Viajo desde que se fumaba en los aviones y si bien lo que alguna vez fue divertido ahora es una monserga, en esta gira crucé fronteras con maletones y canciones; corrí por aeropuertos, manejé y toqué en escenarios perdidos entre calor, carretera y noche. Hubo fallas, pero también la certeza de que girar es resistencia.

Bla Bla Car Tour


Viajo desde que se podía fumar en los aviones. Ha cambiado tanto que lo que alguna vez fue divertido ahora es una monserga. Volvieron insoportable la seguridad, los precios, los horarios y, sobre todo, pasar por migración. Viajar sí, es un privilegio, pero al salir de México te das cuenta que eres un ciudadano de segunda clase. Aunque no es necesaria la visa para entrar a Europa, hay algún truco en este sistema colonialista que te hace sentir culpable.  

Con todo, disfruto mucho de los aeropuertos. Observar a la gente e imaginar sus historias aunque no tenga cómo corroborar mis suposiciones es un gran pasatiempo. También deleita esa sensación de que algo está pasando en tu vida y literal tienes que estar a la altura.

Aquí un buen paréntesis para recomendar dos lecturas de viaje: la biblia para mí es Gracias por volar conmigo, del fallecido ex aeromozo actor y conductor uruguayo Fernando Peña. Básicamente, es un protocolo/etiqueta aérea de cómo comportarse y tratar a la tripulación. Otro es el artículo “La pasajera mamona” de Ana de la Reguera (¡síganla en la plataforma Substack porque escribe increíble!).

Los venues pequeños, espacios alternativos e independientes en el llamado primer mundo tienen igual o mejor equipo que los espacios profesionales en Latinoamérica. Aquí todo sirve y funciona, sobra y nunca falta, así que puedes relajarte porque sabes que vas a sonar bien.

Tengo que llegar a tocar. El concierto es en Berlín a las nueve pm. Son las seis y estoy en París. Parece que viajo dentro de los sueños recurrentes de todos los músicos y artistas: vas rumbo a una función y pasan mil obstáculos en el camino que intentan impedirlo. Solo que ahora es realidad, entonces me encomiendo a las diosas de la música y dejo que me invadan pensamientos de que todo saldrá bien. No sé a ustedes, pero a mí me funciona, al menos reduce el estrés.

Aterrizo ocho y cuarto y después del incómodo interrogatorio migratorio (a dónde va, cuánto tiempo se queda, deme la dirección donde estará, cuánto dinero trae) recojo el maletón que documenté y casi corriendo por el horrible nuevo aeropuerto de Berlín siento cómo se desgarran los tendones de mis brazos por el esfuerzo y los meniscos en mis rodillas.

Salgo y Ula pasa por mí en el Toyota Verso que le renté por un mes para la gira. Es una buena nave. Hacemos media hora a Villa Kuriosum (un hermoso jardín ocupado en Lichtenberg donde hacen talleres y conciertos) y Los Bosques (grupo de folk-cumbia uruguayo) terminaron de tocar. La primera que veo es a Txepita, quien se trajo mi güiro desde Mx, un parote. Antto (ingeniere de audio) tiene todo preparado. Después de conectar en mega chinga (compu, controladores, checar micros y monitores) solo tengo tiempo de ir al baño y cambiarme de camiseta.

Hace un calor inusitado, tanto que las tiendas de Berlín se han quedado sin ventiladores desde hace semanas y la gente tiene que recurrir a algo que odian y comparto: Amazon. Por ende, entrar a un lugar cerrado en verano para ver un show comprende un gran esfuerzo físico y mental. Agradezco que, aunque tarde, la gente permanezca en la sala. El público está compuesto por amigues y ya me siento en casa. 

Los venues pequeños, espacios alternativos e independientes en el llamado primer mundo tienen igual o mejor equipo que los espacios profesionales en Latinoamérica. Aquí todo sirve y funciona, sobra y nunca falta, así que puedes relajarte porque sabes que vas a sonar bien.

Arranco con “Menospausa”, un tema de un minuto y medio que funciona como introducción. Ya no soy una adolescente terrosatánica: soy una señora de cincuenta y dos años con canas, lonjas y bochornos tratando de entender los cambios en mi cuerpo. Un tema tabú y poco investigado.

Sigo con “Jarochilanga”, donde me presento como una persona híbrida que fluctúa entre la influencia de la Torre Latinoamericana de la Ciudad de México y las playas de Mocambo en Veracruz. Hago referencia a una de nuestras heroínas jarochas: Fernanda Melchor, célebre escritora de Aquí no es Miami y Temporada de huracanes, entre otros títulos.

Sigue “Pa´su meche (La cumbia de la meche)” un homenaje al mercado de la Merced. Entonces agarro el güiro y su fuerza, cadencia y estridencia hacen que la cumbia explote. La gente empieza a bailar. Sigue “Ay k cumbión”, donde grabamos en mancuerna con Mare Advertencia Lírika y Son Rompe Pera y así nos seguimos con canciones más políticas como “Flota Maravilla” y “No más Sangre”. Bajo un cambio de velocidad con “Cry Baby” y “Chavelazo”, siete minutos de crítica al feminismo y nuestras luchas disidentes. Al final suelto “Cinema”, una reverencia al séptimo arte.

