Convencido de su propia fealdad, Serge Gainsbourg terminó convertido en uno de los artistas más provocadores del siglo XX. Poeta, compositor y escandaloso por vocación, hizo de la libertad su única convicción y transformó cada canción en un desafío contra la moral, el buen gusto y cualquier límite.


Entre un canalla y un genio existe una mínima distancia. En este sentido tampoco se encuentran tan separados los conceptos de belleza y fealdad. Toda convicción es una cárcel, dijo por ahí Friedrich Nietzsche. Por ejemplo, Serge Gainsbourg se veía al espejo y pensaba que no era apuesto; las mujeres de su vida lo veían de otra forma. Al mismo tiempo, hoy en día podría decirse que el francés es un gamberro de brío creador fulgurante. Un artista sin grilletes cuya única convicción fue la libertad.

Nació en París en 1928 bajo el nombre de Lucien Ginsburg. Creció escuchando jazz y la denominada música clásica; fue, pues, de Cole Porter a Frédéric Chopin, y de Brahms a Gershwin. Sus padres, inmigrantes judíos rusos, huyeron de Ucrania con la Revolución: ella, cantante; él, pianista de cabaret. Las ocupaciones de ambos definirían el destino de su retoño, quien en primera instancia buscó ser pintor y se formó en la Escuela de Bellas Artes de París. Sin embargo, problemas económicos lo orillaron a ganarse la vida presentándose en antros de variada monta, donde tocaba el piano y la guitarra.

El entonces infante fue delineado por los estragos de la Segunda Guerra Mundial, orillado a portar la inefable estrella amarilla por parte de los nazis. Además, padecía las burlas de sus compañeros, quienes se mofaban de su aspecto sin saber que el peculiar perfil de aquel niño, mezclado con la personalidad que forjaba paso a paso, lo convertirían en un símbolo sexual a nivel global. Un dandy moderno, un sinvergüenza brillante, ni más ni menos. En esos primeros días, con tal de sobrevivir halló en el Arte el refugio que requería para no atender las detonaciones que buscaban callar su voz. Se la vivía escuchando a Charles Trenet. Frustrado con los pinceles, dibujó frases, le hizo al poeta, removió palabras bajo la influencia de Boris Vian.

Trágico, solitario, noctámbulo

Sin creérsela del todo (quizá nunca terminó de hacerlo), considerando que la música era un Arte menor al lado de otras disciplinas, en el fondo sabía que sería uno de los más grandes, por ello cambió su nombre para tomar Serge en lugar de Lucien, en homenaje al compositor Serguéi Rajmáninov; se cuenta que su apellido artístico vino del pintor Thomas Gainsborough.

A estas alturas es posible decir que Pulp, Air, Stereolab o Portishead, por enlistar sólo a algunos creadores, no figurarían en el mapa sin Serge Gainsbourg.

“Era un personaje trágico, solitario, noctámbulo, adicto al alcohol y al tabaco, con una vida de excesos y que vivió en constante frustración. Pero, por encima de todo, era un magnífico compositor, una de las figuras fundamentales de la música francesa del siglo XX”, apunta Felipe Cabrerizo Pérez en Elefantes rosas (2015), la biografía del artista cuya postal clásica, entre cigarros y tragos, nació cuando era adolescente.

A los trece años de edad ya fumaba, dicen que hasta cuatro cajetillas al día. Por su lado, la maña de beber sin frenar la adquirió al realizar su servicio militar. Jamás se desprendería de la botella. Ni de las mujeres. Tras una infancia y adolescencia cruel, solitaria y melancólica, descubrió que ese físico que tanto escarnio le provocó de pronto era un arma a su favor a la hora de relacionarse con las mujeres. Lo contó: la fealdad supera a la belleza pues la primera dura para siempre. Congruente, aprovecharía tal facultad hasta morir, y aunque curiosamente le costaría deshacerse del pánico escénico, en el futuro compartiría almohada con personajes de la estatura de Brigitte Bardot y Jane Birkin. “El amor físico es un callejón sin salida”, advirtió al respecto, en una de sus composiciones más aplaudidas.

