Mazda, Zoqualo, Bupropión. Cada uno producía en mí un efecto diferente.
La venlafaxina se cargaba mi libido. Se me paraba, sí, pero no sentía nada. Podía pasarme treinta minutos ininterrumpidos (in-in-te-rrum-pi-dos) haciéndome yo solo el amor y no sólo no conseguía nada, me aburría. El brazo me pedía tregua y, naturalmente, ahí le dejaba.
Con la quetiapina me daban ganas de matarme, de saltar por un puente, el de 20 de Noviembre y Apartado. Sus advertencias: “este medicamento puede producir ideación y comportamiento suicida, pesadillas, taquicardia”. ¿No era para evitar precisamente eso? Ridículo.
La anfebutamona era, por otro lado, noble; un amor. La mejor. Ningún efecto apocalíptico. Curiosamente, dicen que ayuda también a los que quieren dejar de fumar y yo fumaba como si me fueran a ejecutar.
Distimia. Trastorno depresivo persistente, depresión crónica, tristeza delimitada, aislamiento sostenido, ideación, insomnio innato, desde siempre. Ganas todo el tiempo de morirme. Ansiedad.
Después tuve un hijo.
Tanto mundo en potencia. Tanta vida y muerte en potencia; por igual, a la vez. ¿Cómo es?
Hermoso, terrible. Pero terrible según Rilke: “lo bello no es más que el comienzo de lo terrible […] rehúsa destruirnos […] todo ángel es terrible”.
Es duro, pero se vuelve una vida contemplativa, como si no te funcionara el corazón y piensas todo el tiempo que en cualquier momento te va a llegar un infarto. Entonces aprecias todo, ves todo como si fuera la última vez: un cono de McDonald’s, su cabello largo, un calcetín en el suelo, un pequeño calzón tendido en un triste lazo.
Platicaba una tarde con Fernanda, caminando por el centro de Querétaro, sobre el concepto de lo terrible como lo demasiado grande, lo demasiado perfecto, lo inmenso para nuestra capacidad. Lo bello = terrible. Mi mundo limitado, mi muerte, mi pérdida, mi constante abismo; lo pequeño que soy en una cueva (mi cama) y, de pronto, la luz, un ser terrible que descendió.
Todo eso es mi hijo. Un ángel terrible. Terrible, terrible. Terriblemente inmenso.
Se llama Cristóbal. Tiene siete años. Le gusta armar Legos, empanizar tiernas pechugas de pollo; últimamente, jugar futbol. Tiene la nariz de su mamá y una lámpara. Llegó con ella el otro día; se la dio un tío. Todo el tiempo la tiene prendida, incluso si no la usa. Yo le digo “apágala porque se le va a acabar la pila”. Se asusta y me hace caso.
La otra madrugada me despierta una luz a eso de las cuatro. Es su lámpara. Me apunta al brazo; en el mango está la mano derecha de mi hijo, despierta. Él está despierto.
―Cristóbal, ¿qué haces? Duérmete ―le digo.
―Estoy viendo tus cortadas ―me contesta.
Con su lámpara investiga mis brazos como cartógrafo que descubre el camino de una Gillette. Me pregunta qué es eso negro. Le digo que es sangre que se ha secado. Siento la luz intentando entrar por donde se me está cayendo el brazo; donde parece que se me va a desprender. Me dice “se te está cayendo el brazo”.
Es un explorador.
No romantizo nada. Pienso: está mal que esté viendo esto, está mal que tenga preguntas sobre eso, está mal que esté viendo sangre, está mal que esté viendo un brazo desprendiéndose.
―¿Por qué? ―me pregunta.
―Estoy triste ―le digo.
Apago su lámpara, volvemos a dormir; por “volvemos a dormir” me refiero a que él vuelve a dormir. Cristóbal duerme en un país de la cama y amanece en otro. Adonde va, Domingo (nuestro gato) lo sigue. A mí me dejan atrás, en una frontera de tristeza y media cobija. Entonces sigo sin dormir y los veo abrazados.
Me levanto y fumo porque son las cinco. Me levanto y voy al baño. Me levanto y se me cae un planeta entero. En plena cocina. En exactamente una hora y cuarenta y siete minutos voy a encender lámparas, cortar manzana, meter pequeños sándwiches al brillo del aluminio; planchar uniforme, organizar la ternura que yo mismo tuve alguna vez, de niño, y ahora todo es malpasarse.
Pero después, poco después, Domingo vuelve por mí y me arrastra hasta ellos como si fuera yo un clavel herido y me uno al abrazo y solo entonces pareciera que hay tregua; un alto al fuego.
Es duro, pero se vuelve una vida contemplativa, como si no te funcionara el corazón y piensas todo el tiempo que en cualquier momento te va a llegar un infarto. Entonces aprecias todo, ves todo como si fuera la última vez: un cono de McDonald’s, su cabello largo, un calcetín en el suelo, un pequeño calzón tendido en un triste lazo, su abrazo a Domingo, el árbol de Navidad y sus lucecitas que no hemos quitado ni quitaremos, los números de las casas del Centro que recita porque como caminamos mucho, vemos mucho y platicamos mucho. Las jornadas interminables de Monopoly donde las reglas se adaptan a él para que compre todos los hoteles que quiera y yo caigo en su mundo y me deja en bancarrota.
Un día le pregunté que a dónde iría si tuviera una máquina del tiempo, que si al futuro o al pasado; me dijo que al pasado. Chingado: ojalá no salga melancólico como yo.
Tanto mundo en potencia. Tanta vida y muerte en potencia; por igual, a la vez. ¿Cómo es?
Entonces se vuelve a casa de su mamá y yo me refundo en una cama asquerosa de semen, takis, costras y sangre. Me atacan las hormigas y es mi culpa. Como si me metiera a una cueva y saliera a la luz a la hora que debo recogerlo.
¿Seré capaz de estar en la luz cuando él no está? Un día crecerá, y yo ¿qué se supone que haga? ¿Talleres de costura? ¿Correr? ¿Fe? ¿Novia? ¿Novio? ¿Estudiar administración de empresas?
Es el güey más feliz del mundo junto a la persona más triste del mundo. Acompaña al más solo del mundo sin saberlo, y yo se lo agradezco. No lo sabe; lo sabrá después.
Dejé el Mazda porque me gusta masturbarme, dejé el Zoqualo porque no quiero matarme, dejé el Bupropión porque, aunque me hacía bien, siempre había desabasto en las Simis y la intermitencia me afectaba.
Me gusta tomar e ir a Walmart. Compramos acelgas, picadillo, zanahoria, milanesa, pan molido, champú; se me pasa la mano y le compro un Lego carísimo, un vinito barato. Volvemos a casa y ponemos un vinilo de Los Apson y hacemos de comer. Yo lavo y corto acelgas, él arroja las milanesas en la harina movediza.
Caigo en su mundo, sus hoteles.
Estoy aquí —digo que dijo Roberto Bolaño—, con los perros románticos y aquí me voy a quedar.
Nos vamos a quedar.
