El quinteto irlandés atrae al peligro e invita a perderse en la oscuridad sin soltar los lalalás ni la ternura que anida en la desesperanza; es el borde de la humanidad, dice sobre ‘Dopamine Chamber’, el cual danza y se electrocuta allá donde nace y muere lo que nos mantiene de pie: el amor.


Grian Chatten, Carlos O’Connell, Conor Curley, Tom Coll y Conor Deegan III fueron a encontrarse gracias a que estudiaban música en la misma escuela, aunque fue su gusto por la poesía lo que los llevó a fundir sus respectivas virtudes en una colección de poemas editada por el mismo quinteto, con el soplo beat como impulso: Vroom.

De alguna forma, aquello terminó por impregnar el temario de Fontaines D.C. de un halo de peligro enamorado —delicada suciedad— inextinguible a lo largo de una discografía que hoy nos tiene haciendo girar su recién llegada nueva pieza: Dopamine Chamber (32 County Love Train Ltd. y XL Recordings, 2026).   

Se trata del quinto disco de los irlandeses. Aparece a dos años de distancia de Romance, su obra previa y la de mayor éxito comercial hasta entonces; y sí, siendo certeros, los músicos recurrieron al mismo productor: James Ford. A su lado, prensaron once canciones donde las ansias por afianzarse como banda de estadio se acentúan, aunque, para fortuna de nuestros oídos, esto no significa que estén dando el lamentable coldplayazo.

Por el contrario y con tino, Fontaines D.C. diluye un tanto las guitarras y los pasajes lóbregos para inclinarse por sintetizadores y horizontes de color variado. Así, ponen a nuestro alcance uno de los álbumes definitivos del año en curso.

Dopamine Chamber: honesta fealdad

La de Fontaines D.C. ha sido una carrera interesante e incesante. Hace prácticamente una década que la banda se abrió campo con su primer sencillo, “Liberty belle”, un tema de urgencia punkie (pensando en una suerte de punk con ambición autoral a futuro, tal como hicieron The Beatles, como los mismos músicos han dicho) que hacía inclinar la cabeza hacia ambos hombros. Esto como para destensar, como para recapacitar sobre una crítica a los cambios que el barrio obrero de The Liberties en Dublín —donde tanto roló el quinteto antes de la fama— dejaba ver entonces. Eran otros sujetos ahí. Se movían, tocaban y se vestían distinto. Buscaban algo cercano a lo que ahora los tiene excitados.   

“Este álbum en sí mismo es una cámara de dopamina”, contó Chatten sobre su nueva colección de canciones, tonadas que aprovecha para calificar como “capaces de alterar la mente o el estado de ánimo”, así, con prestancia.

Para conseguirlo, el cantante viajó a Viena, Sicilia y Venecia con la pluma afilada y la libreta de apuntes lista. Garabateó cataclismos y desaliño a lo franco. “Sentí que sería más poderoso dejar fuera la esperanza y reflejar la fealdad con honestidad”, dijo el mismo Grian acerca de un álbum que mientras más lo absorbía iba dejándole saber que “necesitaba sentirse como una advertencia catastrófica”. Curiosamente, ahora escuchamos que se trata de un trabajo en el que la ternura emerge para flotar campante en la superficie.

“Existe una sensación conmovedora de que estamos al borde de alguna otra forma de humanidad, o de no humanidad”, definió Chatten hace poco, pensando en Dopamine Chamber y sus referentes conceptuales.

“Six shot morning” abre el disco con voz reverberante, de eco discreto. Texturas sintéticas emulan un ritmo plastificado, maleable. El tema se refiere a corazones melancólicos en pantalla grande. Niega la existencia de la eternidad, aunque avisa que durar un millón de años junto a alguien podría calificar como “para siempre”. Suena a track de apertura, como para practicar calistenia. “Marianne” prosigue, su coro es dulce. El cantante acaricia la voz al lado de una guitarra rasgada con fino desespero y sintetizadores suaves tendiendo paisajes tersos. Hay algunos lalalás por ahí, entre cuerdas. Es una confección sonora que sostiene lazos con el Depeche Mode de Ultra; te anima a levantarte del sillón para moverte lento, quizá para servirte un trago.

Para “Mimesis”, las vísceras cardiacas se abren en canal con una neta cantada: alrededor, todos están deprimidos, con un animal muerto echándose a perder dentro de la cabeza. A Chatten le daría una hueva inmensa lo que voy a decir (lo sé porque lo he tenido enfrente), pero en verdad que si a esta canción se le sumara la guitarra de Daniel Kessler, el resto de Interpol se preguntaría para qué continuar haciendo discos. Además, al final el tema muta para ponerse new waver mientras lanza un reto entre punteos de acero: déjame a solas, a menos que seas la estrella que me haga brillar.

En este rol, el comienzo de “Happy for you” pondría sonriente a Robert Smith, más al escuchar que se trata de regalar flores, de correr tras aquello que se ama para que después unas guitarras le den el toque shoegazer a la historia. 

