Dice Paul McCartney que hoy todo el mundo hace canciones banales, en particular, temas de desamor y ruptura. Vivimos una era en la que el victimismo se ha vuelto una necesidad pop. El drama es el leitmotiv de los corridos tumbados, mientras que los problemas superficiales impregnan los porno-lloriqueos del reguetón.
El sufrimiento vende; la cursilería y la tragedia son lo de hoy. Basta con abrir las redes sociales para atestiguarlo. El hit parade se acostumbró a los corazones rotos y la alegría no ha podido ponerse de moda.
Nuestro ADN mexicano está contaminado por la música de los festivales OTI, los actos de tres minutos en Siempre en Domingo y las canciones que se repiten desde entonces y llegaron para nunca irse. Y en el cancionero latino persiste una tradición responsable de este fenómeno melancólico, con intérpretes increíbles de voces privilegiadas que querían perderse contigo como se pierde el horizonte; productores enfocados en el desarrollo del artista y arreglistas que no escatimaban en la orquestación.
Estos temazos inolvidables son el resultado de un curioso fenómeno: las salas de despecho, raro sustituto de los video bares ochenteros y de los grupos versátiles de rock en español. Una alternativa ultrarrentable y godín que compite con los lugares de gomichelas y alitas-boneless, donde te hacen sufrir desde la reservación hasta los precios.
Tocar estos temas tan descorazonadores en público, exagerar lo kitsch y lo dramático, como hacemos en La Nave del Olvido, es una estrategia para sobrellevar de una manera más ligera estos tiempos tan extraños para el amor romántico. Al final, es como una caricatura de nuestro dolor y de nuestros problemas pasionales.
El vintage del dolor recorre el extenso repertorio de canciones que nuestras abuelas, tías, trabajadoras domésticas y primas nos inculcaron. Una herencia no solicitada que traemos grabada en nuestra piel.
Cantar la desilusión en coro es un analgésico, como bien apunta Pablo Fernández Christlieb en su libro Filosofía de las canciones que salen en la radio. En este ensayo propone escuchar las canciones populares como una forma de poesía cotidiana y como una ventana a la sensibilidad colectiva. Cantar, entonces, es entender y reafirmar lo que sentimos: el amor, la soledad, los celos y la desesperación encuentran en estas canciones un lenguaje compartido. Es una manera de comunicarnos sin comprometernos. Tal vez nunca podremos decir con palabras lo que pasa en nuestro interior, pero siempre podremos cantar “No sé quién de los dos es el que está perdiendo más / No sé si te das cuenta con lo estúpida que estás”.
Pero ojo: aquí la motivación es el consumo, la ganancia y el lucro a través de la vulnerabilidad de la memoria, la comercialización del recuerdo y la añoranza. El negocio del dolor.
Sin embargo, hay fieles defensores de estas canciones que las evocan como una venganza contra el amor romántico y veneran este patrimonio intangible. Estas personas incorporan las canciones a la narrativa de sus vidas. Las aman porque permanecen en la memoria y cumplen su función cuando se reproducen para escucharlas en conjunto. Amor a la canción que aprendimos quién sabe cómo y al arte de compartirlas, per se.
Un ejemplo es La Nave del Olvido, una fiesta que se celebra en Berlín. Recientemente, durante el Bla Bla Car Tour, tuve el honor de formar parte de su line up y compartir lo aprendido en La Noche Señorial, la fiesta hermana de La Nave, que organizamos el segundo miércoles de cada mes en La Caña, nuestro espacio en la colonia Doctores, en Ciudad de México. Junto a mi cómplice Jimena Luna Negra —MC, DJ y amante del sound system—, quien también se presenta como DJ Luna Mágica, hacemos exactamente lo mismo: con discos físicos de 33, 12 y 7 pulgadas, además de un input digital, rendimos tributo a las señoras y los señores que impregnaron nuestro cerebro con sus cánticos, flechas que nos atravesaron.
Nos acompaña el gran Tarántula, quien me maquilla en vivo como parte de la performance y me transforma en DJ A Quién le Importa, mi alias en esta faceta señorial, en la que la misión es emocionar al público mientras brindamos con cubas de Bacardí.