Termino y saco la merch. Empiezo a vender camisetas y discos de siete pulgadas en corto. Por fin puedo tomarme una cerveza y alguien me invita un poco de porro con tabaco. Cobramos y terminamos onda dos de la mañana de recoger todo. Soy la más sobria para manejar, así que vamos hacia Kranoldplatz en el barrio de Neukölln, a la casa de mi amiga Stella, quien amablemente se ofreció a prestarme su departamento de manera intermitente durante la gira. Esas son amigas y no mamadas. Subo dos pisos los maletones. Estoy exhausta, pero muero de hambre así que camino hasta Hermannstrasse por algo de comer. Por la hora todo es feo y caro, pero cumple su cometido. Ya salió el sol cuando pego el ojo.

Despierto y me dirijo al barrio de Kreuzberg, al wagenplatz X-Dorf, un espacio junto al mítico Bethanien, ex hospital religioso del siglo XIX y ahora pilar okupa de la contracultura berlinesa. Es La Fête de la Musique ya que es 21 de junio, solsticio de verano y hay varios eventos en las calles de la ciudad. El espacio es al aire libre y me toca cerrar haciendo un DJ set. Es perfecto, pues me permite practicar frente a una audiencia la música que he preparado para el Festival Fusion.

La paso increíble. Hay una deliciosa comida vegana preparada por Juri, viejo instigador de esta fiesta y de este lugar. Termino en una fogata con Antto y Jan de la banda acústica Solo Pájaros y duermo ahí en el depa de Antto, quien también es parte del colectivo de Bethanien. No estoy en condiciones de manejar.

Amanece. Estoy molida, cruda y feliz, pero la rodilla me está matando. Tengo unos días antes del festival para descansar y eso hago mientras trato de comunicarme con una chica colombiana a quien encargué algunos visuales para el show. Le pagué por adelantado una hora y mandó solo nueve minutos y ahora dejó de contestarme. Se llama Mireaver y aunque supuestamente había confianza de amistad, se cumplió la premisa de que músico pagado toca mal son. De plano me deja colgadísima. Tengo dos días para conseguir a alguien y al final Carlos de Diseño Sonic me salva con su poderosísima propuesta visual.

Hace un calor inusitado, tanto que las tiendas de Berlín se han quedado sin ventiladores desde hace semanas y la gente tiene que recurrir a algo que odian y comparto: Amazon. Por ende, entrar a un lugar cerrado en verano para ver un show comprende un gran esfuerzo físico y mental.

La sufro y pierdo dos días de festival. Quería ver a Peaches, Moby, Chocolate Remix y algunas cosas más. Pero no importa, ya estoy lista y en la carretera. El festival es impresionante (leer Bla Bla Car Parte 1), pero el escenario lo es más: una carpa de circo gigante y uno de los pocos stages con pantalla. ¿Mi horario? Cinco de la mañana. Me presento por la tarde en el backstage con el crew, que me señala unas CDJ-3000 Pioneer bajo el escenario; me dicen que a otros DJs no les están leyendo bien las memorias USB, problema que surgió desde que la compañía AlphaTheta se fusionó con Pioneer. Hemos llegado al punto en el que la tecnología lo empeora todo. Pruebo mis memorias y efectivamente algunos tracks no leen o marcan error.

Mini pánico. Traen unas CDJ-2000 Nexus, pero las 3000 suenan muchísimo mejor y tengo que decidir con qué equipo tocar. Me decido por las 3000 pues la pantalla es más amable y considero que puedo salir sin algunos tracks. 

Salgo al escenario y hay veinte personas que parecen cinco por el tamaño del lugar. Arranco con “Autobahn” pero con la versión del Señor Coconut. Parece apropiado por el Bla Bla Car Tour y una buena manera de romper el hielo. 

En ocasiones como esta trato de tocar lo que para mí es “La música más bonita del mundo” y eso hago. Todo en un estilo que defino como post- tropical, un nombre acuñado por mi adorada Lady Zunga, una mentora a la cual trato de honrar. 

Así que buscamos y tocamos beats electrónicos de house y techno combinados con vocales en español y/o instrumentos latinos como gaitas, tambores y marimbas, texturas percusivas cuasi tribalosas, hipnóticas y minimales que cuentan una historia de resistencia. Que hablan del territorio y tratan de hacer un comentario anti colonialista. No es la pretensión, es la intención. Aunque haya pocas personas, el mensaje se manda siempre buscando el feeling y la conexión con la energía del entorno.