Las puertas del romance

Hay que recordar que tras debutar con Dogrel (2019), Fontaines D.C. editó una de sus mejores obras, A hero’s death (2020) para concretar el unodostres con Skinty fia (2022), todos editados por Partisan Records y producidos por Dan Carey. Gran trilogía. Cada una de estas piezas significó un paso firme en cuanto al aumento de popularidad del combo, quien lo mismo se paseó por Glastonbury y le abrió a los Arctic Monkeys, que se le puso al tú por tú a Taylor Swift en las listas que importan cuando el dinero suena.

En esa saga fue que se notó que con los irlandeses cada disparo sería expansivo y que las etiquetas, cuales curitas ante bala de grueso calibre, carecerían de utilidad. Iban a salirse con la suya, porque si bien inicialmente se calificó su sonido como post-punk, para su segundo disco ya no había cómo limitarles. De Suicide a The Beach Boys iba su hilo de influencias, tranquilamente. 

“Nuestros álbumes siempre han cuestionado el sentido de pertenencia a un lugar,” dijo Conor Deegan, y ahondó en su día: “primero Dublín, después estar lejos de Dublín y luego intentar encontrar el romanticismo en otro sitio”. Pero, ¿dónde hallarlo, el romanticismo?, era la pregunta. ¿Qué tal en un disco? Romance significó la apertura de todas las puertas para Fontaines D.C. En buena medida gracias a que dejaron atrás al que ensombrecía a Black Midi (el mencionado Carey) para irse con el que le sacó brillo a Gorillaz (el también apuntado Ford).

Sin dejar cabos sueltos, el movimiento vino acompañado de un cambio de look: de pronto dejó de saberse si los vestuarios de los músicos estaban inspirados en The Prodigy, las Spice Girls y Korn o en los mazahuacholoskatopunks de México. Al tiempo, el del micrófono hablaba de anhelar emocionarse, sintiéndose anestesiado mientras citaba a James Joyce.  

Encontrar ruta tras Romance no debió ser sencillo. Sin embargo, el quinteto asumió el desafío y, sin deshacerse de su impronta tenebrosa, encontró la manera de lucir atractivo para quienes fueran integrándose a su manera de sonorizar el mundo.

El borde de la humanidad

En este saber, y volviendo a Dopamine Chamber, “Demolition” es un excelente ejemplo. Porque ahí sí que hay ganas de confeccionar un hit de estadio, descaradamente; y algo similar sucede con “You miss me” y “Japan”. Luego, ni hablar de “One man”, una composición de corte esperanzado, que busca la belleza al relatar la importancia de entregarse al sentir genuino de ser deseado. Una canción que sabe a hit y que equipara flotar con volar al invitar a perderse, ingrávido, envuelto en guitarras acústicas. Finalmente hay muchas maneras de correr riesgos, y mostrarse vulnerable cuenta. Sin embargo, este track opera como prólogo para la canción más destacada del álbum.  

El temario de Fontaines D.C. está impregnado de un halo de peligro enamorado —delicada suciedad— inextinguible a lo largo de una discografía que hoy nos tiene haciendo girar su recién llegada nueva pieza: Dopamine Chamber.

“Where is gone?” carece de antecedentes en el historial de Fontaines D.C. “Soy fan de Rosalía desde su álbum debut, absolutamente hermoso”, ha declarado Carlos O’Connell al hablar de la participación de la española en la mencionada canción. “Me entusiasma la manera en la que ha mantenido viva la tradición musical española, algo que, en un sentido espiritual, es cercano a lo que nosotros hemos intentado hacer con la música irlandesa. Es una artista que me ha impresionado en cada una de sus etapas”. El tema, por su lado, propone un escenario vibrante: amanecer en un día lluvioso para muy dentro de ti atreverte a decir te amo. Un drama de aquellos. Y un dueto estremecedor el que protagonizan Chatten y Rosalía al apuntar hacia el dolor que te hace sentir vivo. Inmensidad y arrojo: la motomami pone lo primero y los starbursters lo siguiente.   

“Existe una sensación conmovedora de que estamos al borde de alguna otra forma de humanidad, o de no humanidad”, definió Chatten hace poco, pensando en Dopamine Chamber y sus referentes conceptuales: ese andar sin remedio hacia la degradación de lo poco que nos queda por presumir como virtud a nuestra especie. Es decir, el cantante, con sus colegas al lado, ha seguido en lo mismo de hace tiempo: rondando la poesía.

Y así ocurre “porque no tenía dónde quedarse sin cansarse y porque no había otro lugar adonde ir que a todas partes”, tal como dijo Keoruak en On the road, al meditar en quienes ruedan bajo las estrellas.  

A pesar de los cambios estéticos y la turbulencia de la fama, la música de Fontaines D.C. sigue atrayendo peligro al invitar a perderse en la oscuridad sin soltar los lalalás ni la ternura que anida en la desesperanza. El borde de la humanidad, dice Chatten… Estamos ante canciones que danzan en la raya, en la mera frontera, rolas que se sacuden como si se electrocutaran allá, en el límite donde nace y muere lo que nos mantiene de pie: el amor.


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