Fue a fines de los cincuenta cuando comenzó a acompañar a Michèle Arnaud, circunstancia que afianzaría su inclinación por la chanson française. Debutó discográficamente en 1958 con Du chant à la une!…, obra de la cual se desprende “Le poinçonneur des lilas”, un tema que relata la historia de un perforador de boletos del Metro, en la estación Porte des Lilas, en París. Allá, el protagonista se lamenta aburrido, su rutina laboral lo desgaja bajo tierra, marcando tickets durante horas. Fragua sentires y planes desde ese sitio; observa su alrededor, lo critica. Es la vida urbana moderna la que corroe su voluntad. En una esquina de su cabeza imagina un arma con la cual hacerse “un último agujero”. En 1965, con “Poupée de cire, poupée de son”, en la voz de France Gall, Serge ganó el Festival de la Canción de Eurovisión. Arrancó así su éxito mundial.

La misma Gall grabó un año después “Les sucettes”, creyendo que se trataba de una composición inocente que hablaba de paladear un caramelo cuando en realidad se refería a una felación (al enterarse, escalaba por las paredes de coraje). La realidad es que la carrera del artista eludió convenciones, marcó tendencia por sí misma sin restringirle la llegada al escándalo, que solía presentarse a la fiesta disfrazado de vanguardia. “La provocación me permite ocultar mi modestia”, dijo el francés.

En este sentido, el punto álgido del desafío vino en 1985 con el tema “Lemon incest”, donde, a dúo con su hija de entonces doce años de edad, el compositor baraja sin tapujos las posibilidades del incesto. El músico tenía a los censores de la moralidad con el grito en el cielo desde 1969 gracias a “Je t’aime moi non plus”, composición que trazó cuando era amante de Bardot, cuyo marido hizo lo posible por mantener oculta. Aquella canción es culmen erótico, el gemido al servicio del pop. Un descaro, pensaron muchos en todo el mundo. Incluso el Vaticano buscó censurar el tema por considerarlo obsceno; Gainsbourg reaccionó ante esto sobriamente: “el Papa es mi mejor publicista”, alegó a su hora.

Era un personaje trágico, solitario, noctámbulo, adicto al alcohol y al tabaco, con una vida de excesos y que vivió en constante frustración. Pero era un magnífico compositor, una de las figuras fundamentales de la música francesa del siglo XX.

Diez años después reavivaría las hogueras con “Aux armes et cætera”, en la que “La marsellesa”, el himno nacional francés, es retomado para volverse un reggae. Su artífice viajó a Jamaica para grabar el track con el apoyo de, ahí nomás, The Wailers y las I Threes. La milicia francesa tenía los nervios encrespados ante tal atrevimiento, y aunque el cantante sufrió amenazas de muerte, jamás bajó la guardia. Para él, su versión era pacifista. Llegó a interpretarla a capela. Jamás le tembló la mano a la hora de abordar temas difíciles; en 1975 editó Rock around the bunker, un álbum donde Hitler es ridiculizado; “Nazi rock” no deja dudas al respecto.

La muerte del genio canalla

Serge lanzó alrededor de veinte álbumes a lo largo de su historia. El más venerado resulta ser Histoire de Melody Nelson, una obra conceptual que ni siquiera rebasa la media hora de duración, cuya trama relata, con el permiso de Vladímir Nabokov, cómo un hombre maduro arrolla con su Rolls Royce a una adolescente inglesa en bicicleta, menor de edad. El encuentro lleva a la pareja a un hotel, el sitio donde los genios de Gainsbourg y Jean-Claude Vannier relucen para concretar una obra de arriesgada configuración en la que se practica spoken word, psicodelia, funk, progresivo y pop sinfónico de modo magistral, mientras el bajo ejecutado por Dave Richmond toma la delantera.

A la larga, la estatura de este plato solo creció. Y a estas alturas es posible decir que Pulp, Air, Stereolab o Portishead, por enlistar sólo a algunos creadores, no figurarían en el mapa sin él. Artista al final, al comienzo y en medio, también fue poeta (obvio), director de cine (Je t’aime moi non plus y Charlotte for ever resaltan) y actor.

El corazón ya le había dado lata en 1973. Desde entonces confesó que no iba a bajarle al tabaco ni al brindis. Hubo consecuencias fatales en 1991, cuando de nuevo la víscera cardíaca se quejó por el maltrato, y dejó de latir. El genio canalla murió dormido, en su casa de París, dicen, en cama y con los puños apretados.


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