Los triángulos amorosos abundan en la música casi tanto como en la vida. Es fácil voltear hacia las canciones para amueblar esta desafortunada experiencia, lugar común de las sociedades supuestamente monógamas. Algunas ocupan un sitio especial en mi corazón y ninguna me ha conmovido y extrañado tanto como “Famous Blue Raincoat” de Leonard Cohen.

No ‘tan’ sinceramente, L. Cohen


Los triángulos amorosos abundan en la música casi tanto, me temo, como en la vida. Es fácil voltear hacia las canciones para amueblar esta desafortunada experiencia, lugar común de las sociedades supuestamente monógamas. Desde Eric Clapton hasta Taylor Swift, desde grupo Aventura hasta Amy Winehouse, pasando por Nancy Sinatra, el triángulo amoroso, tan fraudulento y magnético como el de las Bermudas, existe en todos los géneros y épocas.

Dentro de esta larga lista, algunas canciones ocupan un sitio especial en mi corazón porque se enuncian desde un lugar distinto o cuestionan lo que creemos saber sobre esos vínculos. Pienso, por ejemplo, en “Jolene”, de Dolly Parton. A diferencia de buena parte de estas canciones, en “Jolene” habla la cornuda y se dirige no al amado en disputa sino a la otra mujer. La letra no está marcada por el odio, el resentimiento o el despecho, sino que se trata de un ruego no desprovisto de empatía y de (¡imagínense!) admiración. 

En el contexto de estas canciones, sin embargo, ninguna me ha conmovido y extrañado tanto como “Famous Blue Raincoat”, de Leonard Cohen. Se trata de la sexta canción de su tercer disco, Songs of Love and Hate. Para mí, sin embargo, fue la primera. A pesar de que ya escuchaba dos de sus canciones clásicas, “Hallelujah” y “Suzanne”, la primera en el cover de Jeff Buckley y la segunda en el de Joan Baez, “Famous Blue Raincoat” fue la primera canción de Cohen, en la versión de Cohen, que me obsesionó. La escuché una y otra vez. La elegí como se elige algo brillante y pequeño para que me acompañara a atravesar una oscuridad íntima.

En realidad “Famous Blue Raincoat” fue mi gateway drug, la primera probada de lo que desembocaría en un gran amor por la música de Cohen, uno que me ha acompañado a lo largo de mi vida adulta. A diferencia de muchas de las canciones de Cohen, especialmente las de los discos pertenecientes a la mitad de su carrera, el sonido de esta canción tiene algo crudo, poco producido. Hay en ella ciertos efectos sonoros, sí, y a la mitad emerge, como de las aguas del río Estigia, un coro fantasmagórico. Sin embargo, la melodía comunica la temperatura tibia de un susurro. Como palabras dichas al oído, transmite algo ardiente, secreto, cuyo significado real apenas puede entreverse.

 

La letra funciona como una carta: inicia con la fecha y el sitio (“it’s four in the morning, the eight of december”) y, al igual que “Jolene”, está dirigida al otro, el tercero en discordia. En pocas líneas y con una eficiencia narrativa que trasluce el oficio literario de Leonard Cohen, nos inserta dentro de un complejo entramado de relaciones signadas por el dolor. Aunque lo que relata se corresponde con un triángulo amoroso (todo pareciera indicar que Jane, la supuesta esposa de L. Cohen –llamémoslo así para diferenciarlo del autor–, salió con el misterioso hombre de la gabardina, a quien L. Cohen le dirige esta misiva), la forma en la que la describe es tan peculiar, y ajena a las dinámicas que solemos concebir como tradicionales, que por momentos nos parece irreconocible: 

And you treated my woman to a flake of your life

And when she came back she was nobody’s wife

o

If you ever come by here, for Jane or for me 

Well, your enemy is sleeping, and his woman is free 

Yes, and thanks for the trouble you took from her eyes 

I thought it was there for good so I never tried 

No hay despecho ni amenaza, sino algo mucho peor: una lasitud sin fondo, un desamparo inexorable. Hay, además, la admisión de una derrota, algo muy poco masculino: se reconoce la necesidad del tercero en discordia y las limitaciones de L. Cohen,  la pareja “oficial” de Jane. La canción subvierte los lugares comunes del triángulo amoroso y lo reescribe, casi como si propusiera otro tipo de vínculo. El problema real no parece ser la triangulación ni el engaño, sino el absoluto aislamiento en el que están inmersos todos los involucrados. Además, como toda carta personal, cuyo propósito inmediato no es ser vista por otros, contiene varias referencias cifradas, contexto que permanece inalcanzable para nosotros y que ha despertado años de especulación e interpretación. ¿Quién es el hombre de la gabardina azul? ¿Por qué le pregunta L. Cohen “did you ever go clear”? ¿Qué diablos es eso de “my brother my killer”? 

