Es 1994. Nace el EZLN y muere Kurt Cobain, de quien todavía no estoy cautivado. No he escuchado “All Apologies” porque vivo obsesionado con el rock urbano, el verdadero rock mexicano, y porque Café Tacvba es fresa y Caifanes demasiado espiritual.
Es 1994 y estoy descubriendo en los lugares secretos de mi casa, aquellos a los que uno no debe asomarse, los casetes del Three Souls in My Mind y Heavy Nopal cantando a Rockdrigo. Esa sensación de encontrarlos como objetos prohibidos le regala un plus de intensidad a mi fiebre rocanrolera.
Mi lógica no es descabellada: si esos casetes son prohibidos, algún orden deben de estar transgrediendo, por lo tanto son rebeldes y si son rebeldes, son el tipo de mierda que un niño de doce años como yo necesita.
Es 1994 y a veces me convierto en chavo banda; a veces, en cholo después de clases. Tenis Converse (más baratos que el arroz), mezclilla entubada y playerota de mi primer concierto de El Tri en el Toreo de Cuatro Caminos. Olor a mota y chemo, gente bailando, mentando madres y gritando las canciones. Algo nace en mí. Un lugar cerca del caos.
Es 1994 y para mí, Álex Lora es más rebelde que John Lennon y Elvis. Más macizo. Álex Lora habla en contra de la policía y el presidente, algo que Pelvis jamás haría en su vida; todo lo contrario, ¿o no mi rey del rock?
Ese es mi cotorreo. Three Souls me lleva a El Tri, al Haragán y Compañía y Liran Roll; Heavy Nopal se convierte en el primer canal con el que contacto a Rodrigo González, el cual me presentará a los rupestres Rafael Catana y Fausto Arrellín.
Pronto comienzo a ampliar mi catálogo gracias a los casetes piratas del metro Constitución. En poco tiempo defiendo mis gustos musicales, que van de Vago a Sam Sam, pasando por Tex Tex, Banda Bostik y Trolebús. “Barata y descontón” se convierte en mantra hasta poder cantarla perfectamente:
Al Tripas lo dejaron bien servido para un taco/ el Greñas a mordidas ya lo despiojaron/ el Muelas a patadas se quedó chimuelo/ el Nena ya parece muñeca de trapo/ llueven los patines, llueven los trancazos/ chicles, bolas, mecos, mira cuánto descalabrado.
Poesía, papá.
Es 1994 y a veces me convierto en chavo banda; a veces, en cholo después de clases. Tenis Converse (en ese entonces más baratos que el arroz), mezclilla entubada y playerota de mi primer concierto de El Tri en el Toreo de Cuatro Caminos. Olor a mota y chemo, gente bailando, mentando madres y gritando las canciones. Algo nace en mí. Un lugar cerca del caos.
Es 1994 y mi amigo el Pepe me dice menso y me informa que eso del verdadero rock mexicano no solo no existe sino que es una mamada. Todo roc tiene lo suyito y su verdad. Entonces le doy cabida en mi corazón a Café Tacvba y Caifanes, Fobia y Santa Sabina. Todo cabe sabiéndolo acomodar. Mi mundo crece. Es 1994 y en este corazón cabrán hasta las canciones de Molotov.
En la televisión hay gente muerta y yo, niño triste, sueño con guitarras y conciertos por primera vez.
