrato de grabación. Su primer éxito se lo dio un experimento: “Go” (1992), con un sample icónico de la serie Twin Peaks, que fue éxito en Reino Unido. Su siguiente álbum, Everything is Wrong (1995), también sería recurso de series icónicas del pop audiovisual como Scream (“First Cool Hive”) y Los Soprano (“When It ‘s Cold I’d Like to Die”). Animal rights (1996) fue el retorno al origen, un tanto pésimo. La ambición de fusionar hardcore y ambient salió mal. Fue como hacer algo no obvio, obvio… crítica y audiencia lo rechazaron.
Seguro que este hecho lo deprimió, porque el siguiente experimento musical fue relatado por él mismo como su despedida. Quería regresar al mundo “normal” e intentar convertirse en profesor de filosofía o arquitecto (ahora no dejo de pensar qué haría un Moby arquitecto: edificios en forma de ballenas, me imagino, por eso de su antepasado histórico). Play fue grabado por un músico que creía que su carrera había llegado a su fin.
Disolución, sample y muerte del ego
La muerte del ego era necesaria para volver a jugar. Moby recurrió a la recopilación de música espiritual, westerns y grabaciones populares que el etnomusicólogo John Avery Lomax grabó para el Archivo de Canciones Folclóricas Americanas. Dar forma a las bases de Play fue una aventura de tres años y tres intentos para llegar al resultado deseado. El siguiente destino en la odisea llevó a nuestro héroe a encontrar quién le comprara ese material. Fue rechazado por todos, menos uno. Sin augurio de éxito, cazó a la ballena y se echó a la bolsa a todos. Esto gracias a dieciocho tracks, un álbum completo, libre de licencias, con lo que aseguró su asimilación libre del mercado masivo.
Fue rechazado de inicio: MTV no quería sus videos, porque, ambient, ¡iugh!, no capitaliza, pero luego el mainstream lo asimiló a la perfección y lo catapultó al escenario global. Su música vistió comerciales y películas. Para mí, Moby suena a 60 segundos (“Flower” de los B Sides de Play), donde Nicolas Cage roba autos. Y suena a La Playa (“Porcelain”), una película donde Leonardo Di Caprio era un nómada que llegaba a una isla paradisíaca.
Play es un álbum de blues para una generación high tech donde el sampling se une al góspel; combina techno, house, ambient, blues, folk y guitarras rock. Parece que Moby lanzó un hechizo desde los archivos del pasado: esas voces olvidadas que, al fusionarlas con la tecnología de un nuevo siglo, dieron como resultado un álbum con una belleza encantadora. La investigación como parte del proceso de creación, a través del compilatorio Sounds of the south: a musical journey from Georgia Sea Islands to the Mississippi Delta, se conjugó con samples de raperos, la electrónica (EBM) y el uso de su voz.
‘Play’, canción por canción
“Honey” abre Play con la voz de Bessie Jones (“Sometimes”), un piano de Joe Cocker (“Woman to Woman”), y un loop de batería y guitarra. Este track marca el ritmo, que será de explosivo a sombrío. “Find my Baby” utiliza el sample de “Joe Lee´s Rock” y le pone una batería, una guitarra y una voz. “Porcelain” marca el primer cambio del álbum: archivo histórico + voz propia + atmósfera sonora de 1999. Un sampleo, ritmo suave, piano, voces exóticas y letra, que habla de lo más profundo del corazón despechado de Moby. El archivo-sampleado-muestreado es de la canción de una película de 1960 llamada Exodus (“Fight for Survival”). Moby le baja el tempo a la original y le pone voz a su drama personal: amar a alguien que no es para ti y terminar la relación. Para contar esto hace uso de caja de ritmos, voces, violonchelos y sintetizadores.