Con el tiempo descubrimos la dimensión que La Noche Señorial alcanzaba entre los asistentes. Es un evento que funciona como un hiperkaraoke, donde cantar a gritos se convierte en una terapia colectiva y desenfadada. Fuimos encontrando los temas emblemáticos que más causaban escozor y, si tuviera que escoger tres en particular, serían “La Maldita Primavera” de Yuri, “La gata bajo la lluvia” de Rocío Dúrcal y “El triste” de José José.
Es justamente un tema del Príncipe de la Canción el que inspira el nombre de La Nave del Olvido. Ahí viví una noche repleta de gente dispuesta a darlo todo, y las canciones cobraron otro significado. Al final de mi set, una chica se acercó llorando para decirme que nunca había bailado “Payaso de Rodeo” en Berlín. La experiencia adquirió una dimensión política: La Nave conecta con la vivencia de migrar, no pertenecer, y convierte un sótano de Kreuzberg en punto de encuentro para una comunidad latina sedienta de memorabilia musical.
Muchas gracias a Radio Vampiro, Chichi Mentira, DJ Costalero y Calamidades Lola por darme un espacio en esta fiesta que me representa. Platicamos con los conspiradores de esta peculiar ceremonia:
¿Cómo, cuándo y dónde nació La Nave del Olvido? ¿Había alguna necesidad específica detrás de la fiesta y quiénes integran el colectivo?
Antonio: La fiesta empezó como una broma: pinchábamos en un bar donde la música sonaba muy bajita. Se nos ocurrió que, ya que seguían contratando DJ para poner música flojita, bien podíamos pinchar baladas. A nuestros amigos les gustó la idea y cada uno se trajo a su grupo y, al final, montamos una buena fiesta. Nos siguieron llamando y la gente siguió viniendo. Todos llevamos un nostálgico dentro y es muy bonito haber reunido a una comunidad capaz de apreciar la música tan diversa que se pone en La Nave, unidos por ese hilo conductor kitsch y medio hortera.
Actualmente, somos tres integrantes del colectivo: Beto (Radio Vampiro), Maëlle (Chichi Mentira) y Antonio (DJ Costalero).
Beto: Decidimos llamarla La Nave del Olvido, en honor a esa balada que tantas personas han cantado, reinterpretado y hecho suya a lo largo de la historia. Una canción cuya letra sentimos que encarnaba todos esos sentimientos de desamor y despecho que uno puede experimentar. Nos pareció muy lindo. Implica emprender un viaje a lo más profundo de nuestros corazones a través de la música.
La primera noche invitamos a nuestro círculo más cercano: una pequeña burbuja hermosa de artistas, selectores, DJs, coleccionistas de discos y gente enamorada de la música. Y entonces cada quien le dio su propia interpretación a La Nave.
Sin querer queriendo, se creó un espacio abierto en el que no importa demasiado de dónde viene una canción, en qué idioma está cantada o en qué género quieran clasificarla o representarla.
Le pusimos el subtítulo “Música romántica internacional”. Porque eso es, de alguna manera, lo que sentimos que mejor representa a La Nave: música romántica sin fronteras, de cualquier época, lugar o género, unida por esa capacidad tan bella de hablarnos directamente al corazón.

¿Consideran que el formato en vinilo es importante en esta fiesta y por qué?
Maëlle: Tocar en vinilo aporta explícitamente una dimensión nostálgica a La Nave del Olvido, pues imaginar que un disco que hoy suena en nuestra fiesta pudo haber sonado en el cuarto de algún adolescente con mal de amores en los años ochenta, o fue la música de fondo para el primer beso de una pareja en los años cincuenta, es una idea que me gusta mucho.
El vinilo despierta añoranzas de momentos que vivimos en la intimidad y que, de una forma u otra, terminan por convertirse en experiencias compartidas. Se repiten y se entrelazan en las historias de vida de cada unx de nosotrxs. Aun así, siempre estamos abiertxs a los formatos digitales, pues sabemos que los discos no solo son difíciles de conseguir, sino que también cuestan dinero. Lo más importante es una selección hecha con amor y dedicación, independientemente del formato.
