El ‘recitativo’ cobró importancia con la ópera y su heredero más obvio es el rap, pero también otros géneros modernos conservan ese espacio, el del habla, como un cuarto sin amueblar que magnifica la voz: Lou Reed, John Cale y Patti Smith, quien inició su carrera artística con el deseo de convertirse en poeta.

Entra una voz descalza. ‘Recitativo’


“Recitar” es un verbo que ya raramente ponemos en práctica. Quizá en las escuelas primarias todavía se “reciten” las preposiciones en orden alfabético, incluidas las más vestigiales (en desuso, como “cabe” o “so”): apéndices que no me atrevo a extirpar: ¿cómo deshacerse de ellas sin alterar por completo la cadencia primitiva de este rezo elemental?

En las mismas aulas, es posible —no lo sé, porque afortunadamente ya sólo en pesadillas tengo que repetir exámenes o participar en obras de teatro para las que no ensayé— que algún profesor de español se empeñe en hacer memorizar poemas cursis o patrióticos. Muy a pesar de sus buenas intenciones, es probable que, una vez pasada la fecha del concurso de declamación o el momento de ganar puntos extra, los versos —con suerte, alguno de Rubén Darío— queden guardados en la bodega de la memoria involuntaria, para resurgir —con suerte— en algún exabrupto incontrolable, cervezas de por medio.

Leemos en voz alta cuando un texto invita a deleitar su articulación: cuando nos impulsa a volvernos, brevemente, su instrumento e intérprete. Quienes nos dedicamos a esto, sin escapatoria, leemos en público nuestra poesía o prosa; acudimos solidariamente a escuchar a nuestros colegas y, algunas veces, cosechamos ese fruto, el de llevarnos dentro del oído algo que después se degusta con la mente.

Patti Smith inició su carrera artística con el deseo de convertirse en poeta, una vocación que se expresa y desborda en los momentos de recitativo que sobrevuelan sus canciones: “Dancing barefoot” es una de las más conocidas.

El término (y el concepto) de recitativo cobraron importancia con el nacimiento de la ópera (finales del siglo XVI). La ópera es una de las pocas expresiones musicales que de verdad no tolero (y lo he intentado: deep down inside I’ve got a rock and roll heart, dirían algunos). Reconozco, de todas formas, que llevó al límite la exigencia para los cantantes y resultó en técnicas que no por virtuosas dejan de ser interesantes para otros géneros y fundamentales para el canto como lo conocemos hoy. El recitativo es ese momento en que la voz busca imitar la cadencia del habla y, en el contexto de la ópera, tiene una importancia narrativa: ayuda a que la trama avance. Los instrumentos guardan silencio y sólo quedan, usualmente, las cuerdas como acompañamiento. La intención era recuperar la manera en que, imaginaban, se representaban las tragedias griegas. 

¿Qué distingue, realmente, el cantar del hablar? En la ópera, no tanto: el recitativo sigue sintiéndose altamente artificial (nadie habla así: quizá de ahí venga mi reticencia). ¿Cuándo entra una voz en canto? Los espectrogramas nos permiten apreciar la diferencia con los ojos: mientras que la “huella” de una voz que habla es una serie de puntos irregulares unidos por un silencio (a), manchas redondas sobre una línea trémula, la de la voz que canta modula los cambios abruptos. Es mayor su volumen y su fuerza, por lo que se expande verticalmente y, sobre todo, dosifica el silencio de una manera distinta (b).

En nuestro siglo (siglos), su heredero más obvio es el rap. Pero también otros géneros modernos conservan ese espacio, el del habla, como un cuarto sin amueblar que magnifica la voz. Una voz que desciende del estado elevado en que cantaba para dirigirse directamente a los escuchas: no es ya el soliloquio, su naturalidad inverosímil, sino una confesión o un indicio, una voz que abre un paréntesis a mitad de la canción para desaparecer después.

Puede ser una narración paralela a los instrumentos, que se expanden, se disgregan, como el cuento escrito por Lou Reed en sus años universitarios que John Cale recita de principio a fin en “The Gift” (1968), mientras la banda continúa su jam en un track de nueve minutos (la historia tragicómica de un hombre que se manda por correo a la dirección de su exesposa en Wisconsin); o bien la discusión macabra sobre una mujer que muere de sobredosis y nadie quiere hacerse responsable de su cuerpo, que Lou Reed interpreta, a veces cantando, a veces recitando, en “Street Hassle” (1978), en contrapunto con el arreglo de cuerdas que marca un tono también trágico. 

Pero la voz que me viene a la mente con más claridad es la de Patti Smith. Smith inició su carrera artística con el deseo de convertirse en poeta, una vocación que se expresa y desborda en los momentos de recitativo que sobrevuelan sus canciones. “Dancing barefoot” sigue siendo una de las más conocidas; en ella, Smith imagina la historia de Jeanne Hébuterne, una modelo que posó para Modigliani. Comienza con una guitarra casi grunge —quizá por eso fue la canción que eligieron interpretar juntos ella y Eddie Vedder en 2010, en una versión extrañamente acústica—, un beat predecible e hipnótico, la voz y las letras en primer plano.

Leemos en voz alta cuando un texto invita a deleitar su articulación: cuando nos impulsa a volvernos, brevemente, su instrumento e intérprete. Quienes nos dedicamos a esto, sin escapatoria, leemos en público nuestra poesía o prosa; acudimos solidariamente a escuchar a nuestros colegas.

La canción progresa hasta que, en el último minuto, se bifurca: Smith sigue repitiendo el estribillo —Oh god, I fell for you— y, al mismo tiempo recita, ahora no con su voz de cantante, sino de poeta: la música se va desvaneciendo mientras escuchamos retazos de un flujo de conciencia —quizá la extraña música que la protagonista escucha al girar descalza hasta que el influjo de la gravedad cede—: …the mystery of childbirth of childhood itself… Grave visitations…. why must we pray screaming?… A whirl on a pane of glass… The line of life the limb of a tree… and the promise that she is blessed among women…

“Dancing barefoot” apareció en su cuarto álbum, Wave (1979), y es de sus piezas más famosas. Pero esa voz que susurra, grita y recita estuvo desde el comienzo de su carrera. “Piss factory” salió como sencillo (el lado B de su cover de “Hey Joe!”) en 1974. Casi cinco minutos de voz, guitarra y un piano que entra y sale de vuelos jazzísticos, mientras Smith cuenta una historia: la de la miseria. Un trabajo en una fábrica donde va en contra de las reglas trabajar demasiado lento pero también, demasiado rápido, porque ningún engrane es más poderoso que la misma máquina; donde no hay vida afuera y, adentro sólo la asfixia. Esa es Patti Smith antes de lanzar su álbum debut, Horses, que está cumpliendo cincuenta y un años.

El poder de recitar, para quienes son creyentes, pervive en el rezo. E incluso para quienes no creen en un dios todopoderoso, surge de manera automática en los momentos más desesperados: al presenciar un accidente, al estremecerse la Tierra, al tambalearse un avión. Quienes no tenemos ese asidero, de todas maneras inventamos plegarias cotidianas: “llaves, cartera, celular”, antes de salir de casa; “cuídate, me avisas cuando llegues” al despedirnos. Y cuando a través de una fisura en la música reconocemos la repetición, la entonación del rezo, la calidez de la conversación, la velocidad de una trama, extrañamente, comulgamos.


Aurelia Cortés Peyron