En “Why Does My Heart Feel So Bad?” utilizó el clásico gospel de Banks Brothers, “He’ll Roll Your Burdens Away”, y lo unió con un experimento de antaño que realizó con Diane Charlemagne en 1992. Moby actualizó el archivo, adhirió funk, una estructura de hip hop y guitarras. En “South Side” puso su voz en un sampleo de batería funk de 1971, de la canción “What’s Up Front That Counts” de The Counts. Existe una versión con Gwen Stefani, que se usó como sencillo y no llegó al corte final. En “Rushing” se anuncia hacia donde girará el álbum: una pieza de ambient con un piano y unas voces nos llevan a la calma. “Bodyrock” nos regresa a un lugar pop, que pareciera una canción de Fatboy Slim, al utilizar loops, raps y beats recuperados de Spoonie Gee (“Love Rap”), The Treacherous Three y guitarras de Gang of Four (“What We All Want”).
La plegaria de trascender se manifiesta en “Natural Blues”, que contiene “Trouble So Hard” de Vera Hall. Al ser acompañada con baterías, nos hace alcanzar la iluminación a través de rezos del pasado. El video musical fue dirigido por David LaChapelle, un grande de la fotografía y la publicidad.

“Machete” marca la segunda transformación del relato: el punto más alto de la odisea. A partir de aquí descenderemos a las profundidades, del techno al ambient. “Machete” nos podría recordar a Prodigy o a Underworld, al tener un sonido casi industrial, una atmósfera que nos envuelve de manera progresiva gracias a los loops repetitivos, adornados con guitarras y una voz espectral. “7” tiene la función de marcar el camino hacia el ambient, un breve respiro con guitarras que forman más una textura de interludio que un track.
“Run On” reúne fragmentos de la melodía folk-espiritual de Bill Landford & The Landfordaires, “Run On For A Long Time”. Aquí la música apresura la idea de que no se puede escapar todo el tiempo, quizá de las consecuencias de hacer un disco malo y creer perderlo todo. El video fue dirigido por otro prolífico, Mike Mills. Moby intercala creaciones pegajosas con pistas cortas y suaves más orientadas al ambient, tal es el caso de “Down Slow”, que tiene baterías acentuadas, piano, voces en coro tomadas del archivo de Lomax, todo desacelerado con bases electrónicas, que son el puente ideal para llegar a “If things Were Perfect”, donde toma un fragmento de Willie Hutch (“Hospital Prelude Of Love”) y lo une a su voz en una invitación a habitar en el sueño, ese lugar entre deseo y realidad.
1999 fue el año donde un joven Richard Melville Hall emprendía un viaje épico. Tal como lo hizo su tatarabuelo al escribir Moby Dick. 1999 era el principio del fin para el prolífico músico y compositor que se insertó en el gusto de una audiencia pre digital.
Antes de llegar a la última parte, “Everloving” nos regala guitarras, baterías que soportan la pieza, piano, un murmullo instrumental que anuncia atmósferas tranquilas y melancólicas. La última parte de Play se torna ambient en su totalidad. “Inside” invita a un sonido construido por capas, paisajes sonoros de piano, loops, y ensoñaciones acústicas que se consolidan en el siguiente track: “Guitar, flute & string”, donde Moby abandona las bases de batería, para envolvernos en cuerdas y aire. Para despedir el relato pone “The sky is broken”, un loop que no cambia, sólo acentúa y habla de lo perdido, de un fantasma de lo que fue. El álbum cierra con “My weakness”, que recurre a canciones tradicionales para crear la atmósfera ambient ideal para terminar el conjuro lanzado, tras matar al ego y crear sin expectativa.
Hay más futuro en el pasado
Play juega con sonidos, pero mantiene un aura melancólica y sombría que incrementa hacia la mitad. Tal cual un relato épico que va de la energía hacia la disolución, como el momento que atravesaba en su vida: tenerlo y luego perderlo.
Elogiado por la crítica, elementos como la producción, los samples, la mezcla de géneros, fueron la base que llevaría a este álbum a ser uno de los materiales más aclamados de la historia de la música contemporánea. La silenciosa estrategia de mercado llevó a Moby a ser música pop. Play nos recuerda la importancia de mirar hacia atrás y crear a partir de ahí; que la originalidad es eso que se hace de manera continua: observar, buscar, investigar, fallar, crear, fallar de nuevo, crear de nuevo. 1999 era el fin de un siglo que buscaba novedad y que la encontró al observar el pasado y traer al presente, para todos, sus tesoros de voces olvidadas. La disolución del ego.