Ni siquiera el propio músico parecía entender del todo su creación. “Nunca me sentí satisfecho con ella,” dijo en una entrevista, “siempre pensé que tenía algo poco claro”. Es curioso que, pese a esto (o quién sabe si justamente por esto), “Famous Blue Raincoat” sigue siendo una de sus canciones más célebres. Lo enigmático de su atmósfera no se puede atribuir solamente al contexto faltante. En realidad, está sembrada de incongruencias que no hacen sino magnificarse si una las observa de cerca o si intenta extrapolar la letra a la propia vida del autor. 

Leonard mismo nos revela la identidad del enigmático hombre de la gabardina azul, pero la respuesta, lejos de aclarar las cosas, las enreda más: 

Tenía una buena gabardina entonces, una Burberry que compré en Londres en 1959. Elizabeth pensaba que me veía como una araña cuando me la ponía. Probablemente por eso no quiso ir conmigo a Grecia. Adquirió un aire más heróico cuando le quité el forro, y alcanzó la gloria cuando mandé a reparar las mangas desgastadas con un poco de piel. Las cosas estaban claras. En esa época sabía cómo vestirme. La robaron del loft de Marianne en Nueva York durante una fiesta a inicios de los setentas. Al final no la usaba tanto. 

Si el hombre de la gabardina es el propio Cohen, ¿se está escribiendo una carta a sí mismo? ¿Le regala simbólicamente su gabardina favorita a su rival? ¿El hombre de la gabardina azul no sólo le convida a Jane una parte de su vida sino que también le roba a Cohen su gabardina? ¿Qué está pasando? 

Las incongruencias no hacen sino acumularse. Otro de los momentos discutidos de la canción es el final de la tercera estrofa: 

Yes, and Jane came by with a lock of your hair

She said that you gave it to her

That night that you planned to go clear

Did you ever go clear?

Leonard Cohen en Nueva York.

Durante mucho tiempo pensé que eso de “go clear” se refería a dejar algún tipo de droga o conducta adictiva, pero ahora, con motivo de esta columna, la investigación me lleva a un sitio imprevisto. El término “go clear” pertenece a la cienciología y se refiere al intento por dejar atrás la “estructura reactiva” que dicta los patrones de comportamiento de las mentes no iluminadas. Lo interesante aquí es que quien trató de “go clear”, quien estuvo inmerso en el movimiento durante una breve temporada a inicios de los setentas, fue el propio Cohen. En 1994, Cohen reconoció lo siguiente: “Exploré muchas cosas. Una de ellas fue la cienciología. Eso no duró mucho”. La estructura binaria, la rivalidad entre el esposo “legítimo” y el “amante” termina por colapsar del todo.  

Un texto literario que se presenta en forma epistolar juega con alevosía en el terreno de la verosimilitud. En realidad, repite de forma patente el intento inherentemente literario de desdibujar el límite entre obra de arte y vida. Quiere hacernos pensar que es auténtico, que trasluce sin ardid una experiencia directa, biográfica. Que es una expresión cruda del pensamiento, la traducción un vínculo entre dos seres humanos de carne y hueso. Pero la búsqueda de ese efecto no es sino una manifestación más del artificio.

En el caso específico de esta canción-carta, resulta de sobra significativo que los versos obedecen un pie clásico de la literatura antigua: el anfíbraco. En la poesía griega, se trata de un pie compuesto por una sílaba larga rodeada de dos cortas. La traducción de este pie a nuestras lenguas, que no tienen sílabas largas y cortas, consta de una sílaba tónica entre dos átonas. La carta de L. Cohen, con toda su aparente cercanía, se inscribe en una tradición literaria muy específica y dialoga poderosamente con ella. 

Es curioso que, como escuchas, como lectores, buscamos lo auténtico con una urgencia cercana al morbo. Preguntamos, “pero, ¿esto realmente pasó?”. Cuando una novela o poema están basados en una experiencia real adquieren un peso distinto. Responden a otra gravedad. Pensamos que lo real, lo empírico, es el vehículo necesario de lo verdadero. Si nos guiamos por lo real, en “Famous Blue Raincoat” no hay triángulo amoroso, no hay hermano, ni asesino, ni amor a fin de cuentas. Si nos guiamos por lo real, encontramos a un Cohen harto conflictuado y complejo, un hombre en ninguna medida deconstruido.

Sin embargo, quizá dentro de su canción y más allá de los hechos concretos de su vida, humana, limitada, mínima, más allá de lo que realmente sucedió, su trabajo es verdadero y contiene una verdad que es paradójicamente ajena a lo real. El artificio, del que tanto renegamos los artistas de los últimos tiempos, no siempre nos aleja de la solidez de las cosas. Quizá sea, a veces, la única manera de tocar el mundo. 


Elisa Díaz Castelo