Antonio: Creo que el vinilo surge de forma natural al ser todos coleccionistas de ese formato. La fiesta no es para nada purista y los DJs invitados son libres de usar el formato que prefieran, aunque, claro, el vinilo da un plus estético a todo el concepto.
Beto: El disco de vinilo ocupa, claramente, un lugar enorme en nuestros corazones (rotos) y es, probablemente, nuestra forma preferida de hacer sonar las canciones. Pero creemos que cada persona invitada debe elegir el formato.
Si quieren tocar en vivo, recitar, tocar la guitarra, el arpa o la marimba, o incluso usar una drum machine, poner un MP3, un archivo digital o cualquier otra cosa que se les ocurra, siempre son más que bienvenidxs. Lo único que pedimos es que cada propuesta traiga consigo ese toque nostálgico que tanto amamos y que, de alguna manera, hace que La Nave sea La Nave.
3. ¿Cómo recibe la gente en Europa esta música y qué reacciones provoca?
Antonio: Nuestro público es predominantemente hispanohablante, aunque también se junta gente de otras nacionalidades. Al final, Berlín reúne a una comunidad migrante bastante grande que puede apreciar mejor el concepto. No tengo tan claro cómo se lo toman los nativos que acompañan a sus amistades y parejas a las fiestas, jajaja.
Beto: Algunas personas de otros países europeos han venido a La Nave y nos han dicho que sienten que es una fiesta muy de nicho y que, a veces, les cuesta encontrar la puerta de entrada.
Es entendible. Hay algo bastante surrealista en llegar a una fiesta en Berlín y encontrarte a las 3:30 de la mañana en un sótano oscuro, rodeadx de cincuenta personas cantando a pulmón abierto “Hacer el amor con otro” de Alejandra Guzmán.
Es justamente un tema del Príncipe de la Canción el que inspira el nombre de La Nave del Olvido. Ahí viví una noche repleta de gente dispuesta a darlo todo, y las canciones cobraron otro significado. Al final de mi set, una chica se acercó llorando para decirme que nunca había bailado “Payaso de Rodeo” en Berlín.
4.- Estos temas están integrados en nuestro ADN. ¿Piensan que tocarlos en público es una especie de terapia grupal y un rechazo consciente del amor romántico?
Maëlle: El amor ha cambiado bastante en los tiempos modernos, especialmente en una gran ciudad como Berlín, en comparación con la época de nuestros padres. Seguro que antes había otros problemas, pero siento que la gente le tenía menos miedo al compromiso.
Yo sí creo que tocar estos temas tan descorazonadores en público, exagerar lo kitsch y lo dramático, como hacemos en La Nave del Olvido, es una estrategia para sobrellevar de una manera más ligera estos tiempos tan extraños para el amor romántico. Al final, es como una caricatura de nuestro dolor y de nuestros problemas pasionales. Al compartirlo de forma tan exagerada, podemos reírnos juntxs y descubrir que el amor también se encuentra en las amistades y en la música.
Antonio: También es bonito experimentar en grupo cómo han envejecido estas canciones y descubrir mensajes que en su día pasabas por alto porque eras un niño y no entendías muy bien. Es como un mini viaje grupal en el tiempo hacia una época más despreocupada en medio del torbellino de Berlín y de la pérdida del romanticismo.
5. Si tuvieran que escoger entre José José, Juan Gabriel y Paquita la del Barrio, ¿a quién invitarían a tocar en La Nave?
Maëlle: A Roberto Carlos, Alcione y Paquita.
Antonio: Camilo Sesto o Los Joao.
Beto: Claramente a José José y le pediría que me cantara “El triste”.
10 temazos de La Nave del Olvido:
- Agustín Pantoja: “Amores normales”.
- Dyango: “Serás”.
- Alcione: “Faz uma loucura por mim”.
- Sidney Magal: “O meu sangue ferve por você”.
- Selena: “Si una vez”.
- New Trolls: “Aquella caricia de otoño”.
- José José: “Disimula”.
- Barbara Lewis: “Hello Stranger”.
- Ángela Carrasco: “Quererte a ti”.
- Paquita la del Barrio: “Tres veces te engañe”.
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