Termino de tocar y ya amaneció. Duermo en el coche y el calor es tan brutal que ese día muere una persona dentro de una casa de campaña deshidratada. Bajón. Agradezco ser de Veracruz. Ese día veo todo lo que puedo ver y por la tarde un doble arcoíris sorprende a los setenta mil asistentes que aplauden, gritan, se abrazan y toman fotos ante este hermoso y peculiar fenómeno. Más hippie, imposible.

Regreso a Berlín y Antto, quien hace sonido y visuales en la gira, cae gravemente enferma. Debe ser toda la tierra y el calor que tragó en el Fusion. Así que descanso dos días y nos vamos una vez más forever alone hacia Köln.

Amo la carretera y particularmente la Autobahn. Existen pocas cosas rescatables que hizo el señor del bigotito y esta, además del vocho, es una de ellas. No hay peajes, todo está perfectamente señalado; hay baños gratis y no hay límite de velocidad. Por eso es más fácil y más barato hacer una gira por Alemania que por México. Cinco horas a Köln (aproximadamente la misma distancia que hay entre CDMX y Veracruz) serían alrededor de mil doscientos pesos mexicanos solo de casetas CAPUFE, más otros mil de gasolina y a través de unas carreteras que dejan mucho que desear.

Llegamos al Asimmetric Bar con los Brigadistak Sounds (Alix y Rolf), amigos de giras de antaño. Tienen la edad de mis padres, pero una energía muy punkie y en otra tarde de calor extremo después de manejar unas siete horas, nos tomamos una chela y hacemos el show en vivo. Después vendemos merch, después un shawarma y a dormir en casa de unos compañeros de Alix en el barrio de Kalk.

Además de su espectacular catedral gótica barroca, Colonia tiene la tienda de música más grande en la que he estado. Se llama Music Store Professional y son cuatro pisos de pianos, guitarras, sintetizadores y baterías que te alegran el espíritu. Ayer se rompió un cable, así que voy por uno pero no me da tiempo de ver nada porque al rato tocamos en la ciudad de Bochum con la banda de cumbia de Alix: Flor de Saúco. Ellos van a tomar el tren, pero me llevo las congas del percusionista en el coche.

¡Hola, Oval Office Bar! La Oval Office es una colectiva queer y bar de esta pequeña ciudad. Bajamos las cosas y me encuentro con Markus, viejo conocido, tomándose una chela en el bar de enfrente. Brindamos por el encuentro y los invito a ellos y a sus amigos al show. Abre Flor de Saúco. La voz de Britt que canta en cruza de español y deutsch hace que su cumbia divertida ponga el ambiente. Alix toca un pequeño bajo acústico que suena muy bien. Todos los del lugar son amables y cariñosos, te hacen sentir bienvenide, especialmente el sonidista, quien me da un micrófono Neumann para cantar. Otro nivel de nitidez. 

Después vamos a Bonn, a un lugar llamado Coco Mango con Jürgen, donde la batería del Toyota queda kaput. Me sablean al comprar otra, pero no puedo hacer mucho porque tengo que llegar a Bruselas con Ricky Gelatina, anfitrión en el gran recinto de La Fabriek. Ese día ganó Marruecos tres a cero a Canadá y la ciudad está colapsada. Es una gran fiesta y un gran show, pues estoy inspirada por la adrenalina de la carretera. Hay otros grandes momentos: Bremen con Yeimi y Kuto en el Spedition, un lugar demasiado increíble, y Hannover con los Dubositos Mischa & Johanes, los Klaxons y DJ Bonny en otro emblema de lugar: el Korn.

Y otros momentos no tan brillantes, pero la joya de la corona es la cancelación tres horas antes de la fecha final de la gira en Mallorca, en un bar llamado el Poropo en Sant Elm. La chica se flipó después de hablar durante dos meses de la fecha y tener un flyer muy bello hecho por Ivy Satana. Mi hermana y mi chica volaron para la ocasión, y otros amigos están ahí, como Maricarmen y Yuno, pero lo tomo con filosofía y no me agüito porque estas cosas pasan. Estar alrededor de gente que amo en un pedazo de lugar.

El Bla Bla Car Eurotour termina entonces donde empezó: en Berlín, ciudad amada. Juri me invita al Villa Kuriosum de nuevo con la Terrorista del Sabor y es un círculo perfecto, un cierre con lluvia y jardín dos meses después.

Soy afortunada de poder girar con mi música, divertirme de lo lindo y llegar safe a casa. Agradezco a todas las personas que me dieron su tiempo y espacio para seguir con estos sueños. De tooooooodo creo que me quedo con este escrito que está pegado afuera del Oval Office Bar y que refleja en gran medida lo que tratamos de hacer en nuestro espacio La Caña aquí en CDMX:

“En el corazón de este lugar está la experiencia política y personal compartida de no tener un lugar. Es un espacio que construimos mujeres y personas trans como antifascistas, antirracistas y queers y está abierto para todo aquel que se solidarice con nosotrxs. Así que por favor: cuídense entre sí y den prioridad a quienes necesitan este espacio”.

Amén.


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